HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPITULO IX
LOS VECINOS DE AMPUERO PONEN PLEITO
A los de Marrón, pretendiendo ser suya la Santa Imagen, sentenciase a favor de estos, y comienzan a llamarla Bien Aparecida.
Tiene el mundo tan a mano los pesares, que apenas entra un gozo por las puertas del alma, cuando corren a quitarle la posesión los disgustos, y tan traidoramente muchas veces, que antes que pueda volver sobre sí para defenderse, se halla anegada en llantos, y suspiros, sin tener más arbitrio que rendirse al dolor, ni más memoria del placer, que la que pueda servir para más incremento el pesar. ¿Quién dijera a los vecinos de Marrón, que el regocijo que acababan de recibir con el feliz hallazgo de la Sagrada Imagen, con los cultos, y veneraciones que la tributaban, había de parar tan presto en el sentimiento mayor que jamás tuvieron? ¿Quién les dijera, que un gusto de tan pocos días, o por mejor decir horas, se había de trocar en llanto de cuatro años? ¿Quién les dijera, que un gozo recibido del Cielo, había de ser tan de repente ahogado por el mundo, que juntase su oriente con su ocaso? ¿Pero quién no lo había de decir, sabiendo que tiene el mundo vinculado los trabajos y que, aunque sean venidos del Cielo los contentos, durarán poco, si sabe el mundo de ellos? Por eso los Santos no quisieron que el Señor les enviara gustos en este mundo, sino penas, porque duran poco en él los contentos. Bien lo experimentaron los de Marrón, pues por un gusto de pocos días, que les concedió el Cielo, tuvieron que sentir extremadamente cuatro años, por el modo más raro que podían llegar a imaginar.
Los Vecinos de la Villa de Ampuero «Lugar entonces» tienen en una Montañuela una pequeña ermita, dedicada a San Sebastián, había en ella una imagen de María Santísima, y viendo que los de Marrón tenían mucha devoción a su Aparecida, y se esmeraban en festejarla, pareciéndoles indecoroso, que un Lugar pobre, y corto los excediesen en cultos a la Reina Soberana, determinaron festejar a la que tenían en su ermita de San Sebastián, de tal suerte que excediesen a los de Marrón.
Con este motivo dispusieron, que yendo algunos a la ermita, trajesen a la Villa la Sagrada Imagen, con el ánimo de retocarla, pulirla, y adornarla. Fueron los que se destinaron, y no hallándola en el Altar, ni en toda la ermita, por más que la registraron atentos, sin saber la causa de tan inopinado accidente, se volvieron desconsolados a la villa; dieron cuenta a los Vecinos de lo acaecido, y procurando todos discurrir el motivo haciendo varios juicios, vinieron algunos a tropezar con el peor, creyendo que sería la que comenzaban a venerar los de Marrón, cuyos Vecinos se la habían hurtado. Les ayudaba mucho para este dictamen, el ser muy semejantes las Imágenes, por cuya razón, yendo repetidas veces a venerar, y ver a la Aparecida, para certificarse, cada vez volvían más firmes en creer, que aquella era la suya, tanto, que lo llegaron a tener por indubitable.
Creyendo pues que habían hallado su tesoro, intentaron cobrarlo; y no hallando otro medio, dieron poder a Francisco Marroquín, mayordomo de la ermita de San Sebastián, para que pidiese justicia en el Tribunal competente. Acudió con el Poder a Burgos, en cuyo Tribunal presentó pedimento, a fin de que se le restituyese la Imagen, se le despachó como pedía, y con el Auto se volvió, para notificarle a Pedro de Fresno, mayordomo de la ermita de San Marcos, como lo hizo, quedándose el buen Pedro turbado, con la aflicción, y desconsuelo que se puede considerar; pero volviendo sobre sí, y conociendo serle muy necesaria la defensa, recurrió al mismo Tribunal, pidiendo en nombre de los Vecinos de Marrón, cuyas veces hacía, que se le mantuviese en la posesión, entretanto que probaba que su Imagen había sido aparecida en la ermita de San Marcos, y no robada a los de Ampuero, como se presumía; en cuya virtud se despachó Auto de manutención, en cinco días del mes de Octubre del mismo año de la Aparición.
