HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPITULO III
De la excelente disposición con que la provincia de Cantabria se ha preparado para recibir favores de la Madre Santísima.
Los singulares beneficios con que la Madre del Todopoderoso ha engrandecido nuestra felicísima España, nos han hecho discurrir sobre los motivos, o razones de alguna congruencia, que inclinaron la piedad de esta celestial Reina a declararse tan fina protectora, las que hemos reducido a la antigua fe de los españoles, vigilancia, y celo con que la han defendido, y dilatado, y a los obsequios con que han venerado a esta Princesa; y habiendo de ver en la brevedad de esta historia a la valerosa provincia de Cantabria especialmente favorecida por medio de la Sagrada Imagen Bien Aparecida, parece conveniente, que también registremos los motivos, o modos con que se ha preparado para tanta dicha; los que reduciremos a la fe, a la vigilancia, y al celo.
En cuanto a la antigüedad de la fe, todos nuestros autores concuerdan en que la provincia de España, «desde los años mil setecientos noventa y ocho de la creación del mundo», en que fue fundada por Tubal[1] gozó la luz preciosa de esta divina antorcha, y que hasta ahora jamás se le ha apagado; a quienes nos es preciso seguir, porque parecería temeridad oponernos a tantos, y tan clásicos autores, no obstante que para ello halla el discurso bastante embarazos.
En primer lugar, si vamos a registrar los fundamentos en que puedan afianzar su parecer; hallaremos, que son «por la mayor parte» inscripciones, divisas, y otras semejantes señales, que se encontraron antes de la predicación apostólica, y nacimiento del Redentor; y aunque queramos suponer la verdad de todos estos antecedentes, son leve fundamento para establecer fe desde el principio, para lo que era forzoso averiguar que hubo desde aquel tiempo estas señales; y nada de esto prueban.
Y si nos quieren decir, que sí existían antes de nacer Cristo, vendrían desde la primitiva fundación, es discurso de poca solidez; pues las alteraciones padecidas en España por el espacio de dos mil ciento sesenta y tres años, que corrieron desde que la fundó Tubal hasta el nacimiento del Señor, fueron innumerables.
En el espacio de este tiempo, fuera de otras muchas, que dejamos en silencio, por menos notables, padeció España aquella gran mudanza, ocasionada de la sequedad de veintisiete años, como quieren algunos, la que desterró a nuestros españoles de su amada Patria, haciéndolos peregrinos por diversas provincias, de la Grecia, Asia, África, Franconia, e Italia, hasta que al cabo de ellos, compadecido el Cielo, volvió a regar la tierra, a donde volvieron mezclados con los Celtas, de que los resultó el nombre de Celtíberos, por llamarse antes Íberos.
No mucho después entraron a lograr de su fertilidad, y riqueza, los Rodios, Griegos, Fenicios, Cartagineses, Romanos, y otros; y de todos estos recibieron nuestros antepasados divisas, ritos, costumbres, y otras cosas, como de los Rodios las Tahonas[2], de los Griegos los Jutos, de los Frigios las redes, de los Fenicios la magia, de los Caldeos el espejo, de los Alemanes el penacho, y escudos de las armas, de los Cartagineses los contratos, de los Romanos los timbres en las armas, y de todos otras muchas cosas, que sería prolijo referirlas, ¿pues por qué no podremos decir, que estos introdujeron las señales de que tratan nuestros escritores, y por consiguiente, que no vienen tan de antiguo como su fundación? lo que era preciso para establecer la fe desde el principio.
Añádase a lo dicho, que Tubal no siguió otra ley que la natural, ni los que le acompañaron parece que hay razón para persuadirnos que profesasen otra; en cuyo supuesto, se hace muy poco verosímil el establecimiento, pues no alcanzamos quien pueda ser el introductor.
Más ya que demos por supuesto, que Tubal, o alguno de sus compañeros tuvieron fe, no por eso podemos confesar que haya permanecido hasta ahora, siendo tantos, y tan fuertes los huracanes de idólatras Naciones, a cuyos soplos pudiera haberse extinguido. Sabemos por las historias, que en el año de mil setecientos cincuenta y nueve antes de la Encarnación del Divino Verbo fue muerto en los campos de Tarifa «Gerión[3], rey de España», vencido por Osiris, Egipcio, y que este introdujo la idolatría, que duró hasta la predicación Evangélica. Los que sucedieron a Osiris en el Reino extendieron más esta peste; pues ser Hércules, su hijo, fue adorado por Dios.
