HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPíTULO II
DE LOS MOTIVOS QUE TUVO MARÍA SANTÍSIMA PARA mostrar su particular inclinación a los españoles
Como hemos visto a la emperatriz de los cielos especialmente inclinada a la protección de los españoles, nos es preciso decir algo de las particulares disposiciones que pudo haber en ellos para llevar la atención de esta Señora; pues aunque no necesitaba más motivo que la voluntad de su querido hijo, con la que siempre se conformaba; sin duda que el señor hallaba bien dispuestos; por su infinita bondad, y clemencia, los corazones, para haber de mostrárseles tan propicio.
El angélico doctor pregunta, ¿Cómo el señor que vino a predicar personalmente a solos de su Pueblo, bajó en persona a «Cafarnaúm en busca del gentil Centurión»? y responde el Santo, que la disposición de este buen hombre fue motivo para ser exceptuado de la ley; que la fe del Centurión excedía a la de todos los creyentes de Israel, y esta disposición tan admirable le hizo ser entre los demás, privilegiado. A este modo, pues, debemos creer, que el clementisimo Dios había puesto en los ánimos de los españoles algunas particulares prendas, que le obligaron en algún modo a usar con ellos de especiales finezas, y llevaron el cuidado de su querida madre; y esto es lo que vamos a averiguar ahora.

Muchos autores concuerdan, en que «el Centurión era natural de España», y que su fe llegó a la persona de Cristo en nombre de toda la gentilidad. ¿Pues quién duda que la fe admirable de un hombre que representaba toda la gentilidad y especialmente a España, por quien con particularidad pedía, pudo inclinar a la misericordia del Señor, y de su Santísima Madre para que derramara sus piedades sobre los de su tierra, habiendo sido la primera provincia, que por medio de éste se rindió a las palabras del Salvador? la sujeción hecha por medio de este noble Centurión, no tanto fue principio de su obediencia, cuánto continuación de la que siglos antes la engrandecía. El P. M. Puente[1] refiere, alegando otros autores, que reinando en Castilla el rey don Fernando el Santo[2] en el año de «mil doscientos cuarenta y tres», un judío de Toledo rompió una peña, para ensanchar cierta heredad, y que por acaso quebró una piedra hueca, en donde estaba un libro escondido; no halló en la piedra hendidura, ni agujero, sino el que él mismo hizo cuando la quebrantó.
Este libro estaba escrito en tres lenguas, hebrea, griega, y latina, dividía el tiempo en tres edades, la primera desde «Adán hasta el diluvio», la segunda desde «Noé hasta Cristo», la tercera desde «Cristo hasta el fin del mundo»; y decía, que en el principio de esta tercera edad había de nacer el hijo de Dios de una Virgen, y padecer por la salud de los hombres, y acaba su relación diciendo, que se hallaría aquel libro en tiempo del rey don Fernando como sucedió. Otro caso bien semejante a éste cuenta San Agustín[3], diciendo, que, en tiempo de Constantino, e Irene se encontró un sepulcro, y dentro de él un hombre, que tenía en el pecho una lámina de oro, y en ella esculpidas estas letras, Cristo nacerá de una Virgen; yo creo en él. «O Sol» en el tiempo de Constantino me verás otra vez. De donde infiere el citado Padre Puente, que «antes de nacer Cristo hubo en España quien esperase su Nacimiento, y Redención».
Otra señal más cierta de que no estaba España tan dormida antes de la predicación evangélica, que no llegara a divisar misterios soberanos, tenemos en la divisa de la Cruz, de que usaron nuestros antiguos españoles. Escribe Simón Mayolo, que los Romanos, ambiciosos de gloria, usurpaban los escudos de nobleza de las provincias que conquistaban con más derramamiento de sangre, y que la divisa de los españoles era la Cruz, que les fue dada por el Cielo, para mayor Gloria de esta provincia; y dice, que se puede hacer patente por monumentos antiguos, que «antes de nacer Cristo la divisa de los españoles era la Cruz».
Poca dificultad podrá haber en creer lo que dice este autor; pues no se puede negar con fundamento, que «en las batallas que tuvieron contra los Romanos los cántabros, llevaban estos la Cruz en sus banderas», y «comenzaron estas guerras doscientos, o más años antes del nacimiento del Redentor». Tampoco puede dudarse, que cuando últimamente fueron vencidos, tomaron los Romanos para ennoblecerse esta divisa. Todo esto sucedió antes del nacimiento del Salvador. Y si los españoles habían recibido ya del Cielo la señal de nuestra redención, sin duda que tenían ya alguna noticia de ella, disposición admirable para ser privilegiados en los favores de Cristo y su Santísima Madre.