De lo dicho se infiere claramente cuan poca razón tuvo el Autor de una Historia manuscrita de la Aparecida Imagen, en inclinarse a creer, que los de Ampuero quisieron venerar a la que tenían en su ermita, llevados del interés, y codicia. Dice, que llegando a noticia de los Lugares circunvecinos las maravillas que obraba Dios por medio de esta Santa Imagen, concurrían a venerarla en tanto número, y con tantos dones, que se vio la justicia precisada a hacer una hospedería donde se recogiesen los devotos, y a nombrar persona que los asistiese, y recogiese las ofertas, que nombraron a Clara de Marrón, vecina del lugar de Ramales para este empleo, obligándola a dar cuenta cada semana de las limosnas recibidas, y hacer todo los años inventario de las alhajas; y que con el motivo de haber hospedería se aumentaba el concurso de los devotos, cuya liberalidad ofrecía anillos, rosarios, lienzos, y otras varias cosas; y que en vista de esto los de Ampuero, o enamorados del Retrato, o codiciosos del temporal subsidio, quisieron consagrar cultos a su Imagen.
Este Autor quiere que se junte en un día lo acaecido en ciento, pues aunque es verdad, como iremos diciendo, que concurrieron muchas ofertas gran número de devotos, y que la multitud obligó a que se hiciera la hospedería, no es cierto, ni lo puede ser, que esto fuese a tiempo que pudiera excitar a los de Ampuero para los cultos; porque habiendo sido la Aparición el día «quince de Septiembre», y estando comenzando el pleito a cinco del inmediato mes de Octubre, no es creíble que en solo veinte días, que van, se hiciese la hospedería, fuesen tantos los devotos, y ofertas, que pudieran mover a los de Ampuero para este pleito, y menos para venerar a su Imagen, que fue antes.
Los de Ampuero sin duda comenzaron a intentar los cultos luego que se apareció la de Marrón; porque Pedro de Fresno, mayordomo de ésta, obtuvo auto de manutención a cinco de Octubre; antes de esto estuvo notificado ya a petición de Marroquín, este había de haber tardado cuatro días, por lo menos, para obtener el despacho, porque desde Ampuero a Burgos, donde lo consiguió, hay tres jornadas; para todo esto apenas hay bastante con los veinte días, con que sin duda desearon el culto de su Imagen inmediatamente que se apareció la de Marrón ¿Pues que hospedería, qué dadivas pudieron ver entonces los de Ampuero, que los estimularan a tributar veneraciones a la suya?
El día cinco de octubre ya los de Ampuero habían buscado a su Imagen para venerarla; ya no hallándola, y creyendo ser la que se veneraba en Marrón, habían dado poder a Marroquín para cobrarla; ya éste había conseguido el auto de Burgos, ya se le había notificado a Pedro de Fresno, y ya éste haciendo su recurso a Burgos, se hallaba con el auto de manutención; ¿pues cómo esto se pudo hacer sin gastar, por lo menos, doce o quince días? Esto es, cuando todo se le despachara sin detención, que no suele ser muy regular en pleitos, con que se hace forzoso, que los de Ampuero buscasen a su Imagen el día inmediato al de la Aparición, o dos días después. ¿Pues en dos días hubo tantos devotos, y ofertas que, en vista de ellas, y por codicia quisieron festejar a su Imagen los de Ampuero? No es creíble, como podrá conocer el menos discreto, y solo deberemos creer, que los de Ampuero, excitados con el ejemplo de los de Marrón, y llevados de una santa emulación, intentaron excederlos en devoción, y veneración a María Santísima; y esto les hizo hacer las diligencias que hemos dicho, no las dadivas, y codicia, como falsamente, y sin fundamento les imputa este Autor, a quién se impugna, para que si acaso saliere a luz su escrito, no sea creído de algunos ignorantes, que no parándose a considerar la repugnancia de las proposiciones, las reciben como infalibles, ojala que tan lejos del interés estén todos los cultos; porque es muy perniciosa la codicia si se entra en lo sagrado.