Los Cartagineses, y Romanos ofrecieron a los Demonios sus inciensos, como lo testifican los muchos templos, que permanecen hoy, que antiguamente fueron dedicados a los ídolos, y de otros muchos; de cuya destrucción nos informan a cada paso los Historiadores. Estas y otras razones que se omiten, hacen casi inverosímil la permanencia de la Fe; pues no parece posible que haya podido pasar por tan intrincados caminos.
Claro está que así sería; pues dice Simón Mayolo, que les fue dada por el Cielo; y que es una de las mayores, o la mayor Gloria de nuestra España, haber usado de ella, por lo que no debe hacernos mucha dificultad lo que añade Argaiz, que los cántabros se salvaban desde sus principios.
Ni deben acobardarnos las dificultades propuestas; aunque es verdad que otras provincias de España, antes, y después de la venida de Cristo, se han sujetado a la barbaridad de extranjeras naciones, nunca esta providencia las rindió vasallaje, fue exceptuada de la desolación ocasionada por la grande sequedad, porque el benigno temple de que goza, no dio lugar a que la desamparasen del todo sus moradores; no la dominó Osiris, Introductor de la idolatría, pues entró por Andalucía, y habiendo quitado la vida en Tarifa a Gerión, se volvió sin pasar adelante; ni tampoco los Romanos pudieron acabar de rendirla, a lo menos hasta los tiempos inmediatos al nacimiento del Hijo de Dios, y así no hubo dificultad en que pasase su fe hasta aquellos tiempos; y esto mismo confirma más, que usaron desde la primitiva fundación de la Santa Cruz; porque si entonces hubieran tenido otra señal, hubiera durado hasta la venida del Señor, no habiendo motivo, como en otras provincias, para alterar, o mudar sus ritos, ceremonias, y divisas.
Sobre el modo con que se introdujo la Cruz, y por consiguiente la fe en aquellos primitivos tiempos, o quién fue el que la trajo, siendo así que Tubal, «Fundador de nuestra España», no conoció otra ley que la natural, todo cuanto se pretenda decir, será querer adivinar. «Afirma el Maestro Argaiz»[4], que vino en compañía de Tubal la Sibila Eritrea[5], la que «como consta del sexto libro de sus profecías» profetizó que Cristo había de morir en una Cruz, y que parando en el nacimiento del río Ebro, fundó dual la Villa de Reinosa, donde Eritrea predicó la muerte de Cruz a aquellos cántabros, sus compañeros, con quienes fue después esparciendo esta sagrada semilla por otras partes de España que se iban poblando, que murió después en Reinosa esta Sibila «aunque no falta quien diga, que está enterrada cerca de la villa de Castro Urdiales».
Si es verdad todo lo que este autor refiere, no solo hallamos que la Cantabria fue ilustrada con la fe desde sus principios, sino que otras provincias lograron igualmente este beneficio por medio de los cántabros, que fueron entre todos los primeros, así como lo fueron en usar de la señal de nuestra Redención, excelencia, que ningún escritor, aun de los más extraños, se ha atrevido a negarles.
Pero sea, o no verdad lo que dice Argaiz, lo cierto es, que, o hemos de contradecir a los muchos autores, que aseguran que desde que se fundó España hasta ahora, no ha faltado en ella la fe, o hemos de conceder esta gloria a la Cantabria; pues no hay fundamento mayor para concederse la a otras provincias; antes, como hemos visto, hay muchas dificultades, de todas las cuales estuvo libre, y desembarazada, a lo menos hasta los tiempos del Redentor, o pocos años antes, y lo mismo podemos también decir desde aquel tiempo hasta la hora presente; porque ninguna se ha visto más exenta de extranjeras Naciones que pudieran inficionarla con sus idolatrías.
