La Bien Aparecida - Capitulo 4

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPITULO IV

DESCRIPCIÓN DEL LUGAR DE HOZ DE MARRÓN, Y sitio donde se apareció la Sagrada Imagen de la Bien Aparecida


Uno de los Lugares que componen a la Cantabria primitiva, es el que con nombre Hoz de Marrón descansa sobre la falda de un Monte, que baña el Océano, a distancia de dos leguas del Puerto de Laredo, y mira por el septentrión a esta villa bien conocida, a cuya jurisdicción pertenece; por el oriente a la de Castro Urdiales, y a la ciudad de Santander por el occidente. La benignidad de su clima hace que sólo conozca a la primavera, y otoño, y desconozca al verano como en invierno. Y, porque la vecindad del mar templa al sol sus ardores, para que no le queme, y llena de vapores el aire, para que no le hiele.

Ignórense sus fundadores, aunque se cree que habrán sido los del apellido de Marrón; y nada sabemos de su antigüedad, pero las imágenes que se guardan en una de sus dos parroquias, llamada San Pedro, para memoria, y no para culto, manifiestan haber pasado por ellas muchos siglos. La segunda parroquia, dedicada a María Santísima, se fundó durante los años de mil quinientos. El corto número de sus vecinos que apenas llegarán a sesenta, se divide en dos barrios, uno llamado Marrón, y otro Bosquemado; y en lo más alto y llano de éste, hubo antiguamente un «castillo llamado de San Mateo»; “hoy con trabajo lo percibe la vista, porque los años apenas han dejado la ruinas) «créese que en él vivió el infante don Pelayo», mientras se sosegaban algunas turbaciones de España, y se sabe, que en él se crio el conde Fernán González[1], como de todo daremos presto exacta cuenta. 



Baña a Marrón por el oriente el río de su mismo nombre, descendiente del monte Asón, en el Valle de Soba; y en el camino que corre de catorce millas, al centrarse en el mar por Santoña, ya se queja de la violencia con que le arrojan de sí las eminencias; ya se ríe, como quien hace burla de sus rigores; y ya detiene el paso, no tanto de cansado por lo que ha recorrido, cuanto por aumentar el caudal de sus aguas, para regarlas con la variedad de pescados a los moradores de sus riberas; o por mostrar que siente el apartarse de aquel divino encanto de la más Bien Aparecida prenda, que en Marrón deja, y que solo la obligación de volver a donde salió pudiera precisarle a la ausencia.

Un monte, que con la latitud de milla y media se alarga a tres desde el norte al sur, lleva la elevación suficiente para guardar al lugar las espaldas, que tiene hacia el ocaso, y adornado con variedad de hierbas, de que continuamente se viste, y con diversidad agradable de elevados árboles con que se ciñe, ofrece copiosos pastos a todas las especies de ganados. Le sirven de corona unos robustos Robles, que hermosean toda la circunferencia de su cumbre. 

Varias sendas conducen hasta esta altura a los caminantes, todas con no poco rodeo, y disimulo, por no experimentar sus asperezas, una de ellas los encamina desde marrón hacia el mediodía, y en habiéndolos llevado como trescientos pasos los detiene, no a descansar a la sombra de la espesa arboleda que allí encuentran; ni a que admiren la agigantada estatura de aquellos gruesos troncos; sino a que puestos los ojos en el centro, vean en él los primores de una exquisita concha, y pasen las atenciones a registrar la preciosidad de la Perla, y mientras aquellos registran la hermosura del templo, entren los respetos a venerar la Deidad que atesora; qué Deidad podemos llamar en algún modo a la que es tan semejante a Dios, y Madre suya, esta es la perla, que con el título de Bien Aparecida encierra aquella concha, y la Deidad que se adora en aquel templo, representada en su Sagrada Imagen.

