HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPITULO V
DE LA APARICIÓN PRODIGIOSA. De la Sagrada Imagen de María Santísima Bien Aparecida
El Soberano Artífice, a cuyo brazo debe su ser todo el Universo, comunicó a las obras de sus Divinas manos la perfección que gozan. Todas con su variedad y hermosura descubren la grandeza de su Hacedor; más ninguna entre todas las puras criaturas la manifiesta como la Emperatriz de los Cielos, por ser entre todas ellas la más semejante, y perfecta, tanto, que la hubiera tenido por Dios San Dionisio Areopajita[1], si la fe no le dijera lo contrario; pero se le pareció sobremanera en la Misericordia, de que la llamamos Madre, por las muchas piedades que derrama continuamente en el Mundo; no debiendo contarse entre las menores la que experimentó la provincia de Cantabria en el siglo XVII, por uno de los medios más extraños, y prodigiosos.
Había llegado el año de mil seiscientos cinco hasta el mes de agosto, cuando los vecinos de Marrón se vieron llenos de un nunca imaginado regocijo, con el hallazgo del Celestial Tesoro de María Santísima. La vecindad, que tiene con el lugar el Monte, hace que se confíe el cuidado, y guarda del ganado a los niños, que, por escasa robustez en los miembros, son inhábiles para tareas más molestas.
Solían gastar el tiempo que les dejaba libre este cuidado, en diversiones y juegos correspondientes a su edad; y propios de la sencillez, natural en los campos, y extranjera en las Cortes; escogiendo los sitios más proporcionados para sus recreos, como eran la arboleda que rodea la cumbre de aquella montaña, si el tiempo se mostraba apacible, y sereno; o el portalito de la ermita de San Marcos, si les amenazaba con lluvias.
Y llegando la noche bajaban con el ganado a sus casas, como se lo habían ordenado sus padres. Entretenidos en su pueriles pasatiempos, estaban un día del referido mes entre los árboles, e instantáneamente se vieron bañados de tan singular claridad, que sin acordarse más de sus juegos, solo pusieron la atención en registrar por donde les venía el resplandor, miraron por una, y otra parte, y hallando que se extendía por toda aquella cumbre, levantaron al Cielo los ojos, y vieron desprenderse de lo alto unas luces, que encaminándose a la ermita del Evangelista Sagrado, se introducían en ella por una pequeña ventana.
No asustó a los simples pastorcillos la extrañeza de lo que veían, antes se arrebataron tanto de lo que miraban, que corrieron a porfía hasta la ermita, para registrar de más cerca aquella peregrina maravilla. Extendieron la vista hacia la ventana, y en ella vieron una imagen de María Santísima, con el niño Jesús en su mano derecha, que, en lo apacible, y risueño de su semblante, parecía que les mandaba que jugasen, como niños, a la presencia de aquel, que tenía en su brazo.
Como eran inocentes, fácilmente entendieron aquella retórica sin voces, y en señal de ello, y del sumo regocijo con que obedecían el mandato de la Reina Soberana, al instante empezaron a ejercitarse en sus acostumbradas puerilidades, en las que, no solo se les pasó el día, sino también gran parte de la noche; porque embelesados con su Celestial hermosura, y rodeados de la gran claridad que de sí despedía su semblante, no echaron de menos al Sol, cuando se les puso.
Los padres que estaban acostumbrados a ver a sus hijos en casa al anochecer, luego que llegara la noche vieron que no parecían, entraron en cuidado, temiendo no les hubiera sucedido alguna desgracia; y al paso que la tardanza de los hijos era mayor, se aumentaba en ellos el recelo. Llegó la hora de despedirse de los dos Celestiales Amantes, para restituirse a sus casas, y bajando llenos de regocijo, y placer, se prometían unos a otros madrugar bien la mañana siguiente, para continuar en sus diversiones.
Alegres, y contentos llegaron al lugar; y luego que fueron conocidos por sus padres, salieron estos del cuidado en que habían estado, más creyendo que el descuido de los niños, y no otra causa, había ocasionado aquel pesar, soltando a la cólera la rienda, comenzaron a castigarlos severamente. Lloraban los inocentes pastorcillos; pero los padres procedían en sus castigos, ignorando la justa causa de la detención, o porque el dolor no los dejaba alegar excusa, o porque la ira no dejó a los padres escucharla, o “lo que es más cierto) por disponerlo así la soberana Reina, para que viendo los hombres, que los trabajos no apartaban a los niños de obsequiarla, aprendieran a vencer dificultades por servirla.