Con razón, pues, los escritores cuando hablan de la antigua fe de los españoles, o recurren únicamente a la Cantabria para hallarla, o si pretenden dar a otras provincias esta gloria, se abstienen de quitársela a aquella. Sería demasiada prolijidad hacer mención de todos; y así nos contentaremos con traer a la memoria dos solamente. Sea el primero le ha citado Simón Mayolo[6], que dice que los españoles tienen insignias enviadas del Cielo, esto es, la Cruz de Cristo, para mayor grandeza de ellos; y que esta misma tenían antes del Nacimiento, como se puede mostrar por monumentos antiguos; que cuando Augusto César sujetó a los cántabros, tomó las insignias de estos, y las llevaban en sus banderas como escudos, y en todo lo que era señal de guerra; que los cántabros las llamaban cántabras o banderas de trabajos, y que eran una Cruz.
Sea el segundo el padre Cortés Osorio. Este quiere dar la gloria al Reino de Navarra, desde antes del nacimiento del Redentor conocía al verdadero Dios, y lo confirma con decir, que cuando allí predicó San Saturnino, y convirtió cuarenta mil almas, no les mandó que mudasen el nombre del Dios que habían adorado; lo que no hubiera hecho si hubiera sido el verdadero, a quien habían tributado sus cultos, pero de tal modo quiere para Navarra esta excelencia, que no se la quita a la Cantabria; de suerte, que, como se ha dicho, o recurren los escritores para establecer la antigüedad de la fe a sola la Cantabria, o si dan a otra Provincia esta grandeza no se atreven a negársela a aquellas; y con mucha razón, porque ninguna ha tenido menos riesgos en conservarla, ni mayores motivos para tenerla.
Todas las provincias de España estuvieron sujetas al Imperio Romano muchos años, «pues comenzaron a dominar en ella doscientos cuarenta años antes del nacimiento de Cristo»; y aunque no las rindieron a todas prontamente, por la mucha resistencia que encontraron; nos dicen los autores, que doscientos trece años antes del Redentor todas eran ya de Romanos; porque habiendo venido por este tiempo Publio Cornelio Escipión, hijo de Escipión[7] el mayor, ganó por fuerza de armas a Cartagena, prendió a Magón, y a otros quince Senadores Cartagineses; obtuvo muchas victorias en Andalucía, y llegando hasta los márgenes del Ebro, todo quedó a devoción de los Romanos, pero la valerosa Provincia de Cantabria, o nunca los reconocido por dueños, o tardo más de cien años en admitirlos pues ninguno la confiesa rendida hasta el año veintitrés antes del nacimiento de Cristo. Y viniendo Augusto César a sujetarla, tardó más de tres años en rendirla; y no falta quien diga, que hasta el año de diez no hicieron con los Romanos las paces con los cántabros, que son trece años después.
Al maestro Argaiz le parece, que ni en este, ni en otro tiempo se sujetaron a los Romanos los cántabros, fundándose en unas palabras de Suetonio, que dicen, que el César apaciguó a la Cantabria, no con las armas sino con su buen modo, e ingenio, el que dice mostró casando a Lupo, duque de los cántabros con una hija del Maestre Agripa, Yerno del César, y lo confirma con la autoridad de Auberto, que a Lucio Lupo como hijo y sucesor del duque Lupo, hace hermano de Agripano, nombre jamás oído en la Cantabria, y usado entre los Romanos, y añade que el año dieciocho de Cristo fue muerto Agripano por su hermano Lupo. Aunque este fundamento no sea suficiente para movernos a creer lo que dice Argaiz, podemos añadir otros, que hagan muy verosímil su dicho.
Dice Lecilio[8], que en la guerra de los cántabros tenían por cosa tan infame el rendirse, que por no verse sujetos a extraño dueño se mataban, ya con sus propias armas, ya arrojándose a los pozos, y ya bebiendo el zumo, y comiendo las hojas el Tejo[9]. Ambrosio de Morales afirma, que cuando los Romanos hacían prisionero algún Cántabro, le atormentaban cruelmente a presencia de los otros, para desanimarlos pero que con esto se alentaban más; porque en medio de los tormentos cantaba, como despreciándolos, y se les frustraba su intento a los Romanos. Pues si los cántabros más querían la muerte, que la servidumbre, y el padecer les era tan sabroso, bien podemos conjeturar, que no bajarían al yugo la cabeza; y si tan presto vuelven con los Romanos a batalla, que viviendo aún Octaviano «no murió hasta el año quince» se revelan, como veremos presto, ¿qué sujeción pudo ser la que entonces tuvieron? y no teniéndola en tiempos Octaviano, mucho menor la tendrían después, cuando los sucesores en el Imperio nada adelantaron en España, ni hicieron otra cosa que conservar lo que el César había conquistado.