A esta disposición acompañó otra no menos eficaz, que fue el amor que tuvieron los nuestros a María Santísima. Luego que murió la majestad de Cristo hacían frecuentes peregrinaciones a Jerusalén, por «ver, y venerar a esta Princesa». Llevaban religiosos ofrendas, que tributaban a aquella Majestad Soberana; y recibiéndolas con singular agrado, les ofrecía su protección, bendecía a los Peregrinos devotos, y los enviaba alegres a su Patria, dice Florez[4]. Todas las ciudades enviaban sus Legados, y lo mismo hicieron los hebreos que había en España en las archisinagogas de Toledo, Zamora, y Maqueda, que nunca quisieron consentir en la muerte del Salvador, conociendo que en todo era inocente, y que condenarle a morir era injusticia, así consta por tres cartas, que se hallaron en el archivo de Santa justa de Toledo, y se tradujeron de las lenguas Arábiga, y hebrea en idioma Latino, y Castellano por orden del emperador don Alonso el Sexto[5]. No nos detendremos a copiarlas, porque se hallan escritas en bastantes autores, en quienes podrá verlas el curioso. Sandoval hace mención de estas cartas, y las copia a la letra el Padre Fray Jacinto Aranaz.
No solo peregrinaron a Jerusalén los que eran enviados por sus ciudades, sino otros muchos, llevados de su devoción, emprendían tan dilatado viaje. Y para que veamos mejor cuán fina sería la devoción que tenían los españoles a María Santísima, es razón no omitir la que con su Santísimo hijo tuvo un español, natural de la ciudad de León que nos cuenta el Maestro Puente por estas palabras.
Entre las casas ilustres que hay en España, y en nuestra Castilla, la casa de los Quiñones[6] de León no es inferior a ninguna, y superior a las más en antigüedad, y nobleza, de ella tiene sangre V.M.C. “Velasco, Mendoza y Carrillo), muchos «grandes Caballeros», que con su virtud, prudencia, y valor militar honran nuestra nación. Tiene grandes trofeos esta ilustrísima familia; pero el que hace a nuestro caso es una antiquísima escritura, en la cual un caballero y Quiñones vende un lugar suyo en tres mil unicias[7], para ir a visitar a Cristo nuestro Señor, que predicaba en Palestina al tiempo que se hizo esta venta, confirmase esta tradición con la que hay en el Reino de León, derivada de padres a hijos. Pudiéramos afianzar esta verdad con otros muchos sucesos, que se omiten por evitar prolijidad, y porque a los incrédulos nada basta, y los dóciles se satisfarán con lo referido, no dudando de la devoción ardentísima que tenían nuestros españoles al Redentor y a la Emperatriz de los Cielos.
Desearán algunos saber, ¿por dónde les vino a nuestros antepasados la noticia de que Cristo, y su Santísima Madre estaban ya en el mundo, para ir a verlos? Y respondió, que los miró el Cielo tan propicio, que no solo por los medios regulares, sino por extraordinarios modos les dio cuenta del nacimiento de María Santísima, de nuestro Redentor, de su Pasión sagrada, y de las circunstancias que le acompañaron. Luego que nació la Soberana Reina, una niña de tres meses, llamada Domilia, natural de la ciudad de Lisboa, desatando milagrosamente la lengua, pronunció estas palabras: María Santísima ha nacido concebida sin pecado original, para ser madre de Cristo Jesús. Al nacer Cristo se vieron sobre España tres soles, como dicen Santo Tomás, San Buenaventura, y confirman gravísimos autores. También en —Montemayor, villa distante de Córdoba cinco leguas—, un niño de ocho días, con voces claras, dijo: «El Salvador del mundo es Jesucristo».
De la muerte de nuestro Redentor al instante vinieron los avisos, juntamente con lo que en aquel tiempo había acaecido, ya por los hebreos de Jerusalén, que tenían correspondencia con los de España, y ya por algunos españoles, que allí estaban empleados por los Romanos, porque a la sazón todo pertenecía al Imperio Romano. Los mismos discípulos del Señor trajeron también las propias noticias, pues, como dijimos en el capítulo pasado, «salieron de Jerusalén quince mil, o más, huyendo de la persecución, y arribaron a España muchos».