Volviendo pues, al pleito de los dos mayordomos, habiéndose notificado el auto de manutención, que tenía Pedro de Fresno, a Francisco Marroquín, reclamó éste con tanto vigor y eficacia, que sin la menor detención alegó, ofreciendo por examen de Testigos la prueba que a su derecho convenía; no siendo menor la diligencia de Pedro, que en trece de diciembre del mismo año obtuvo segundo auto de manutención. Cuatro años duró la porfía de ambas partes, y hubiera durado muchos más, según el ardor con que quería el uno llevarse la Imagen y el otro defenderla, y guardarla, si la Clementísima Madre, valiéndose de su poder maravilloso, no hubiera puesto fin a la contienda en el año de mil seiscientos nueve. Había pedido Marroquín para justificación de su causa, que el Tribunal despachara Receptores, los que se informasen de todo, examinando los Testigos, y tomando todos los otros medios que fuesen para el asunto conducentes.
Bajaron los Receptores, como estaba pedido, y luego que comenzaron el examen, hallaron prontamente cuanto Marroquín deseaba; porque como todos, o los más Vecinos de Ampuero estaban en la firme creencia de ser suya la Imagen, sobraron Testigos para jurarlo. Con ellos salieron, encaminándose a la ermita de San Marcos, para tomarles el juramento en presencia del Aparecido Simulacro, y antes de llegar les dio la Soberana Reina bastantes luces, para conocer el mal pleito que llevaban; pues entrando en un pequeño arroyuelo, llamado Visera, que está junto a Marrón, instantáneamente se vieron todos en «peligro manifiesto de ahogarse», salieron del riesgo, sin dejar de seguir su intento, sin duda porque quiso la Emperatriz de los Cielos, para alentar nuestra confianza, ostentar más el poder que goza para obrar estupendas maravillas.
Siguieron su camino, llegaron a la ermita del Evangelista San Marcos, y acompañados de Pedro de Fresno, se pusieron en presencia del Aparecido Simulacro, para que tomándole bien las señas los Testigos, hiciesen con más seguridad su Juramento. Tomó el Notario la pluma para escribir las deposiciones, y siendo preguntados por el Juez ¿o poder de la Madre del Todopoderoso? todos se quedaron mudos de repente, y con las bocas ladeadas, sin poder articular la menor palabra; y el Notario se halló manco, sin facultad para mover brazo, ni pluma. Con tan maravilloso portento abrieron los ojos para ver su error, y postrados a los pies de la Soberana Princesa, pidieron el perdón de sus yerros, y restitución de sus perdidos miembros.
No fueron los mudos los que menos hablaron, porque haciendo lenguas de sus ojos, hablaban a un mismo tiempo dos veces, una llorando, y otra mirando a la Divina Señora, sin saber apartar de ella la vista, y con las voces articuladas entre sus parpados clamaban a la Reina del Cielo, y decían. O, Señora bien hecho está que hayan enmudecido nuestras lenguas, cuando iban tan lejos de emplearse en vuestras alabanzas; pero dadles soltura, que desde ahora pregonarán vuestra grandeza.
Mano que había cortado la pluma, y no para estampar vuestras excelencias, sino para dar fuerza a un engaño, bien es que haya perdido su oficio “decía el manco) pero vuélvale vuestra clemencia el empleo, y será el primer rasgo un eterno pregón de vuestras maravillas. Así clamaban con firme confianza; y como lenguas de lágrimas tienen para mover tanta eficacia, y la Reina del Cielo no pretendía castigos, sino desengaños, oyó luego las fervorosas súplicas, y otorgo al instante las peticiones, restituyendo a los mudos el uso de la boca, y la lengua, y agradecidos a tan singular beneficio, se emplearon en elogios de su Bienhechora; y al manco el ejercicio de la mano, cuyo primer renglón fue para publicar esta maravilla, dando un Testimonio del acaecido portento, a petición de «Pedro de Fresno». Para que ni los siglos, con ser tan olvidadizos, perdieran la memoria del suceso.