Bien se deja ver la poca sujeción que tuvo la Cantabria al Imperio Romano en lo sucesivo, por la persecución del cruel Nerón. Este tirano “que imperó desde el año de cincuenta y seis hasta el de setenta) viendo que con la predicación de los apóstoles San Pedro, y San Pablo crecían los católicos, por general Edicto comenzó a perseguirlos; y habiendo sido muchos los que en España padecieron martirio, raro, o ninguno de la Cantabria experimentó este tormento; antes nos dice a Auberto, que en el año de sesenta y cinco, a Audilo, duque de los cántabros movió guerra a los romanos, y que en el de sesenta y seis fue muerto, sin que por eso ganaran sus contrarios la victoria; señal de que no estaban por aquel tiempo sujetos al imperio, ni conocían otro Señor que al natural; poca dificultad podrá haber entre creer lo que este autor afirma, pues el padre Juan de Mariana asegura, como cosa cierta, que los cántabros, vuelto Octaviano a Roma, tomaron las armas contra los romanos, y fue preciso que agripa, yerno del César, viniese a sujetarlos desde Francia; pero pelearon los cántabros con tal valentía, que Agripa sacó la peor parte, quedó avergonzado, y corrido, y quitó el título de Augusto a uno de sus regimientos, como por parecerle que no habían mostrado el valor que debían. Fue tal en esta ocasión el furor de los cántabros, y tal la enemistad que tenían contra Roma, que se mataban unos a otros, por no quedar en poder de los Romanos; y mozo hubo, que por esto solo, de orden de su padre mató a su padre, a su madre, y a sus hermanos. Si algunos caían en manos de los Romanos, y éstos los condenaban a morir, ellos se holgaban, y alegres, y cantando iban a la horca, teniéndolo a mucha honra, tanto aprecio hacían de su libertad.
También después de muerto el César en tiempo de su sucesor Tiberio se levantaron otra vez, y fue necesario poner guarniciones para contenerlos, con este motivo tenían cerca a los Romanos como trataban con ellos, y con la comunicación, y trato se fueron ablandando, y perdieron su natural fiereza. Todo esto nos dice el referido autor; y claro está que cántabros no se suavizarían en pocos días sino con la comunicación de muchos años, y así no es de extrañar, que en el de sesenta y cinco tomaran las armas, ni que mucho más adelante durarán las hostilidades contra Roma. —Gloria grande de esta valerosa Nación— pues cuando el Apóstol san Pablo dilataba por España la fe con su predicación —que fue en el mismo año de sesenta y cinco, según parece a muchos— ellos la defendían con las armas. De este modo podríamos discurrir siguiendo la serie de los Emperadores Romanos, si nos lo permitiera la brevedad que pretendemos; aunque sea precisa alguna detención con el Emperador Constantino, porque muchos sucesos de su tiempo son luces, que nos descubren bien el asunto.
El católico Constantino, después de haber entrado por la puerta de la iglesia el año de trescientos catorce, como quieren unos, o el de trescientos dieciséis, como parece a otros, favoreció tanto los Cristianos, que no solo les permitió el culto público del verdadero Dios; sino que él mismo le dedicó muchos templos, que servían a los ídolos, y edificó otros muy suntuosos de nuevo, haciendo que la Cruz, tenida por ignominiosa hasta entonces, como fuera públicamente venerada, y esculpida en la mano derecha de las imágenes, que mandó fabricar, hasta este tiempo rara iglesia tuvieron los cristianos; porque recelosos, y fugitivos de tantos «Tiranos Emperadores», que los perseguían; ni podían tener templo permanente, ni tampoco se atrevían a ofrecer sacrificios en público, usando solamente de Capillas, Oratorios, o Altares portátiles.