No faltan incrédulos que nieguen esta avenida de los discípulos del Señor, y dispersión de los quince mil, o más fieles que queda referida; porque juzgan que los Historiadores, que así lo cuentan, han tomado la noticia de Flavio Dextro[8], a quien tienen por sospechoso, y con razón, pues se encuentran en sus escritos muchas cosas bien apartadas de la verdad, porque algún impostor los ha viciado, más lo cierto es, que ningún embustero miente en todo; antes bien procura hablar entre las mentiras algunas verdades, para que la sombra de la verdad sea crecida la mentira; y así parece que sucede en la ocasión presente. Si consultamos las Escrituras Santas, hallaremos que es muy conforme a ellas lo que dice Dextro.
Consta por los hechos de los Apóstoles, que con el primer sermón que predicó San Pedro, se convirtieron cerca de tres mil almas que, con el segundo, se convirtieron mil hombres, sin contar las mujeres, y niños, que serían más, como sienten Expositores Sagrados, por ser más devotas las mujeres, que después se aumentó una multitud de hombres, y mujeres, que creían, que sobre todo esto crecía el número de los Discípulos, que este se multiplicaba, creciendo la palabra del Señor. Todo esto sucedió en Jerusalén, y todo consta por la Escritura Santa. Considérese ahora con reflexión tanta conversión, tantos aumentos de convertidos, tanta multiplicación de discípulos, y esto después de convertidos cerca de ocho mil, y se verá, como que no es excesivo el número de quince mil, o más; y quien se determine a negarlo no está muy lejos de oponerse a las Divinas Letras.
Por las mismas sabemos que en fuerza de aquella «terrible persecución, que se movió en Jerusalén» contra los fieles, en la que fue martirizados San Esteban[9], todos los discípulos del Señor salieron fugitivos, y dispersos, se derramaron en las provincias de Judea, y Samaria, quedando en Jerusalén solos los Apóstoles, y que después todos los que se hallaban en Judea, y Samaría se encaminaron Fenicia, y a Chipre, a excepción de aquellos discípulos que eran naturales de Judea.
Por aquí se hace muy verosímil que, así como salieron de Judea, y Samaria para pasar a Fenicia, y Chipre, también saldrían muchos de aquí para repartirse en varias provincias, o por ser naturales de ellas, o por predicar la Divina Palabra, o para buscar modo de mantenerse, no siendo fácil que tan crecida multitud hallase medios para poder subsistir en tan corto distrito.
Este sin duda fue el motivo porque dejaron a Judea, y Samaria, pues no sabemos que allí los persiguiesen, ni la Sagrada Escritura nos lo dice, ni en el caso de ser perseguidos se hubieran quedado allí los cristianos de Judea, así como no se quedaron en Jerusalén, por huir de la persecución, ¿pues que habrá que extrañar que muchos de los discípulos vinieran a España, cuando algunos o gran parte, serían españoles; y cuando no lo fuesen, por habérseles proporcionado ocasión de venir a encender el fuego de la Divina Palabra, que ardía en sus pechos, y de poder pasar su vida, lo que no era fácil sin esta diligencia, y repartimiento? porque tanto número de fugitivos no podía subsistir en terreno estrecho. Pero los primeros avisos vinieron a nuestros españoles por aquel célebre Centurión, que se halló presente a la pasión del Salvador, y exclamó diciendo, que era verdaderamente hijo de Dios, y viniendo luego a España, contó a sus paisanos cuanto había visto y oído del Redentor Divino; oyéndole con admiración, y pasmo cuantos le escuchaba. Era español, y dicen que Málaga fue su dichosa patria.
Por este Centurión, y por los demás recibirán los nuestros abundantes noticias de la inocente vida de Jesús, de los milagros que había hecho, por hacer bien a los hombres, dando pies a tullidos, manos a mancos, ojos a ciegos, y sanando toda especie de enfermos; y con la misma claridad fueron sabedores de la hermosura, y belleza de su bendita Madre, de su benignidad, y clemencia, de la modestia en todas sus acciones, de las afabilidad de su trato, dulzura en su conversación, prudencia en sus consejos, y de la fortaleza, y constancia con que estuvo al pie de la cruz viendo a morir en ella a su amantísimo hijo. Con estas excelencias que, de Jesús, y María oyeron nuestros españoles por boca de aquellos dichosos hombres, se encendió en su corazón en amor a Cristo Jesús, y a su dulcísima Madre; y si movieron a hacer continuas peregrinaciones, deseosos de venerar a la Madre de Dios eterno, obligándola con estas finezas a declarárseles por especial Protectora.
