La Bien Aparecida - Capítulo 10

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPITULO X

AUMENTASE LA DEVOCIÓN


A María Santísima Bien Aparecida, adornase la ermita de S, Marcos, y se hace Hospedería para los Peregrinos.

Los sucesos extraños, que acaecieron en la Aparición de la Imagen Sagrada, y en su Traslación, llegaron presto en las alas de la fama, no solo a los oídos de los circunvecinos Pueblos, sino también de toda la Provincia; con cuyo motivo había por toda ella esparcidos muchos devotos, que con fino afecto la veneraban; por lo que, luego que llegó su noticia la Sentencia, que la había declarado Bien Aparecida, recibieron en su alma grande regocijo, y no cesaban de aclamarla con el nuevo Título, con el que se prometían mayor seguridad, y confianza de conseguir lo que pidiesen. 




Atraídos pues, del eco del misterioso Nombre, —fueron muchos los que de toda la Comarca concurrieron a adorar reverentes a la Madre de Dios—, quedando desiertos los Pueblos enteros, que en Procesión llegaban a la ermita, como sucedió a todos los de aquel Valle, y como la Soberana Princesa a todos consolaba en sus trabajos, dando —a los ciegos vista, a los tullidos pies, manos a los mancos, a los mudos habla, y remedio a todos los males—; creciendo más la devoción de día en día, eran muchas las ofertas, y ricos los dones que tributaban en agradecimiento, según la posibilidad de cada uno; y procurando exceder en las limosnas, no solo los individuos de un Pueblo o los del otro, sino los mismos pueblos entre sí.

Viéndose en mayordomo de la ermita con considerable tesoro, y compadecido de la incomodidad de los Peregrinos, que no teniendo hospedería en que acogerse, andaban de casa en casa buscando abrigo, y sin poder hallarle, por ser muchos; tuvo por conveniente disponer que se hiciese una hospedería para recogerlos, Avisó a los del Pueblo, diciéndoles, que si bien el caudal no era suficiente para hacer casa, era bastante para adelantar mucho, y que con algunas limosnas que añadiesen, podría concluirse, y quedar socorrida una necesidad tan urgente. A todos agradó la propuesta, y después de haber dado cada uno la cantidad que pudo, unos ofrecieron adelantar todo lo necesario para la conclusión de la Obra, esperando en María Santísima que no faltarían devotos, con cuyos dones podrían cobrar lo adelantado, y otros se obligaron a trabajar en la Fábrica con su ganado y personas, sin más estipendio que el que se prometían del Cielo, empleándose en una obra tan piadosa, y como tal, del agrado de Dios. Con estas promesas solicitó licencia del Tribunal de Burgos para la erección; y conseguida en el año de mil seiscientos catorce, a veinte de junio, se comenzó a trabajar en ella desde aquel año, hasta el dieciocho, en que se concluyó.

Hubiera bastado para la construcción de la Fábrica el caudal que la liberalidad de los Fieles había puesto en las manos del mayordomo , si contemplando éste la poca decencia de la ermita, no hubiera destinado una gran parte para su reparo, y adorno, pero esto le obligó a tratar que se hiciese, y dorase un Retablo, en cuyo medio se colocó la Sagrada Imagen, y a dar orden para hacer nuevas efigies, que ocupasen los lados, siendo una de ellas la del Evangelista San Marcos, que ocupó el del Evangelio, separando la antigua, a quien los muchos años tenían deslustrada.

Todo esto se hizo en aquel mismo tiempo; lo que da bien a entender la muchedumbre de dones ofrecidos por los devotos, a quienes socorría a manos llenas la Soberana Virgen; pues no contenta con otorgar sus peticiones dispuso que, para mayor comodidad, y recreo se apareciese una Fuente cristalina, nunca vista hasta entonces, junto al Santuario, al lado del Oriente. Hízose con las limosnas una hermosa concha para recibir las aguas, y una bóveda para defensa de las lluvias, y permanece hasta ahora, brindando a los sedientos peregrinos con sus raudales.