De todos estos temores, y recelos se libró la Cantabria, que cerca de doscientos años antes volvió a adorar públicamente la Cruz de sus antepasados; pues no falta quien diga que su duque Kalio, que sucedió a su abuelo Cenón el —año de ciento treinta y nueve—, mandó que, en los escudos, como al blasón de los Lobos se juntase la Cruz, que adoraban antiguamente sus ascendientes. Si así fue, es una eficaz prueba de la poca sujeción que tenían al Imperio Romano; porque no se hubieran atrevido a usar tan públicamente de la Cruz, aborrecida de tan sacrílegos tiranos, si en ellos reconocieran dominio.
No negamos que ocuparon alguna parte de Cantabria los Romanos, pero no confesamos que se les sujetó enteramente; ni a los Godos. Leobigildo penetró toda la provincia de Álava, y Rioja año quinientos setenta y dos; Recesvinto llegó hasta San Sebastián del Pasaje, y con más facilidad pudo tomar parte de Cantabria; más no creemos que hicieron ir dependientes a sus duques, porque ni los hallamos en concurrencia con grandes de gente Goda; ni en tantos Concilios como se celebraron en su tiempo suscribieron los obispos de Cantabria, y no por no haberlos; pues no es creíble que toda la provincia careciese tantos años de pastor, para apacentar aquel rebaño de Jesucristo.
Con que solo podemos decir «como discurre Argaiz» que dejarían el dominio de los duques reducido a las Encartaciones, Trasmiera, y Asturias de Santillana. A este modo decimos que, aunque los Romanos ganaron a los duques mucha tierra, no los desposeyeron del dominio enteramente; pues, como dice el mismo Autor, en todo tiempo lo que llaman Montaña de Peñas Abajo, lo hayamos libre.
Los varios sucesos de la guerra hacían que los cántabros unas veces ganasen lo que poseían los Romanos, y otras veces perdiesen sus propias tierras; y esto ha hecho que se engañen algunos Autores, ya dando a la Cantabria más extensión de aquella que tenía en sus principios, ya menos, y ya creyéndola sujeta enteramente al Imperio Romano.
Cuando los cántabros ganaban a los Romanos algunas tierras las agregaban a la provincia inmediata, que poseían, con que tomaba el nombre de Cantabria, por la adherencia, y sujeción a su dominio; pero ni lo que adquiría nombre de Cantabria debe tenerse por la antigua; ni lo que de esta les ganaban debe privarse de la gloria como que le correspondía antes de entrar en el dominio de los Romanos, así como no debemos decir, que todo lo que ahora llamamos Extremadura sea la primitiva, porque se haya quedado con este nombre; ni que la «Tierra de Castilla la Vieja» como le corresponde a las márgenes del Duero, no sea de la Extremadura primitiva, porque no tenga ya nombre de tal; pues sabemos, que fue parte de la Extremadura primitiva, llamada así por estar a los extremos del Duero; por lo que deben hacer poca fuerza los Autores, que para señalar a la primitiva Cantabria sus términos, se valen de los nombres de los lugares.
Andan tan divididos los escritores que tratan de esta materia en señalar términos a la Cantabria primitiva, que nada me atrevía a decir por temor a errar, y solo me contentaba con referir lo que otros discurren, sin creer a ninguno, en la forma siguiente. Para demarcar esta provincia recurren comúnmente les Geógrafos, y Escritores al nacimiento del río Ebro; desde allí tiran dos líneas, una que caminando algo al occidente vuelve luego al Septentrión hasta llegar al mar, y convienen muchos en que lo comprendido en esta línea hasta los Pirineos, o cerca de ellos, que son todas las Asturias de Santillana, hasta lo último de Vizcaya, pertenece a la Cantabria primitiva. En esto hallaba dificultad no poca, porque los antiguos, a quienes se debe más crédito, conocieron entre la Cantabria, y los Pirineos varios pueblos, y Naciones, y mal podría haberlas si todo era una Provincia. Otros, con el doctor Peralta, excluyen enteramente a Vizcaya por libertarse de la dificultad propuesta; pero me parecía que de esta suerte dejaban a los cántabros poca tierra, y así no me determinaba a resolver en esta parte.