También podremos decir, que se movió María Santísima a patrocinar a los españoles, porque, como dice San Cirilo el señor la había escogido para desterrar del mundo las idolatrías, y destruir los errores de los hombres, guiándolos al conocimiento de la verdad, y limpiándolos en la Sagrada fuente del Bautismo y sabía muy bien esta Señora, como celestial Profetisa, lo mucho que sus españoles la servirían para este intento; pues como escribe un autor, desapasionado, y grave, jamás, desde que Adán tuvo hijos, ha habido nación en todo el mundo, que haya reducido al culto de una religión tantas gentes, y tan de semejantes en ritos y costumbres como nuestra España.
Sabía muy bien la Celestial Madre la constancia con que habían de conservar la fe los españoles, «la vigilancia con que habían de defenderla, y el celo con que la habían de propagar, hasta un nuevo mundo». Han sido tan constantes que, aunque oprimidos de bárbaras Naciones, no la han desamparado, tan celosos en dilatarla, que buscaron nuevo mundo en que extenderla. «Sombrero del rey de España llamó al sol» un extranjero escritor, porque alumbra a todas horas en provincias sujetas a su corona y en todas ellas se derraman también las luces de la Fe.
Tan vigilantes han sido en defenderla, que antes de conocerla la amparaban. «Séneca era español», y aunque gentil, mientras siguió sus consejos Nerón, no persiguió este tirano a los cristianos. Español fue «galeón» [hombre de gran fortaleza y mando], procónsul de Moréa, favoreció a San Pablo, y sus criados maltrataron a los que habían acusado al Santo Apóstol.
Mucho había que decir en el elogio de la fe de nuestros españoles, pero la brevedad que se pretende no da lugar a tanto, no obstante, no será fuera de propósito referir algo de lo que confiesan los autores más desapasionados, y graves. Generado, haciéndose cargo de que los españoles, en el mismo año que movieron la guerra contra los moros, formaron su expedición contra los indios occidentales, dice, que parece que es oficio de ellos combatir con Infieles, y Paganos.
El Cardenal Belarmino, que no hay reino más limpio de la herejía que el de España. Thomás Bocio[10], autor de gravedad bien conocida, y de mérito muy notorio, cuenta diecisiete prerrogativas en que el Reino de España excede a los demás. No son todas conducentes para el presente asunto; pero tampoco serán desagradables, y así no será superfluo referirlas.
«La primera ventaja», dice, es, «que no ha habido reino, a excepción del de los Asirios, que haya durado más de cien años» en una familia; pero el de España, desde Recadero[11] hasta ahora ha permanecido en sus descendientes por varones, o hembras, con legítimo derecho. «La segunda, ningún imperio, ni el Romano, se ha extendido tanto». «La tercera, ninguna nación ha descubierto por sí tantas tierras no conocidas». «La cuarta, quinta, sexta, séptima, octava, y nona, ningún reino ha descubierto naciones más bárbaras, ni las ha domesticado, y reducido a una misma policía, gobierno, potestad, y costumbres». «La décima y es lo más especial, y más al intento, nadie ha juntado naciones más bárbaras, y de religiones tan diversas a una misma doctrina, y religión católica». «La undécima, no ha habido Reino, en qué por reinar no haya muerto algún hijo a su padre; y esto nunca en España ha sucedido». «La duodécima, ninguna nación con tan pequeños ejércitos ha conseguido tantas victorias». «La décimo tercera, ningún reino ha tenido reyes tan excelentes en santidad, y virtud, y en quienes más haya resplandecido la justicia». «La decimoquinta, no hay Reino, cuya prosapia por casamiento de sus infantas haya dado más reyes al oriente, y occidente». «La decimosexta, no ha habido reyes, que desde el principio del mundo hayan tenido dominios de ciudades, o presidios en todo el ámbito del orbe, como los de España». «La decimoséptima, no ha habido Reino aquí en el cielo haya enriquecido con tanto oro, plata, metales, y piedras preciosas».
Esto es lo que dicen estos autores, a quienes nadie puede tener por sospechosos; y podrían nombrarse muchos más, que no sean desdeñado pregonar las grandezas de nuestra España, particularmente por la firmeza, y constancia de su fe, con la que tanto han agradado a la Reina de los cielos.