Presto se olvidaron los pastorcillos de los experimentados rigores, pues a la mañana siguiente volvieron presurosos al monte, deseosos de ponerse a la presencia de sus nuevos huéspedes, habiéndolos hallado en la forma que el día anterior, prosiguieron sus juegos, deteniéndose en ellos mucho más tiempo; y aunque fueron castigados con más rigor, cada día era mayor la detención, y madrugaban más, para subir a la cumbre a buscar, y «festejar a la Madre de Dios, y a su bendito Hijo», que mostrándoseles siempre con semblante amoroso como les daban a entender el gran gusto que recibían en los sencillos cultos.
Viendo los padres que no había enmienda en los hijos, quisieran averiguar la razón, y oírla de la boca de ellos mismos, que, preguntados sobre el caso, respondieron: —que habían visto en la ventana del Evangelista San Marcos a María Santísima con el Niño Jesús—, y que por festejarlos se detenían tanto.
Creyeron los inocentes, que con esta respuesta cesaría el enojo de sus padres, pero les sucedió muy al revés; —porque teniendo por ficción lo que acababan de escuchar, añadieron más penas, «azotándolos crudamente», para que no tuvieran osadía de fabricar enredos, y mentiras; pretendiendo con tales medios engañarlos—. Todo este rigor era en vano; pues no solo se recogían cada noche más tarde, sino que cuando entraban por el lugar, publicaban a voces el prodigio que veían en el monte, y los favores que recibían en él de María Santísima, y de su preciosísimo Hijo.
Como nada bastaba para la enmienda hablaron unos con otros los padres de estos niños, y reflexionando en la poca eficacia de los rigores, y entre sus hijos jamás habían tenido tal inobediencia, dieron en sospechar algún misterio. Con el deseo de salir de la duda, que les inquietaba, acordaron juntarse en la noche, y subirse a una altura, desde la que se descubría bien toda la ermita, con ánimo de observar todo lo que pasaba.
Juntándose en la noche inmediata, y llegando al puesto señalado, —vieron tan bañada de resplandores la ermita, y arboleda, que parecía que todo se abrasaba; siendo tanta la claridad, como si nunca hubieran llegado allí las tinieblas—. Pasmados, y admirados de tan extraño acaecimiento, no sabían los buenos hombres que hacerse, ya querían acercarse, como lo habían hecho sus hijos; pero el temor, que se había apoderado de sus almas, no les permitía dar un paso, ya querían volver atrás; pero el misterio, que comenzaban a respetar, no les dejaba, últimamente, vencidos del temor, se vieron obligados a retroceder, sin determinarse a más examen.
Hablando por el camino sobre el caso, conferenciaban entre sí, si sería conveniente dar cuenta a los vecinos, o si importaría callarlo, a unos parecía que importaba a avisarlos, porque de otra manera no podrían salir de la confusión, otros deseaban guardarlo en el silencio, persuadiéndose a que no serían creídos, y por consiguiente que se burlarían, y reirían de ellos, y hallando de todos modos inconvenientes, determinaron repetir la misma observación por algunas noches, para que informados mejor, procediesen con más acierto.
En cumplimiento de esta resolución volvieron en las noches siguientes, a la misma hora, y lugar; y cada vez hallaban mucho más que admirar, no solo por la mucha claridad, que los deslumbraba; sino por el «respeto que en su corazón se les infundía» con lo que, creyendo firmemente algún soberano misterio, determinaron dar cuenta a otros vecinos, con quienes tenían más confianza, para que enterados estos del caso, dijeran acerca de él su dictamen.
Hicieronlo lo más presto que pudieron, informándolos de todo muy individualmente, y oído el suceso, aunque no despreciaban lo que acababan de escuchar, tampoco lo quisieron dar entero crédito; antes bien les dijeron, que era preciso hacer más diligente el examen; que podrían haberse engañado, porque la oscuridad de la noche suele mentir mucho, y que siendo la claridad del día más a propósito para los desengaño, juzgaban preciso, que de día se registrase bien toda la Ermita, lo que harían ellos mismos en el día inmediato.
A todos agradó la respuesta, y al día siguiente subieron estos segundos exploradores al monte; pero «habiendo llegado a la ventana, nada hallaron», ni después de haber registrado por todas partes pudieron encontrar la más mínima señal de cuánto les habían contado.
Desconfiaron desde entonces enteramente; y creyendo, que los que los habían informado los habían burlado, concibieron contra ellos tal enojo que, volviendo al lugar, les dijeron palabras muy amargas, de que se originaron grandes disturbios en el pueblo; porque, aunque los primeros exploradores se esforzaban en volver por su inocencia, nada bastaba para ser creídos; ni lo hubieran sido, si la mucha permanencia en sus disculpas no los hubiera declarado inocentes.