La otra línea es hacia el mediodía, hasta igualar con Burgos, y en esto es mucha la variedad; porque si ha de contarse por Cantabria todo lo comprendido en ella, además de las Montañas de Burgos, le tocan las Provincias de Álava, Rioja, y Guipúzcoa, y esto parece a muchos demasiado; pero no obstante como me inclinaba a creer, que a lo menos alguna parte de estas provincias fue de la Cantabria, por no parecerme que de otra suerte pudieran los cántabros haber resistido tantos años a los Romanos, y particularmente si quedaba excluida Vizcaya; porque en tal caso quedaban para resistir muy pocos, si no los esforzaba a la virtud maravillosa de la Santa Cruz, y también porque, a lo menos, desde el tiempo del César perdieron los cántabros mucha tierra; y con todo eso, cuando se volvió a Roma dejó fortificadas contra ellos a Calahorra, Segeda, y Clunia, que serían ganadas a los cántabros.
Otros quieren que por la parte occidental se extienda esta provincia por la Tierra de Campos, y Asturias de Oviedo, hasta llegar a lo último de Galicia; pero estos caminan, a mi parecer, lejos de la verdad; porque se desvían mucho del origen del Ebro, a donde han ido a parar lo que más se han empeñado en hallarla.
Por eso no creo en esta parte al maestro Gándara, que, para hacer de la iglesia de Galicia a San Honorato[10], tercer arzobispo de Toledo, extiende hasta allá la Cantabria, por haber sido el Santo «como él mismo confiesa» Cántabro, natural de la villa de Santillana. Ni para eso hace al caso que los duques tuviesen su asiento en Santander, y Laredo, como dice; porque aunque demos por sentado que así fuese, pudo ser la causa el estar ya desposeídos de aquella parte de sus Estados, en que habían tenido su corte, se puede creer con muy justa razón, especialmente en el tiempo de los Godos, que, como hemos dicho penetraron hasta San Sebastián del Pasaje, y con menos trabajo pudieron apoderarse de la Cantabria, por la parte Meridional, que está más expuesta, y cuando no estuvieran desposeídos de aquella tierra como pudieron haberse retirado a Laredo, y Santander, por ser esta la que les ofrecía mayor seguridad; pues como se ha dicho como ni Romanos, ni Godos hicieron en estas partes su asiento. Pero sea la causa la que fuese, importa poco, o nada para el asunto.
Así discurría yo cuando escribí esta Historia, sin acabar determinarme, más luego que leí la Disertación, que años después publicó e «Ilustrísimo Florez», sobre la situación, y límites de la primitiva Cantabria, me resolví a creer, que los límites de la referida Provincia son los mismos que señala dicho Florez y mucho más me incliné a creerlo después que vi un discreto papel, escrito por sujeto de conocida literatura, y sin nota de parcialidad, en confirmación de lo mismo; en cuya virtud digo, que los límites son los que acabo de decir; y de consiguiente, que la primitiva Cantabria se extendía por la costa del océano, desde Vizcaya hasta las Asturias de Oviedo, confiando con aquella por Oriente y con estas por el Occidente, y al mediodía con la Tierra de Campos, Rioja, etcétera.
Son tantos los escritores, así naturales como extranjeros, que incluyen a Vizcaya en la provincia de Cantabria, que casi pareciera temeridad afirmar lo contrario; y solo averiguando el punto de propósito, y pudiendo alegar razones muy sólidas, se hace disculpable.
Así sucedió al P. M. Flores, siguió la opinión de los que incluyen a Vizcaya, hasta que trató la materia radicalmente, y entonces en fuerza de los motivos que halló, hecho por otra parte, sin que nadie pueda tenerle por temerario. Lo mismo me sucedió a mí, escribí antes, sin tratar radicalmente el punto, e incluí alguna vez a Vizcaya con los muchos; pero ahora dejo aquel camino, y me voy con los pocos, porque los votos no se han de estimar por el número como si no por el peso.
Sea este pequeño rincón en la Cantabria tan celebrada, la que causó a Roma sustos, a sus Capitanes desvelos, a sus ejércitos fatigas, la que desacomodó al César, obligándole a dejar su reposo para subyugarla, hasta perder la salud y postrarle la enfermedad; y, sobre todo, la que siempre ha conservado la antorcha de la Fe.
