La Bien Aparecida - Capítulo 6

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPITULO VI

Intentan los vecinos de Marrón trasladar la Sagrada Imagen de nuestra Señora Bien Aparecida, y un prodigioso suceso los impide.

No pareció a los vecinos de Marrón, que debían emplear el día, en que los había favorecido la Madre del Todopoderoso, en otra cosa que en dar a Dios repetidas gracias, y en diversiones honestas, para celebrar un día tan festivo, y así, luego que salieron de la ermita, se dedicaron a diferentes juegos, los que continuaron por la tarde; pero como donde está tu tesoro, está tu corazón, no podían olvidarse del recién aparecido simulacro, y de él era toda su conversación, contando cada uno lo que más le había robado la atención.

Hablaban unos de la pequeñez de la Imagen; otros de la hermosura de sus manos; otros de la proporción entre las dos Efigies de Hijo, y Madre, cual notando la Majestad que ostentaba, decía: ¿No os sentís movidos a respetar, y venerar tanta grandeza? Cual, enamorado de la apacibilidad de su semblante, y benignidad de sus ojos, exclamaba: —O dichosos de nosotros, que hemos hallado el más rico Tesoro de alma, y cuerpo—. Pues sus ojos nos ofrecen piedades, y nada hemos visto, que no nos asegure fortuna.

De estas conversaciones, con las que sentían sus corazones singulares contentos, los resultó un desconsuelo grande, porque la memoria del beneficio les acordaba la obligación en que estaban de corresponder con el agradecimiento, y no hallaban modo para explicarla. Consideraban, que siendo cortos los palacios más magníficos y suntuosos para la Reina del Cielo, se hallaba reducida a una ermita pobre, vieja y desaliñada, como lo era la de San Marcos; que debiendo dedicársela un espacioso templo, estaba en casa ajena, y muy escasa, Contemplaban por otra parte la cortedad de sus medios, para la práctica de sus deseos; y padecían en su alma grande sentimiento.

 

Para templar un poco este dolor, comenzaron a tratar del modo que sería más conducente, para que la Imagen Sagrada estuviera con mayor decencia, y que no fuera insoportable a su pobreza, pero como esta hallaba dificultades para todo, nada se determinó por entonces, contentándose con dar orden a Pedro Fresno, mayordomo de la ermita, de que procurara tener siempre luz delante de la Imagen, que con tantas había querido manifestárseles; y dejando lo demás para otro día, se retiraron a sus casas.

Se juntaron al siguiente día para conferenciar sobre la misma materia, y siendo todos uno en el afecto, se hallaron muy opuestos los pareceres. Decían unos, que sería lo mejor trasladarla a la «Parroquia de San Pedro», porque en ella estaría con mayor decencia, y sería más venerada del Pueblo, por tenerla más inmediata; que, en la ermita, ni era posible el ornato, por estar muy arruinada, ni los Vecinos podían visitarla con continuación, que, habiéndose aparecida en la ermita, sin duda sería la voluntad de María Santísima ser venerada en ella, y no era razón proceder en alguna manera contra su gusto, que en esto debía ponerse particular cuidado.

Otros decían, que, ni en la iglesia era bien que estuviese, porque aquella estaba indecente, y esta no era casa propia; y que así, se tratara de edificar templo en que colocarla. Todos convinieron en esto; pero como era menester para ello mucho tiempo, replicaron algunos, que a lo menos entretanto que se hacía templo, era preciso trasladarla a la Parroquia, por ser más decente; y que después se colocaría en el nuevo templo, que debería hacerse donde estaba la ermita, pues en ella había querido aparecerse.

Prevaleció este dictamen —contra el gusto de algunos, que ni por un instante quisieran ver fuera de la ermita la Imagen, pareciéndoles que era contra la voluntad de la Reina del Cielo— y en virtud de él, se encargó a los mayordomos, que hicieran brevemente todas las diligencias posibles, para la mayor solemnidad de la traslación, que debería hacerse convocando el Pueblo a son de campana, para que ninguno faltara.