Con esto cesó el porfiado pleito, porque dejando sus instancias los de Ampuero, y acudiendo Pedro de Fresno a Burgos con el Testimonio, se dio la Sentencia a favor de los de Marrón, a —ocho de julio de mil seiscientos nueve—, por el Doctor don «Juan de la Torre», Provisor del Arzobispado, y mandó, que «los de Ampuero en ningún tiempo los inquietasen, ni perturbasen por la Imagen», siendo Testigos «Bartolomé López, y Marcos de la Cuadra», vecinos de Burgos, y ante el Notario a «Diego de la Calzada», el que al siguiente día leyó el Auto en Audiencia pública, que hacia el Doctor «Ruiz Mondragón»[1], Provisor. Todo consta en el Archivo del templo de la Sagrada Imagen de la Bien Aparecida, donde se guardan entre otros los Instrumentos pertenecientes al referido pleito.
Aunque bastaban los casos referidos, y la Sentencia dada a favor de los de Marrón, para evidenciar la razón que estos tenían, todavía quiso María Santísima que se confirmara por otro extraño medio, disponiendo que los de Ampuero hallasen a su Imagen, que habían buscado en la ermita de San Sebastián, presentándosela don Rodrigo Ungo, residente en Madrid, Abogado de los Reales Consejos, y natural de la Villa de Ampuero, en cuyo poder estaba antes que se comenzara el pleito, por el motivo que se sigue.
Habiendo don Rodrigo enfermado gravemente en la Corte, fue a buscar los aires nativos el remedio, y no hallándole con la prontitud que seseaba, se encomendó a María Santísima por medio de la Imagen Sagrada, que se veneraba en la ermita de San Sebastián, con quien tenía particular devoción, y para más excitar su afecto ordenó que se la llevasen a su casa, esperando lograr con su presencia el deseado alivio. No le salió vana su confianza, pues fue mejorando desde entonces, hasta restituirse a su estado de salud anterior.
Luego que se halló enteramente sano, viendo que la Sagrada Imagen no estaba con el adorno, y color correspondiente, agradecido al beneficio, determinó barnizarla, y adornarla, para lo que trajo consigo cuando volvió a la Corte sin acordarse de dar cuenta de ello; no imaginando que pudieran seguirse algunos daños. Volviendo a Ampuero este año, llevó ya la Imagen con muy lindos adornos, y la presentó a sus Paisanos; y sabiendo por ellos los disturbios, e inquietudes que habían padecido los dos Lugares, les pidió perdón de tantos perjuicios como había ocasionado su descuido. Así quiso María Santísima eternizar la memoria de su Aparición, haciendo que contase que había sido por los medios extraños que hemos dicho, y no por haber sido hurtada a los de Ampuero.
Del pleito que hubo entre los dos lugares resultó, que el nombre que tenía la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de la Cruz, se trocase en el de Nuestra Señora Bien Aparecida, porque como los de Ampuero habían dicho que no era Bien Aparecida, sino hurtada, y esto había ocasionado tan reñido, y dilatado pleito; los de Marrón luego que le ganaron dijeron, que se había de llamar Bien Aparecida, pues habían probado que lo era, y no hurtada, como les imputaban; y que así se había aparecido milagrosamente, sino porque fue su Aparición para bien de toda la Provincia de Cantabria, para consuelo de sus aflicciones, alivio de sus trabajos, remedio de sus males, luz de sus caminos, norte de sus navegaciones, y protección en todos sus peligros, como lo ha experimentado en todos tiempos; por lo que como a consuelo la busca, y como a norte la sigue, y como a su especial Protectora la venera.
[1] Ruiz de Mondragón no solo era un erudito, era un experto en el derecho de patronato. En el pleito, su papel fue demostrar que la Bien Aparecida «pertenecía» a Marrón no solo por geografía, sino por antigüedad mística. Él utilizó los argumentos de la hidalguía que comentábamos para decir: «Los hombres de Marrón han custodiado este lugar desde los tiempos de los Godos; por tanto, la Imagen les reconoce como sus legítimos protectores».
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