Pudiera correr la pluma mucho más sobre este punto, aunque para confirmación de lo que llevo dicho, no puedo omitir las consideraciones siguientes: Primera que los reyes que han dado a España los duques de Cantabria son los que en defensa de la fe han mostrado más celo. El primer duque que la dio reyes fue Favila[11], de éste fue «hijo don Pelayo», que, aclamado por rey en Asturias en el año de setecientos dieciocho, comenzó a desterrar el mahometismo. El segundo duque fue don Pedro, padre de don Alonso el Primero, quien ganó a los moros treinta y cuatro batallas campales, ostentando en tal grado su religioso celo, que mereció el renombre de católico, no sólo para sí, sino para todos los reyes de España.
La segunda cosa digna de no menor consideración es, que hasta que los duques de Cantabria dieron a España reyes, no se lee que la cruz favoreciese visiblemente a los españoles, y desde entonces se dejó ver en el cielo para su socorro. Una vez se apareció la cruz a don Pelayo, en cuya memoria trajo siempre consigo este Príncipe una Cruz de plata sobre campo azul. Otra vez se apareció a Obechio[12], Capitán de don Alonso el primero, era —setecientos setenta y dos—, en la misma Cantabria, donde para perpetua memoria hizo fundar este capitán un Hospital, que hoy es Convento de Religiosos Franciscanos, que llaman de nuestra Señora del Soto; consta por una lápida que hay en este convento.
Vea, pues, la prudencia del lector cuánta razón hay para afirmar, esta provincia desde su primitiva fundación recibió la fe; pues desde entonces adoró la Sagrada Cruz del Redentor; que jamás en la ha desamparado pues siempre el cielo la ha conservado libre de idolatras Naciones; y la ha defendido, y dilatado con valeroso celo; pues a sus príncipes deben nuestra España la libertad, y pureza que goza. Por eso los reyes españoles la han enriquecido de privilegios, y adornado de singularísimas gracias, a imitación del Cielo, que, señalándola entre todas con la Cruz, la ha franqueado uno de los más especiales favores.
Así como esta provincia ha sido la que más se ha señalado en la fe, adorando la Cruz de nuestro Redentor, ha procurado también ser distinguida en obsequiar, y reverenciar a María Santísima, no contentándose con enviar a Jerusalén sus legados, que esto fue común a otras provincias, y ciudades, como queda dicho; sino yendo sus Naturales en devota peregrinación a verla, y venerarla. El padre Sota[13] dice; que el mismo duque, que se llamaba Lupo, hizo el viaje con este intento; y no es muy de extrañar que con tantas luces como tenía del cielo, y en atención a lo mucho que habría favorecido el Altísimo de los suyos, se determinase a ir el mismo Príncipe, porque a tan especiales beneficios, no correspondían menores muestras de agradecimiento.
[1] Tubal, personaje bíblico nieto de Noé e hijo de Jafet, fue considerado durante siglos el fundador y primer rey de España. Sin embargo, historiadores críticos como el Padre Enrique Flórez desmintieron esta leyenda, demostrando que era una construcción literaria sin pruebas arqueológicas ni documentales, sustituyendo el mito por la historia real.Para él, la historia de España empezaba con pruebas tangibles: las monedas romanas, las actas de los concilios visigodos y documentos como el Códice de Albelda. El primer Rey de la España Unificada: Carlos I. Si entendemos España como la unión de todas las coronas «Castilla, Aragón, Navarra, etc. «bajo una sola persona: Carlos I de España y V de Alemania» fue el primero en ostentar el título de rey de todos esos territorios de forma efectiva en 1516. Sus abuelos, los Reyes Católicos, sentaron las bases, pero técnicamente cada uno era soberano de su propio Reino «Isabel de Castilla y Fernando de Aragón».
[2] Tahonas es otro ejemplo de cómo el Fiscal López Madera intentaba convertir palabras cotidianas o topónimos en monumentos de una historia falsa. El Padre Flórez, al devolverle a la palabra su origen real, ayudó a separar la filología de la fantasía. Origen Real: Explicó que la palabra tahona es de origen árabe «ṭaḥun, que significa molino de harina».
