HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPITULO VII
Descríbese la Sagrada Imagen de nuestra Señora Bien Aparecida
Todas las criaturas son retratos que formó la Omnipotencia, para manifestar la perfecciones de su Ser Divino, que no pudiendo copiarse en una sola, se explica en tantas cuantas vemos esparcidas por el universo, fuentes, prados, ríos, plantas, hombres, y Ángeles, todas las criaturas sensibles, e insensibles son copias de aquel original sin principio, pero ni todas juntas, ni cada una de por sí pueden hacernos formar cabal idea de aquel inagotable piélago de excelencias, aunque unas son más semejantes, y perfectas; porque aún las mejores, y que más se le parecen, más tienen de disimilitud, que de semejanza.
La sagrada Humanidad de Jesús que está con la Divinidad tan unida, dista mucho en la perfección, si alguna de las puras criaturas hubiera de representar a Dios perfectamente, sería la Inmaculada Princesa, en quien, más que en todas, resplandecen los atributos, o perfecciones, que el Artífice Supremo comunica a sus obras —como poco se ha dicho— y a la que sus muchas prerrogativas de María Santísima piden muchas que nos las manifiesten.
De aquí es, que la Reina Soberana es comparada con la Luna, con la Aurora, con el Sol, y con las Estrellas, y siendo poco todo esto, es comparada a otras muchas cosas, y muy perfectas, porque todas ellas son menester para explicarnos las muchas excelencias que en sí encierra, y que significo el Ángel en aquellas palabras: Gracia Plena, llena de gracia; en que nos dio a entender, no solo que la Madre de Dios estaba llena de virtudes, y gracias, sino también, que se hallaban en el grado más alto, y eminente que jamás se habían visto, ni verían en pura criatura.
De esto se deduce, que el cuerpo de la Santísima Virgen fue también de la mejor complexión que se hallara; pues así como el Señor para hacerla su Madre, tuvo por conveniente disponerla con tantas gracias; así también es razón creer, que para llenarla de gracias, y virtudes, tuvo por conveniente adornar su sacratísimo cuerpo; y no hay duda que para eso la buena complexión, y proporción de humores muy conducente; porque el cuerpo en que predomina la flema halla pereza en el ejercicio de las virtudes, si excede la melancolía, encuentra la tristeza, y poca conformidad para los trabajos, si la colera[1], impedimento para la humildad, y mansedumbre, y si la sangre, se halla con grande estorbo para la gravedad, y modestia.
Del mismo modo debemos hablar de las cuatro cualidades, humedad, sequedad, calor, y frialdad, que todas ellas indisponen para las virtudes al cuerpo donde no se hallan proporcionadas; porque la mucha humedad quita la discreción, la mucha sequedad, la afabilidad, y alegría, el demasiado calor, la prudencia, y mesura en palabras, y acciones, y la mucha frialdad, la diligencia, y prontitud para todo.
Con que debemos creer, que todos los humores, y cualidades de que se compuso el sagrado cuerpo de María Sanísima estuvieron en una gran paz, y unión, sin que predominara alguno con exceso; porque pudo el Señor adornarla de gracias, y virtudes sin esta preparación, no es de creer que la suavidad, con que todo lo dispone, echase por otro irregular camino, así como, aunque pudo nacer de una mujer menos pura, no tuvo por conveniente dejar de prevenir con abundante gracia a la que había de ser Madre suya, y así, ni el calor la hacía resolver sin madurez, porque la templaba la frialdad, ni la frialdad detenía los ejercicios de virtud, porque la avivaba el calor; ni la humedad estorbaba sus discursos, porque la moderaba la sequedad; ni la sequedad impedía lo afable, porque la humedad la ablandaba.
La sangre no la excitaba a descompuestas risas, y meneos, porque la templaba la melancolía; ni de ésta se la originaba desabrimiento, ni tristeza, porque la contenía la sangre, y todo se quedaba en una modesta gravedad, apta para todas sus funciones, y ejercicios; siendo su reír grave, su gravedad risueña, su modestia afable, su afabilidad modesta, su vergüenza libre, su libertad modesta, y vergonzosa, su amor respetuoso, su respeto amoroso, uniendo en sí con muy estrecho lazo todas las virtudes, de que «fue llena su Alma por el Divino Espíritu».
Con esto podremos entender muy fácilmente la mucha razón con que dicen los Santos, que la Virgen Santísima fue hermosísima entre todas las mujeres; no solo porque así convenía que fuera dotada en Alma, y Cuerpo de todas las perfecciones la que estaba destinada para Madre del Todopoderoso, sino porque estando tan proporcionados los humores, y tan bien hermanadas las cualidades, era preciso resultara la mayor hermosura.