Aquí hubo hasta los primeros años del pasado siglo una «ermita del Evangelista San Marcos», a donde iban los del Pueblo todos los años con las acostumbradas Rogativas, y en ella era venerado el «Santo Evangelista», celebrándose con sermón su fiesta, a la que concurría gran número de gentes de todos los lugares de la Comarca. Tenía un pequeño atrio, o portalillo, que servía de abrigo a los pasajeros que atravesaban aquellas asperezas, y a los pastores que en el monte guardaban su ganado, librándolos de las lluvias, que suelen ser copiosas en aquella tierra, y de otras inclemencias de los tiempos. —Lo carcomido de la madera, y quebrantado del edificio, mostraban que la ermita era antiquísima—, más nada hemos hallado por donde se pueda conocer el año de su fundación; solo se sabe, que en el año de ochocientos sesenta y cinco, cuando reinaba el rey don Alonso el Tercero[2] estaba ya fundada, porque en este año salió del castillo de San Mateo el conde Fernán González, y ya existía la ermita, como consta de la historia del conde, que de letra antigua, y forrada en cuero, se guarda en el archivo de San Pedro de Arlanza; y de una copia que de los capítulos primero, tercero, y séptimo sacó Juan González Ortiz, escribano de su Majestad y del número de la villa de Covarrubias, en veintiocho días del mes de Noviembre de mil seiscientos cuatro, signada, como y certificada de Sebastián, y de Francisco de Verna, escribanos también de dicha villa, y se guarda en casa de don Juan de Palacio, natural de Marrón, cuyo contenido es como se sigue.

Reinando el rey don Alonso el tercero, llamado El Magno, don Gonzalo Núñez entregó a su hijo Fernán González, y de Doña Ximena Fernández, su esposa condes de Castilla, a don Martín González Caballero anciano, natural de la montaña de muy esclarecido linaje, y muy sesudo, que ya por la gran antigüedad no podía usar de pleito de armas, pero era de muy buenas mañas para que le crease y educarse en buenas costumbres en el castillo de San Mateo, que está en lo alto, y más llano del barrio de Bosquemado, cerca de la ermita de San Marcos como por librarle del odio, y furor de los moros, que tenían grandes guerras en las montañas altas con los cristianos, como porque la gente montañesa era muy esforzada, y leal, y de muy alta sangre como y comúnmente dada más a virtud, y preciarse más del bien, que ninguna otra gente de España, para que entre esta se crease y guardase, y fuese servido como su persona misma, y los montañeses mucho mejor lo hacían cada día, el aspecto y hermosura de este niño Fernando González, y parecía en todo un espejo de honestidad. Y todos los Caballeros, y ricos hombres de Castilla fueron cerca del lugar de Marrón en la Montaña donde fuera creado y le trajeron a Burgos, andando el año tercero del reinado del referido don Alonso el magno, para alzarle por conde, y Señor de Castilla.

Por la sobredicha copia consta, que cuando salió de allí el conde como ya existía la ermita de San Marcos, y habiendo salido en el año tercero del reinado de don Alonso, es claro que en dicho año de ochocientos sesenta y cinco, había tal ermita, pues el primero de su reinado fue el de ochocientos sesenta y dos. También parece que era de los condes de Castilla toda aquella tierra, cuando en ella educaban a sus hijos; y así sería sin duda, porque les pertenecía toda la Cantabria, siendo entonces con el título de condes lo que antes había sido con el de duques, pues es cierto, que los condes de Castilla, y duques de Cantabria, siendo entonces con el título de condes fueron unos mismos. El duque de Cantabria don Pedro tuvo dos hijos, uno fue don «Alonso el primero», que casando con Doña Hermenesenda, hija mayor de don Pelayo, entró a reinar en el año de setecientos treinta y ocho, el otro hijo fue don Fruela, duque de la Cantabria, como su padre. Tuvo Fruela un hijo llamado Rodrigo Froilán que, dejando el título de duque, se tituló conde de Castilla en el año ochocientos, reinando don Alonso el Casto; y así sin duda era de los condes de Castilla toda aquella tierra, como lo fue de los duques de Cantabria.