Todo lo dijo de una vez el Papa Pablo V, en una carta, que escribió en forma de breve al rey Felipe IV, y traducida en algunas cláusulas por el «cardenal don Luis de Belluga», dice así: Muchas personas doctas y religiosas son de parecer, que por el celo grande con que los reyes de España han conservado y defendido la religión cristiana en sus propios Reinos, los ha escogido Dios nuestro Señor por instrumento, para que se predicase en otros extraños; y que en pago del esplendor, y magnificencia con que los piadosos reyes gastaban sus patrimonios, y haciendas en edificar, dotar, y enriquecer templos, e iglesias, donde fuese honrado y alabado continuamente, ha permitido el mismo Señor, que a ellos, y no a otros se les haya descubierto el oro, y plata de las Indias y las demás riquezas como y tesoros que de allá les vienen, y ha levantado esa corona al colmo de la grandeza y felicidad en que ahora está, en estas pocas palabras está dicho, y recopilado cuanto se puede decir de la fe de los españoles; y de consiguiente, de lo mucho que han agradado a la Soberana Princesa, que «es el cuchillo, y muerte de las herejías».
Estos y otros obsequios, que en honra de María Santísima han hecho nuestros españoles, nos obligan a decir de esta Señora lo que del Apóstol Santiago discurre el Eximio Suárez. Contempla este doctor la propensión que siempre ha tenido a España este Apóstol Sagrado; y queriendo averiguar los motivos, dice así: No sin causa después de su muerte se ostenta a los españoles tan propicio, ya con la presencia de su cuerpo, ya con el favor de su glorioso espíritu.
La verdadera causa que le mueve, es haberlos engendrado en Cristo Jesús, por su Evangelio; y por qué por su protección, y súplicas, no sólo perseveran en la fe con sólida constancia, sino que quiso valerse de ellos, de su ministerio, e industria para predicar la fe, a innumerables gentes, y como se suele decir, a un nuevo mundo así pues debemos decir, al verlo mucho que María Santísima ha favorecido siempre, y favorece a sus españoles, que no sin causa se muestra la celestial Princesa tan Amorosa Madre, el motivo es haber sido la madre de su fe, y por su singular patrocinio haberse valido Dios de los españoles, como ministros suyos, para extender la fe hasta un nuevo mundo.
Es la causa, que han sabido defenderla, conservarla, y dilatarla, lo es también, que han correspondido tan agradecidos a su Bienhechora, que no han cesado de multiplicar obsequios, y cultos para sus glorias. Ciego será quien no vea a los templos, las Octavas de agradecidos como amantes, y reverentes han dedicado en honor de la Madre de Dios. Trescientos templos dedicó a esta Señora Berengario[12], conde de Barcelona, tres mil el rey Jacobo[13]; y de los ciento veinte mil templos que atesora, los ochocientos y cuatro mil son dedicados a su santo Nombre.
Con obras tan agradables a la Santísima Virgen han sabido corresponder agradecidos los españoles a los beneficios que han recibido de su piadosa en mano, y obligarla a que los repita, y continúe en todos tiempos, como lo testifican las Historias, y en esta veremos los que en el siglo pasado, y en el presente nos ha franqueado por medio de su Sagrada Imagen Bien Aparecida, pero mejor diríamos, que la protección, y tutela de esta Señora ha nacido de su benignidad, y clemencia, y no de nuestros agradecimientos, y cultos, siendo estos nada en comparación de los favores recibidos, aunque esto mismo debe alentar más nuestra confianza; porque si es fácil que nos troquemos de agradecidos en ingratos, y de reverentes en desatentos, no lo es que está piadosísima Madre deje de ser benigna, y devolver a nosotros los ojos de su misericordia.
Es totalmente correcto dentro de la mentalidad de la época. Esa impactante cifra de «ochocientos y cuatro mil» es una cita textual literal que el Padre Joseph de León introduce en su obra de mil setecientos setenta y siete, para dejar estupefacto al lector.
No se refiere a templos físicos de piedra. El ser humano de la Ilustración sabía perfectamente que no existían casi un millón de iglesias católicas edificadas en el mundo. Cuando el cardenal Luis de Belluga o Joseph de León usan esta cifra, están recurriendo a la mística y la alegoría teológica:
El alma como templo: En la teología clásica, basándose en las cartas de San Pablo, cada cristiano bautizado y cada alma en gracia es considerada un «templo vivo del Espíritu Santo».
La metáfora del número: El autor utiliza una cifra inmensa y simbólica «ochocientos y cuatro mil» para cuantificar el número de almas fieles, monjes, cofrades o «templos espirituales» que componían la Iglesia Universal o las órdenes religiosas del imperio en su lucha espiritual contra el pecado.