Después que el cuidado de los mayordomos lo tuvo todo preparado, tocaron para juntar el Pueblo, como todos tenían noticia de lo resuelto, al punto concurrieron a la Parroquia muy alegres, por prometerse un día tan festivo, como el de la Aparición prodigiosa. Se pusieron en orden de Procesión, y así salieron de la iglesia, encaminándose por aquella Montaña a la ermita; y habiendo llegado, arrodillados delante del Divino simulacro, ofrecieron de nuevo sus corazones a la Soberana Princesa.

Entretanto subió el Preste al Altar, y tomando en sus manos la Sagrada Reliquia, se levantaron todos, comenzando a salir muy alegres, por llevar a su Lugar tan buena Joya, pero muy poco les duró este placer, porque a muy corta distancia se vieron precisados a dar la vuelta, por inopinado suceso, con que quiso manifestar el Cielo ser contra su voluntad el separar del monte aquella Piedra Preciosa, que le adornaba.

Estaba el día muy sereno y claro, y apenas salió de la Arboleda la Sagrada Efigie, cuando el Cielo se les mostró con ceño; porque enfurecidos los vientos, poblaron la región de densas nubes, que en terribles encuentros los atemorizaban con truenos, y asustaban con relámpagos; y descargando una lluvia muy copiosa; les impidió el paso, sin dejarles dar uno hacia adelante. Obligados de este modo a retroceder, colocaron otra vez la Santa Imagen en el mismo sitio, y se celebró el Santo Sacrificio de la Misa, dando gracias a Dios, que por un medio tan prodigioso había declarado su voluntad.

La oyeron todos con mucha devoción, y no menor admiración; porque luego que colocaron la Imagen en el Altar, se aquietaron los vientos, desaparecieron las nubes y se quedó el día claro, hermoso, y sereno, como al principio.

Finalizado el Santo Sacrificio, puestos en orden, bajaron en Procesión hasta la Parroquia de San Pedro, y saliendo de ella, cada uno procuraba buscar al otro, para hablar sobre el caso, cuya conversación les era muy sabrosa, por ser a medida de su gusto todo lo que de ella inferían sus discursos.

Se divulgó en pocos días por toda la Comarca, y para todos fue común el regocijo, que hoy dura, y durará para siempre; porque si entonces se prometían muchos bienes, ahora con los frecuentes favores que han recibido, se los prometen muchos mayores, creyendo que la Reina Soberana no quiso bajar al Lugar, porque así como su precioso Hijo no quiso morir dentro de Jerusalén, para darnos a entender, que no moría solamente por los de aquel Pueblo; así la piadosa Madre no consintió ser venerada en el lugar, para que se supiera que no solo él había de ser favorecido; y que así como el Divino Redentor murió en el monte Calvario en medio del Mundo, dándonos a conocer que a todos los redimía; así también la Celestial Corredentora quiso ser venerada en un Monte en medio de aquella Montaña, que a todos los venía a llenar de favores.

Para que nunca se borrase de la memoria el acaecido portento, se fijó luego una Cruz, que hoy permanece, y se llama la «Cruz de San Marcos», en el mismo lugar adonde llego la Procesión con la Imagen Sagrada, y determinaron apellidarla con el título de «Nuestra Señora de la Cruz». La llamaron antes con diversos nombres, unas veces con el de «Nuestra Señora de San Marcos», por haberse aparecido en la ermita de este Sagrado Evangelista; otras con el de «Nuestra Señora de Somahoz», por el monte donde estaba la ermita; y otras con el de «Nuestra Señora de la Cruz», por haber sucedido la dichosa aparición en el día quince de Septiembre, inmediato al de la Exaltación de la Santa Cruz, pero desde entonces se determinó, que fuera invocada universalmente con este último nombre, para perpetua memoria de lo acaecido, si no es que diga, que fue disposición del Altísimo, para que se acordasen aquellos cántabros de la devoción que sus ascendientes habían tenido con la «Santa Cruz del Redentor», excitándolos a permanecer en ella, a imitación de sus progenitores.

 

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