Esto nos hace también creer, lo que comúnmente se dice en aquella tierra, que el infante don Pelayo estuvo reinando algún tiempo en el castillo de San Mateo; porque este Príncipe fue hijo del duque de Cantabria don Fabila, a quien el malvado rey Witiza mandó sacar los ojos, por querer gozar a su esposa Luz, de quien está ciegamente enamorado y temiendo don Pelayo que le sucediese otro tanto, dice el arzobispo de Toledo don Rodrigo, que se retiró a la Cantabria, hasta que sabiendo que el ejército de los cristianos había sido derrotado por los moros, y que el rey don Rodrigo era ya muerto, se fue Asturias, llevándose consigo a su hermana, para unirse con los pocos cristianos que habían quedado, y hacer con ellos cara al enemigo. No es muy de extrañar que se retirase a esta parte de la Cantabria, o porque era la que le «ofrecía mayor seguridad», como del conde Fernán González hemos visto, o porque «era la única que les había quedado a los duques en los tiempos que reinaron los Godos», como lo eran Witiza, y don Rodrigo, en quien acabó su dominio.

De lo dicho podemos corregir sin violencia, que la mayor nobleza de nuestra España buscó en esta Montaña su refugio; pues era muy regular, que las personas más calificadas acompañaran a tan insignes varones, y de tan elevadas prendas, como lo eran don Pelayo, y el conde Fernán González, aquel fue tan excelente, que mereció ser aclamado rey por toda la nobleza; y este era heredero del Condado de Castilla, que valía tanto como ser rey; pues en Escrituras antiguas del tiempo del primer conde don Rodrigo Froilaz, se dice así: reinando en Castilla el conde don Rodrigo Froilaz. Del mismo modo debemos discurrir de los santos Prelados que gobernaban las iglesias de España como que allí se retirarían dónde estaban refugiados sus Príncipes; pues, aunque hicieron todo lo posible para no desamparar sus iglesias; se vieron precisados algunos de ellos a dejarlas, por no poder sufrir la pesadumbre del yugo Mahometano.

Cuando no estaban rendidos enteramente los Cristianos, se vieron obligados los Moros a hacer con ellos paces, con Capitulaciones no poco ventajosas al Cristianismo, como sucedió en tiempo de Theodomiro, capitán general de los reyes de Egica y Ubiriza, que peleando con el Moro Abdelariz, obligó este a capitular con pactos, y condiciones favorables a la Cristiandad; lo que fue aprobado en Damasco por el Califa Uvalir[3]. Una de las condiciones fue, que los cristianos pudiesen tener sus iglesias, y Haciendas, contribuyendo solamente del mismo modo que hasta entonces habían contribuido a los Godos; por lo que permanecieron los católicos en sus patrias. En otras ocasiones fueron las capitulaciones muy gravosas para los nuestros, a quienes obligaron a dar por cada Iglesia veinticinco pesantes de plata, por cada Monasterio cincuenta, por cada Obispado cien; y así de otras prelacías[4], según el valor de la dignidad, importando cada pesante tres sueldos y cuatro dineros barceloneses, que hacen dos reales de vellón Castellanos.

A esto, y otras cosas más pesadas se obligaban los pobres cristianos, por no desamparar sus iglesias, y con ellas su dulce amada patria. Pero la opresión de tan pesado yugo hizo a los más desamparar lo que tanto amaban, particularmente a la gente Noble, que se hace sufrir menos la sujeción, ¿y a dónde habían de ir, sino donde pudieran encontrar alivio de sus penas, que era el País en que se hallaban sus Príncipes, y Señores naturales? eso creo yo que te quisieron darnos a entender varios Sepulcros, que se hallaron alrededor de la ermita de San Marcos, cuando se abrieron las zanjas para poner los cimientos del nuevo templo, en que hoy es venerada la imagen Sagrada Bien Aparecida; esto es, que se retiraron allí muchos Cristianos nobilísimos, y Prelados Santos, y acabando la carrera de su vida, fueron enterrados en aquellos magníficos sepulcros, como correspondía a la calidad de sus personas.