Todas estas eran disposiciones de la Virgen Sagrada, para dar a la devoción más incremento; porque extendida la noticia de que había hospedería capaz para habitación de los concurrentes, con mucha conveniencia, Fuente pronta cerca del templo para apagar la sed, y otra mejor dentro del Santuario para la de su alma, eran muchos los que se esforzaban a emprender el viaje, no solo de los moradores del Valle; sino de las Encartaciones, Vizcaya, y toda la provincia de Cantabria; y con las limosnas que ofrecían a la divina Aurora se hicieron nuevos, y decentes cajones para los Ornamentos, y dos Altares más para los Colaterales. Fue continuando la devoción hasta el año treinta y dos, en que se temió alguna tibieza, por la muerte del Canónigo «Mamés Hierro», Cura de Marrón, y primer mayordomo Eclesiástico de la Bien Aparecida Imagen; porque la eficacia de su celo valía mucho, y su sabia conducta en distribuir, lo aprovechaba todo; y aunque en el sucesor don «Pedro de Rivas» pudieron arraigarse algunas esperanzas, tardaron poco en desvanecerse, por su temprana muerte, que fue en el año siguiente de treinta y tres. Pero bien presto se dejó conocer que corrían por cuenta de María Santísima los adelantamientos; porque sucediendo a don Pedro don Francisco de la Llanilla, se ostentó tan fervoroso amante de esta Señora, que hasta las piedras de la ventana en que se apareció, hizo embutir en la pared hacía la parte de la Aparición, para que fuesen tratadas con veneración y respeto, y hasta el día —treinta de Junio del año cincuenta y uno—, en que acabó sus días, recibió muchas dadivas de los devotos, con las que hizo un decente Campanario, con su proporcionada Campana, que permaneció hasta el año de mil seiscientos cuarenta y siete, en el que la furia de un viento lo arruinó; recibió también de mano de un devoto un Terno[1] completo de damasco blanco, para el día de la Festividad de María Santísima.

Tenía destinado esta Señora para sucesor de don Francisco al Bachiller don Pedro de Marrón, varón de generoso espíritu, muy devoto, y de un natural desahogo, con el que no había dificultad que no allanase. Este varón de altos pensamientos, y de sagaz, y solícita providencia, haciéndose cargo de que el tiempo todo lo trastorna, y con más facilidad al corazón humano, a quién apenas hay instante que no trueque; contemplaba la facilidad con que podría faltar la devoción, y de consiguiente el culto de su amado Simulacro, como ha sucedido con otros muchos, si no se establecía alguna renta fija, y permanente; y discurriendo sobre este punto repetidas veces, vino a parar en que sería bueno hablar a los del Pueblo, a fin de que dedicasen una parte del Monte para el culto.

No hallaba dificultosa la consecución porque demás de dar poca, o ninguna utilidad a los Vecinos, sabía que la devoción de estos no se había de detener en concederle mayores cosas, consideraba por otra parte, que aquella tierra estando sin cultivo, valdría poco, pero que cultivada daría de si algún decente producto, y que podría labrarse a poca costa, dedicando para ello a los Peregrinos devotos, que lo harían con gusto; por tanto se determinó a pedirla, y habiéndola logrado como se prometía, trató de ponerla en estado de valer algo.

Lo mucho que agradó a María Santísima el pensamiento de don Pedro, se conoció al instante, pues desde entonces fueron más que en otros tiempos los milagros, y de consiguiente mayor el concurso de los Peregrinos que iban a dar las gracias por los beneficios recibidos, y permaneciendo en la hospedería unos ocho días, otros quince, y otros más según la posibilidad, o devoción; a todos hacia trabajar en abrir la tierra, y ellos tenían en esto su mayor contento, por hallar tan buena ocasión para pagar algo de lo mucho que debían a la Celestial Reina. Dentro de poco tiempo quedó dispuesta la tierra para llevar fruto; y pasando más adelante el ánimo del celoso mayordomo, no paró hasta que le hizo una cerca de cal, y canto, para asegurarla del ganado, que se apacentaba en el Monte.

Como el espíritu del mayordomo no sabía estar quieto, apenas acababa una obra cuando emprendía otra, y para todo daba la devoción de los Fieles que concurrían. Atendiendo, pues, a que siendo muy crecido el concurso, especialmente el día de la Festividad, no era posible caber en el templo para oír Misa, ni acercarse, sin el riesgo de ser atropellado; determino hacer un altar fuera de la ermita, para que en él se celebrase el Santo Sacrificio el día quince de septiembre que era el de la aparición y sacar una copia de la Sagrada Imagen, para colocar en él, pareciéndole que era faltar al respeto debido a la Aparecida Señora mudarla de su Altar a cada paso.

En estas, y otras obras gastó el tiempo el fervoroso mayordomo , ayudado de sus Peregrinos, hasta cerca del año sesenta y seis, que, como veremos adelante, se disminuyó la devoción en gran manera; más no por eso desmayó el magnánimo corazón de don Pedro; antes emprendió un obra más costosa, determinando hacer dos Capillas para desahogo, y decencia de la ermita, consiguiéndolo todo como deseaba; pues en año de sesenta y seis se comenzaron, y quedaron perfeccionadas en el setenta, valiéndose para ellos de los Lugares del Valle, y de los Vecinos particulares de él, que todos contribuyeron, o con dineros, o con los voluntarios frutos de pan, vino, lino, y otras cosas particulares, como también con sus mismas personas los pobres, que no hallaban otro modo de servir a la Emperatriz Soberana; y un devoto añadió a otros dones el de una Lámpara, y doce Candeleros de plata.


[1] El terno de damasco blanco, evoca la máxima solemnidad del barroco tardío en la Montaña. El damasco, un tejido de seda donde el dibujo se revela mediante el juego de luces entre el brillo del raso y el mate del granito, otorgaba a la Imagen una presencia casi inmaterial bajo las luces de las velas. 

 

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