[3] Gerión, llegamos al antagonista principal del mito de Tubal y al primer «tirano» de la historia legendaria de España. En el complejo sistema del Fiscal López Madera, Gerión representaba el desafío que los primeros españoles tuvieron que superar. Gerión aporta el elemento telúrico. Es la fuerza de la tierra, la piedra del Castillo de San Mateo y la profundidad de la Hoz. El Padre Joseph de León usa este nombre para que el lector del siglo XVIII sienta un respeto casi sagrado por la antigüedad del suelo que pisa cuando sube al santuario.
[4] Fray Gregorio de Argaiz fue el historiador barroco que tomó los textos de Flavio Dextro y las teorías jurídicas de Gregorio López Madera para darles una forma narrativa definitiva. Toda la información que has leído en las páginas previas sobre el rey Mauregato, el Tributo de las Cien Doncellas y la intervención providencial del rey don Ramiro proviene de la pluma de Argaiz. Joseph de León se limita a transcribir y citar la autoridad del cronista benedictino en este manuscrito.
[5] La Sibila Eritrea era una de las diez profetisas de la Antigüedad clásica. Se decía que sus versos anunciaban la llegada de un salvador.
[6] Simón Mayolo es un personaje fundamental en el terreno de las curiosidades históricas, los prodigios o la historia natural aplicada a la religión. Toda una autoridad intelectual y científica, ya que Mayolo fue uno de los eruditos más leídos en la Europa de los siglos XVII y XVIII.
[7] El nombre Escipión en el siglo XVIII era sinónimo de «Héroe Máximo». Esto eleva la categoría de Bosquemado a nivel universal. No es solo un lugar de Cantabria; es un escenario donde los personajes más grandes de la historia de la humanidad «desde el Rey Childiverto hasta Escipión» han dejado su huella.
[8] Si Lupo representa la nobleza o el poder militar, Lecilio suele ser identificado en las crónicas antiguas y muy posiblemente en tu manuscrito de 1777 como el compañero, escudero o familiar que compartió el momento del hallazgo o los eventos prodigiosos en el monte de Otero.
[9] El tejo «Taxus baccata» no es solo un árbol; para los cántabros era el instrumento del suicidio ritual antes que la rendición. Para no ser capturados y exhibidos en Roma como esclavos.
[10] San Honorato explica los orígenes del monacato primitivo y defender la sacralidad de las montañas de Cantabria. El cronista benedictino Gregorio de Argaiz, recurría con frecuencia a San Honorato para validar los polémicos textos de Flavio Dextro y las investigaciones de Gregorio López Madera. Argaiz sostenía que los monjes formados bajo la regla de San Honorato y sus sucesores medievales fueron los que conservaron y copiaron los manuscritos que contenían las historias de los reyes Mauregato, don Ramiro y la conquista de Toledo por Alfonso VI. Para el autor, San Honorato representa el guardián de la memoria de la Iglesia.
[11] Favila fue el hijo de Don Pelayo y el segundo rey de Asturias «reinó entre el 737 y el 739». «El sello de la realeza para confirmar que el alto de la Bien Aparecida era, ya en los albores de la Reconquista, un puerto seguro para la fe».
[12] Obechio es una variante ortográfica o una evolución fonética de Eubecio u Oveco, nombres de raíz visigoda muy comunes en la zona de Cantabria durante la Alta Edad Media. Junto a Lupo y Lecilio, Obechio completa el grupo de los tres «compañeros» o pastores que, según la tradición histórica, protagonizaron el hallazgo de la Virgen en el monte de Otero.
[13] Fray Francisco Sota «siglo XVII» fue un cronista y monje benedictino cántabro, autor de una obra monumental que es la «biblia» de la identidad histórica de la región: «Crónica de los Príncipes de Asturias y Cantabria» «publicada en 1681». La mención a Fray Francisco Sota en este manuscrito es el broche erudito e histórico de Cantabria que termina de cimentar el relato. Francisco Sota aporta el marco legal de hidalguía que encumbra a los linajes locales de las montañas. Fray Francisco Sota «1615-1680» fue un célebre monje benedictino nacido en Puente Arce. Es el autor de una obra de referencia monumental: la «Crónica de los príncipes de Asturias y Cantabria»

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