Creyeron ya los segundos exploradores la inocencia de los primeros, y cesó el enfado, que contra estos tenían; más no cesaron por eso las disensiones, antes se aumentaron en gran manera; porque no teniéndose por burlados, comenzaron a burlarse de los otros diciéndoles, que se creían de ligero, llamándolos hombres ilusos, y simples, pues daban fe a simplezas de muchachos; y que tenían tan poco entendimiento como los niños. Sentían los buenos hombres estas razones, y enojados contra los que las decían, estaban unos con otros en continua discordia, y todos tenían bien que padecer.
Los simples pastorcillos sacaron en esta ocasión la peor parte, siendo reñidos, y castigados de algunos, que los miraban como a principales motores de los alborotos; pero se olvidaban de todas sus penas en subiendo al monte, donde siempre hallaban el Celestial Tesoro, escondido para todos los otros.
Permanecía en las discordias entre los vecinos, y proseguían en molestar a los pastorcillos, hasta que, compadecida la Emperatriz Soberana, quiso dar a aquellos algún alivio y a estos un completo regocijo, disponiendo que todos los pasajeros que en las tinieblas de la noche atravesaban las intrincadas veredas de aquella montaña, vieran bañada la cumbre de claridad tan grande, que le servía de antorcha, con que caminaban seguros, como si anduvieran de día.
Admirados de tan extraña claridad, preguntaban a cuantos se encontraban al pasar por el lugar, ¿que tenéis en el monte? ¿que hay en la ermita? ¿de que nace aquella claridad, que alumbra tanto? y publicando esto por todo el pueblo, vinieron a creer los más incrédulos, que era verdad lo que habían dicho los exploradores primeros, como también lo que a todos habían comunicado los pastorcillos, a quienes miraban no como antes, con ceño, sino con mucha apacibilidad, dándoles amplia licencia para subir, y bajar al monte a su voluntad.
Así quiso la Amorosa Madre consolar a los inocentes Niños, que cada día subían más gustosos a continuar sus pueriles juegos; y de ellos hablaban con total libertad delante de sus padres, que recibían en oírlos mucho contento. Cesaron las discordias entre los vecinos, y se estableció una amistad, más estrecha que la que otras veces habían tenido, que no les fue poco provechosa, para alentarse unos a otros en los temores, de que se vieron acometidos.
No podían dudar, en fuerza de tan claras señales, lo que les refirieron los Pastores, pero como les ocultaba el señor aquel tesoro, temían que lo merecerían sus culpas, y que fuese amenaza de otro grave castigo. Querer averiguarlo de nuevo, les parecía atrevimiento, teniendo experiencia de que habiendo hecho ya dirigente examen los exploradores, nada se había conseguido.
Esta consideración los traía acobardados, y temerosos; y por más que procuraban consolarse recíprocamente, no podían salir de sus recelos. Acudían también a buscar su alivio a la casa de su Párroco; pero como este se hallaba en la misma confusión, sin saber el remedio, todos se quedaban con la misma inquietud, solo los niños gozaban serenidad en esta tormenta, yendo cada día al monte más alegres, y volviéndose gozosos, publicaban a voces por el lugar los favores que recibían.
Un día que, comunicando sobre este caso, estaban algunos vecinos en casa de su Cura, entró una buena mujer, tan devota como anciana, y le dijo: yo, Señor, veo la confusión en que está este Pueblo, y vengo a que usted me confiese, y comulgue, y me dé su licencia para subir al monte, a ver si Dios me quiere declarar esto. Oyeronla todos con gusto, y dispuesta con los Santos Sacramentos, se despidió para hacer su viaje con la brevedad que la permitían sus muchos años, y con ánimo de volver presto a darles cuenta de lo que en la ermita advirtiera.
Se puso en camino, y llena de fe, y confianza llegó a la ermita, y haciendo en ella profunda reverencia, se encaminó hacia la ventana, pidiendo a Dios que la manifestase el tesoro, y la hiciera participante en la dicha de los pastores. Apenas llegó, cuando levantando los ojos, vio a la Emperatriz de los Cielos, que tenía en la mano derecha a su precioso Hijo, en la misma forma que lo habían anunciado los niños.