Consiste ésta en el buen color, y proporción de miembros, lo que así como no es fácil lograrse sin el buen temperamento, así con él sin dificultad se consigue; porque si predominara la flema, sería blanca, pero con una blancura mortecina, por faltarle la viveza, que da al color la sangre; si excediera la sangre, sería su color muy encendido, por falta de la blancura, que se debe a la flema; si dominara la melancolía, sería su color oscuro; y si la colera, cetrino, o ceniciento, colores todos de bien poca hermosura
Lo mismo sucedería en las facciones de su rostro, que la flema las haría desaseadas, y flojas; la sangre ligera, y sin juicio; la colera descompuesta; la melancolía desagradable. Con esta proporción podemos discurrir de las cualidades, porque si el calor fuera excesivo, y sin la humedad correspondiente, saldrían muy mal formados los miembros; pequeña la estatura, como los experimentamos en las plantas, que las que se crían en tierras calientes, y secas tienen más aspereza, crecen menos, y salen retorcidas, si la humedad no se templara con las otras cualidades, sería demasiada su altura, y de poca firmeza; como vemos que las plantas criadas en mucha humedad crecen mucho, pero gozan de poca consistencia; al contrario sucede cuando están mezclados con igualdad los humores, y la cualidades proporcionadas, que todo sale hermoso, muy agradable, y de buen gusto; como también lo notamos en las plantas, que cuando gozan de calor, y humedad correspondiente, crecen con moderación, logran suficiente firmeza, es su color agradable a la vista, su tronco suave al tacto, y su fruto apacible al gusto.
Era pues necesario, que estando con tan buen temperamento los humores, y cualidades de aquel sagrado Cuerpo, fuera adornado de singular belleza, de un color agradable, de moderada altura, de una gran simetría, y correspondencia entre todos sus miembros, que hacían a sus acciones embeleso de cuantos la miraban, y que fuese el color de su rostro trigueño, porque la igualdad de humores había de dejarse ver en él con aquella proporcionada igualdad, como sucede en el color del trigo; y así en el rostro de María Santísima se había de ver el color blanco correspondiente a la flema[2], el moreno por la melancolía, el verde por la colera, y el encarnado por la sangre, que hacen trigueño el color. Sería su divino rostro como si de la blancura del diamante, el verde de la esmeralda, el moreno del topacio, y encarnado del rubí se hiciera una mixtura de iguales partes, que saldría un color donde todos estos sobresaldrían con moderación.
Esta sería la hermosura de la Sagrada Virgen, según lo que nosotros podemos explicar, aunque en la realidad sería mayor; pues parece que se pasmaron los Ángeles, siendo tan hermosos, de la hermosura, y belleza de esta Señora, preguntando al verla, ¿Quién es esta, que sube como Aurora, hermosa como la Luna, escogida como el Sol, y terrible como el más bien adornado ejercito? ¿Pues que copia por perfecta que sea, podrá representarnos original tan bello? Claro está que con tantas criaturas no hallaremos retrato que totalmente nos le signifique, pero hallamos en la Sagrada Imagen de la Bien Aparecida copiadas con maravilloso primor «en lo que cabe» las excelentes prendas de María Santísima, a excepción de la estatura, que para darnos que admirar, de que en una suma pequeñez se pueden retratar tantas excelencias, dejó de señalarla.
La altura de esta maravillosa Imagen no pada de media cuarta, que, aunque parece mayor, se le debe a la peana esta apariencia. La materia de que se compone nadie lo ha averiguado hasta ahora, por más que los inteligentes han discurrido, es olorosa, maciza, e incorruptible, sin vestigio de carcoma; el rostro con aquella cantidad que corresponde a tan pequeño bulto, es majestuoso, y grave; sin que por eso deje de manifestarse apacible, y afable; y así los que la miran hallan que respetar, y amar a un mismo tiempo, uniendo veneraciones con suspiros. Las facciones de su sagrado rostro están tan primorosamente dispuestas, que ostenta en toda superior belleza; es redondo, y nunca ha recibido color; las mejillas encarnadas, los ojos hermosos, y alegres, los labios de color purpura, y toda su cara parece que despide unos apacibles resplandores, que han obligado a muchos a creer que muda los colores de cuando en cuando.
La trenza del cabello corre por la circunferencia de la cabeza, y sobre ella descansa una corona de oro, el cuello erguido, y lleno y sus manos proporcionadas en todo a su hermosura. Tiene en la mano derecha «un agraciado Niño, cuya belleza en tanta pequeñez da mucho que admirar». Está inclinado al rostro de la Madre, y la Madre le corresponde inclinando el suyo al Hijo. Son ambos de una misma pieza, y solo la escultura los distingue, sin alcanzar el arte a separarlos. Se adornan con un solo vestido, con brazos que señalan la distinción. La belleza del Niño es muy proporcionada a la de la Madre, los colores vivos, resplandecientes, y con mucho lustre, aunque tampoco ha tenido otro color que el primitivo; alegra a toda la hermosura de los dos, cuando en el día de la Aparición, o para publicas necesidades «en los que solamente salen de su trono» los sacan en Procesión de su suntuoso templo.
[1] En ese contexto, no se refieren a la enfermedad bacteriana que conocemos hoy, sino a uno de los cuatro humores del cuerpo humano. Si los cuatro líquidos estaban en proporción correcta, la persona estaba sana.
[2] En el siglo XVII, la medicina todavía se basaba en las ideas de Galeno y Aristóteles. Se creía que el cuerpo tenía cuatro líquidos principales «humores» y que el exceso de uno determinaba tu carácter y tu salud. «Colera, Sangre, Flema y Melancolía».
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