Lo mismo que se ha dicho de los Cristianos en tiempo de los Moros, debemos asegurar en el de los Godos; pues sin duda fueron a buscar su refugio a Marrón, y a los demás lugares comarcanos, cuando de estos eran perseguidos; por cuya causa en el año de quinientos dieciséis, dice el Hispalense, —que estaban muchas iglesias de España sin Obispos—, y no parece que había cesado la persecución en el de quinientos veintisiete, pues en él nos dice Marco Máximo, que especialmente en la Carpetana, y Celtiberia fue cruel la borrasca que padecieron. Los que quieran dar a estos autores menos crédito, “y merece muy poco) deben por ahora creerlos; porque en estos años reinaba en España Amalarico[5], Hereje Arriano, tan enemigo de los católicos, que no perdonó a su misma esposa. Comenzó a reinar en el año de quinientos diez, por muerte de su hermano Geselaico; casó con Crotilda, hija del rey Clodoveo de Francia, que trajo en dote los estados de Tolosa; y por ser católica trató tan mal a la Reina, que se vieron precisados sus hermanos a venir con el rey Childiverto[6] de Francia a Barcelona, donde mataron a Amalarico en el año quinientos treinta y uno. No debemos dudar, que un rey tan enemigo de católicos, los maltrataría en gran manera, y que amedrentados estos, procurarían asegurarse de sus tiranías, dejando Patria, y haciendas, y que buscarían su asilo en las montañas bajas, como lo practicaron en otras ocasiones que fueron perseguidos por los Moros, por haber estado esta tierra libre, y exenta de tirano dominio.

Con mucha razón podremos llamar Santa a esta tierra, pues tantos santos Prelados han estampado en ellas sus plantas, y con no menor fundamento podremos decir, que María Santísima halló en ella para su descanso habitación a medida de su deseo. Las palabras del Eclesiástico al capítulo veinticuatro que se interpretan comúnmente de la Reina del Cielo, dicen: que esta Señora todo lo registró, buscando una tierra que la agradase, para vivir en ella; que le pareció mejor la que era heredada de Dios, y que el Señor, deseando complacerla, se la dio, logrando así esta Reina establecer su casa en un pueblo de gente muy honrada, y llena de Santos, que es la que buscaba, y apetecía para su morada. A esta parece la que halló María Santísima en Marrón; pues allí ha vivido la gente más lúcida de España. Allí se retiraron los Santos, y esta es la que, como heredad, y patrimonio de Dios, ha guardado su fe sin intermisión; por lo que ha querido tener allí su casa, y establecer en aquella heredad su morada, como ahora veremos. 

[1] Fernán González «c. 910 – 970» es la figura central de la épica castellana. Históricamente, fue el primer Conde soberano de Castilla, logrando unificar diversos condados dispersos y obteniendo una autonomía de facto del Reino de León. Siendo niño, fue sustraído de su entorno noble y criado en la oscuridad de las montañas del norte en el Castillo de San Mateo, en las alturas de Bosquemado.

[2] Don Alonso el Tercero. Este Rey une la resistencia cántabro-astur contra el Islam con la posterior independencia de Castilla bajo Fernán González. Este rey representa el triunfo de la Cristiandad sobre el Califato, consolidando el territorio donde siglos después se darían los milagros de la Bien Aparecida.

[3] En realidad, se refiere a Abderramán, Califa de Córdoba en este punto del texto para escenificar la inmensa amenaza militar y el poder político al que se enfrentaban los reinos cristianos de España. frente a frente el imponente poder de los Califas cordobeses contra la inquebrantable fe hidalga de las tierras de Marrón y de los gremios locales que siglos más tarde erigirían la Bien Aparecida. 

[4] Una prelacía «o prelatura» se refiere a la dignidad, jurisdicción o territorio gobernado por un prelado «un obispo, un abad o un superior religioso». Derechos que tenían ciertos monasterios o iglesias sobre las tierras y los habitantes de la zona. Cantabria era una tierra de «behetrías» y «prelacías», donde el poder estaba dividido entre los señores nobles y los abades de grandes monasterios.

[5] Amalarico uno de los últimos reyes de la dinastía de los Baltos: el joven monarca visigodo que reinó a principios del siglo VI «511–531». Es el puente entre el mundo romano de Escipión y el amanecer de la monarquía hispanovisigoda que tanto defendía el Padre Sota. Cantabria y la zona de la Bien Aparecida estuvieron bajo la jurisdicción de los reyes godos más antiguos.

[6] El Padre Joseph de León utiliza a personajes como el Rey Childiverto para demostrar que la cristiandad en la zona de la Bien Aparecida no empezó en 1605 con la aparición, ni siquiera con Fernán González en el siglo X, sino que se remonta a la época de los bárbaros convertidos.

 

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