Póstrese en tierra la feliz mujer, y lleno su corazón de placer, que vertía por sus ojos en lágrimas, dio repetidas gracias a la Madre de Dios por tan imponderable beneficio; y pidiéndola licencia, se despidió para avisar a los vecinos que esperaban con impaciencia la resulta. Luego que la vieron, se alegraron sobre manera; porque en la prisa con que bajaba, y en lo risueño de su semblante, conocieron que les traía buena nueva, pero habiendo oído lo que les dijo de su feliz hallazgo, fue sin comparación el contento.
Para asegurarse más de la verdad, mandó el cura a dos de los circunstantes que sin detención alguna subiesen a la ermita, para informarse con todo cuidado de lo que en ella registrasen, y dar a la vuelta puntual razón de todo. Partieron de buena gana a cumplir el mandato, y el deseo de ser los primeros los llevó con tanta velocidad, que parecía haber puesto alas en sus pies. Acercándose a la ventanilla con tanta confianza, como si estuvieran en la posesión de su dicha, pero, «o inescrutables juicios del Altísimo» ni hallaron al anunciado tesoro, ni señal de él.
Registraron toda la circunferencia con vigilancia, y nada bastó para descubrir la preciosa Margarita. No es fácil explicar el desconsuelo de estos hombres, y el enojo que concibieron contra la anciana matrona, a la cual luego que llegaron a la presencia de los que los esperaban, comenzaron a injuriar pesadamente, llamándola engañadora, y embustera; y diciendo que la maldita, y caduca vieja los había engañado; que «no se debía hacer caso del dicho de la vieja y fantasías de muchachos».
El cura que, conocida bien la prudencia, y virtud de la buena mujer, volvió por su inocencia, y en medio de tantas contradicciones, dio crédito a lo que los había anunciado, y así ordenó a los mismos, que tuvieran el cuidado de observar en la noche siguiente, esperando que el Señor les daría algunas muestras del misterio. Ejecutaron lo ordenado, subiéndose a una altura, desde la que se descubría la ermita; y al paso que iban subiendo «notaban mayor resplandor, y claridad». Estando ya en el puesto señalado, y extendiendo la vista, la vieron bañada de luces, que, cuál otra zarza de ored, ardía sin quemarse; y pesarosos ya de lo que habían injuriado a la mujer, dieron cuenta de todo a su Párroco, asegurándole, que todo lo que se había dicho era muy cierto.
Alegre el Cura aviso a los alcaldes, y les encargó, que convocaran todo el pueblo, y le juntasen en la iglesia de San Pedro el día siguiente, desde donde saldrían en devota rogativa, implorando la divina clemencia, y pidiendo a Dios se dignase de manifestarles la Celestial reliquia, que se depositaba en el monte. Se comunicó esta determinación a los vecinos, y esperaban con regocijo que llegara el día, en que habían de ver el consuelo de sus aflicciones, y alivio de sus penas. Amaneció el deseado día, jueves quince de septiembre, y octava de la Natividad de María Santísima, y todo el pueblo andaba bullicioso, esperando la hora de la Procesión. Habiendo llegado, se juntaron en la Parroquia señalada, y puestos en orden salieron en devota rogativa, con grande confianza de ver cumplidos todos sus deseos.
Llegaron a la ermita, y acercándose a la ventana el Preste, halló en ella a la Emperatriz de los Cielos, con su bendito Hijo, a quienes, haciendo primero una profundísima reverencia, tomó en sus manos, para manifestarlos al pueblo. Apenas vieron la preciosa imagen, cuando postrados todos en tierra, la adoraron unos con suspiros, otros con lágrimas, y todos con inexplicable regocijo, y puestos otra vez en el debido orden, para hacer una solemne Procesión, salieron de la ermita, cuya circunferencia anduvieron, yendo en las manos del Preste la Sagrada Imagen, pudiendo decir este, como otro Simeón, ahora sí, el Señor, que moriré contento, pues he merecido ver al que nos enviaste, para salud del mundo.
Y cantando himnos en alabanza de la Aparecida Princesa, dieron vuelta, y la colocaron en el altar, para celebrar el santo Sacrificio de la Misa, en acción de gracias por el favor de acababan de recibir. Oyeronla todos con singular consuelo, y acabada, se dieron recíprocas enhorabuenas por el feliz hallazgo.
[1] San Dionisio Areopajita. No es un santo cualquiera; para un teólogo del siglo XVIII, Dionisio es el puente entre la sabiduría de los griegos y la revelación cristiana. Dionisio Areopagita «fue un filósofo ateniense del siglo I», convertido al cristianismo por San Pablo. En la época barroca y de la Ilustración, se le atribuían unos tratados teológicos fundamentales «escritos en realidad por un autor neoplatónico posterior conocido como Pseudo-Dionisio».
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