[1] El Padre Maestro Primitivo Mariño de la Puente. El azote de las falsificaciones. Fue un monje benedictino y un historiador riguroso del siglo XVIII. Su papel fue fundamental para limpiar la historia de España de los «inventos» que gente como Gregorio López Madera había dado por buenos.
[2] Con Fernando III, el Santo, llegamos al clímax de esta historia. Si el P. M. Puente fue quien puso orden en los papeles y el Códice de Albelda guardó la memoria, Fernando el Santo fue quien ejecutó en el campo de batalla y en la política lo que aquellos monjes soñaban. Fernando III es la figura que «unifica definitivamente los reinos de Castilla y León» «1230» y quien asesta el golpe final al poder que iniciaron los emires como Abderramán.
[3] Si San Pablo es el gran converso del siglo I, San Agustín de Hipona es el gigante que define la mente de Occidente en el siglo IV. Su historia cierra perfectamente el ciclo de «conversión y verdad» que venimos trazando.
[4] El Padre Flórez es el autor de la obra monumental España Sagrada. Su objetivo era contar la historia de todas las iglesias de España desde los tiempos de San Pablo y San Agustín. Fue él quien puso en valor el Códice de Albelda, dándose cuenta de que era una joya de la verdad histórica frente a los cuentos de hadas.
[5] Alonso el Sexto —rey recordado por la conquista de Toledo en 1085— aparece en estas páginas como el primer gran protector de los valles cántabros. su reinado «1065-1109» representó el verdadero cambio político y religioso en la zona del Cantábrico. No era simplemente ganar una batalla más; significaba recuperar la antigua sede de la monarquía hispano gótica.
[6] Quiñones, el apellido que personifica el honor caballeresco y la nobleza leonesa, cerrando el vínculo entre la monarquía de Alfonso VI y la historiografía crítica del Padre Flórez.
[7] La Unicia fue un invento literario diseñado para dar prestigio a la historia de España. El Fiscal Madera la usó como prueba de una civilización mística, pero el Padre Flórez demostró que, en el mundo real del comercio y el metal, esa moneda nunca existió. Era, literalmente, dinero de ficción.
[8] Flavio Dextro. El personaje real: Fue un funcionario Romano de alto rango del siglo IV, el personaje ficticio: A finales del siglo XVI, el jesuita Jerónimo Román de la Higuera afirmó haber encontrado el manuscrito perdido de Dextro. Este texto «el famoso Cronicón de Flavio Dextro» era una falsificación total. Al citarlo en este manuscrito se busca convencer al lector ilustrado de que la «nobleza de las gentes de Marrón», los privilegios ancestrales de las iglesias de Cantabria y la victoria sobre los musulmanes no eran mitos populares, sino hechos respaldados por los textos históricos más antiguos de la Península.
[9] San Esteban es famoso por el discurso que pronunció antes de ser lapidado. Si tu texto destaca la «elocuencia» de alguien, puede que use a Esteban como ejemplo de cómo defender una visión sagrada frente a quienes no creen, o para resaltar la importancia del martirio y la defensa de la verdad. San Esteban es el Protomártir, es decir, el primer cristiano en dar su vida y ser ejecutado por su fe «muriendo apedreado en Jerusalén», como el ejemplo supremo de lo que significa sufrir con paciencia y mantenerse fiel a Dios.
[10] Al igual que Simón Mayolo, Bocio era una autoridad europea cuya mención en 1777 buscaba dar un respaldo teológico y político incontestable al relato de la Aparición de la Bien Aparecida.
[11] Recaredo I fue el rey de los visigodos «reinó entre 586 y 601» famoso por su conversión al catolicismo en «el III Concilio de Toledo 589». La devoción en Cantabria no era algo «nuevo», sino que hundía sus raíces en los tiempos de los primeros reyes cristianos.
[12] Berengario y su Vínculo con Alfonso VI: Durante el reinado de Alfonso VI, estos nobles catalanes estaban en plena expansión. De hecho, una hija de Alfonso VI, «la reina Urraca», tuvo vínculos dinásticos que acabarían uniendo a los reinos cristianos.
[13] A finales del siglo XVII y durante el XVIII, la figura de Jacobo II era un símbolo de la «causa católica». Tras ser depuesto en la Revolución Gloriosa de 1688 por ser católico, se convirtió en un referente para autores como Joseph de León. Jacobo II era un ferviente devoto mariano.
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