La Bien Aparecida - Capítulo 1

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPíTULO I

DE LOS SINGULARES FAVORES, Que debe España a María Santísima, y venida del Apóstol Santiago. 


El día en que el divino redentor subió a los cielos, así fue de mucho regocijo para los Ángeles, por gozar de la presencia de su dueño, causó suma tristeza en el amante corazón de los discípulos, por carecer de la compañía más querida; pero María Santísima, como más amante, sintió sobre todos el golpe de la ausencia.

Triste, y desconsolada se volvió a Jerusalén desde el monte de los olivos, en compañía de los once Apóstoles, que habían sido testigos de la ascensión gloriosa, y entrando todos en el cenáculo de Sion «que era la casa de Juan Marcos» permanecieron con otros discípulos, haciendo el Señor fervorosas, y continuas súplicas, pidiendo que les enviase al Espíritu consolador, como se lo había prometido.

A los diez días de sus ruegos sintieron de repente un ruido como de un viento fuerte, y llenándose la estancia de «celestiales resplandores», se descubrieron en el aire unas lenguas de fuego, que se asentaron sobre los presentes, llenándolos del Divino Espíritu, y de tan soberana inteligencia, que pudieron entender todos los idiomas.

Tanto se apoderó de sus corazones este divino fuego, que para desahogo de sus ansias, quisieron encenderle en los hebreos, deseando que a la luz de su brillante llama registrasen misterios, que les tenía escondidos su ignorancia; más ciegos estos con tantos resplandores, intentaron pagar el mayor beneficio con la persecución más horrorosa de sus bienhechores, acusándoles ante los presidentes romanos, fomentando incendios y alborotos, y ejecutando extorsiones, y crueldades no solo con los discípulos de Cristo, sino contra los que nuevamente le seguían, a fin de irritar a los Gentiles contra los que se iban convirtiendo.

No bastaron todas estas fierezas para que los Apóstoles Sagrados dejaran de cumplir su ministerio, antes bien sembraban con mayor diligencia la palabra Divina; porque sabiendo, por lo que habían oído a su Divino Maestro, «que el golfo[1] de los trabajos, y fatigas» era el camino seguro para llegar al puerto de las dichas; animados con el ejemplo del redentor, confortados con el Divino Espíritu, y con las dulces expresiones de María Santísima, tenían los trabajos por descanso, y hacían las ignominias, y escarnios el plato más delicado para su gusto.

Cada día crecía el número de los creyentes, y no pudiendo los Apóstoles atender al cuidado de tantos, y a la predicación juntamente, nombraron siete Diáconos[2] que, haciéndose cargo de los bienes de todos, los asistiesen. Uno de ellos fue el Levita Esteban[3] tan vivificado con la divina luz, que confundía a los pérfidos judíos, dejándolos sin palabras con que resistir a la eficacia de sus razones; por cuya causa le quitaron a pedradas la vida, con el pretexto, que le habían oído blasfemias contra Dios, contra Moisés, contra la Ley, y el templo.

Aún no se contentó la diabólica rabia de los obstinados hebreos, y Gentiles con la muerte del dichoso mártir; pues pasando más adelante su abrasado furor, atropellaron la vida de «dos mil Discípulos», como dice Doroteo[4]; y «más de quince mil», según refieren algunos, y como adelante se dirá, salieron dispersos por Asia y Europa. Quedándose en Jerusalén los Apóstoles del Señor, a quienes, en sentir de gravísimos autores, acompañó la Santísima Virgen, consolándolos con su celestial conversación, alegrando con su presencia a los Fieles, y alentándolos a padecer sus aflicciones.

Hacia oficios de piadosa Madre, y amorosa Reina, pues reveló el Ángel a Santa Brígida, quedó en la tierra para esfuerzo de los buenos, corrección de los errados, Maestra de los Apóstoles, alivio de los Mártires, Doctora de los Confesores, espejo de Vírgenes, compañía de Viudas, y fortaleza de todos los Fieles.

Peleaban con esforzado aliento los «animosos Soldados de Jesucristo», venciendo con la paciencia, y tolerancia los baldones, y persecuciones, hasta que, o viendo lo poco que aprovechaban con su doctrina en aquellos empedernidos corazones, o movidos de los Legados, que continuamente venían de España, y de otras provincias, suplicándoles, que sembrasen en ellas la sagrada semilla, o «lo que es más cierto» por cumplir el precepto de Cristo, que les mandaba predicar a toda criatura, se juntaron en el último día del mes de Julio «como parece a algunos» en el «Cenáculo de Sion», donde celebró el Redentor la misteriosa Cena; y después de una larga, y fervorosa oración dividieron entre si las Provincias del Mundo en la forma siguiente:

Al príncipe de los Apóstoles San Pedro le tocó predicar en «Antioquia de Asiria», donde tuvo la Silla siete años, salió después a predicar por las provincias de Ponto, Bitinia, Galacia, Capadocia, y otras regiones. Llegó a Roma, y habiendo gozado la dignidad Pontifical treinta y seis años, cinco meses y doce días, «murió crucificado, imperando el cruel Nerón, el año de setenta», como dicen graves Autores.

San Juan Predicó en el Asia Menor, y en ella consagró a Dios siete suntuosos templos. San Andrés fue a predicar en la Escitia de Europa; y en el mismo «año de setenta y cinco Murió atado de pies y manos a una Cruz». Santo Thomás predicó en la India; Y en el mismo «año de setenta y cinco fue muerto a lanzadas». A San Matías tocó predicar en Judea, donde «fue muerto por los hebreos año sesenta y seis». Santiago el menor quedó en Jerusalén, donde «fue muerto el año de sesenta y cuatro». San Simón fue a predicar a la parte inferior de Egipto; pasó desde allí a Persia y junto con San Judas, caminó a Babilonia y Sumeria, y aquí «murieron despedazados en el año de sesenta y cuatro». A San Matheo tocó la Ethyopia, donde «por mandato del rey Hircano fue muerto», estando celebrando Misa, en el año setenta y siete. San Bartolomé predicó en Anatolia, atravesó la India Citerior, la Armenia Mayor, y Menor; y en el año de setenta y tres murió desollado en Albano.

La venturosa Provincia de nuestra España tocó al Proto-Mártir de los Apóstoles Santiago el Mayor, cuyos sucesos nos encaminarán a descubrir los especiales favores, que debemos a la Celestial Reina, por cuyo consejo vino a ilustrarla el Sagrado Apóstol; pues aunque fue San Pedro el que dividió, y distribuyo las provincias, como cabeza que era de todos, nada ejecutó sin el parecer, y consentimiento de la Emperatriz Soberana, a quién veneraba como Maestra llena de celestial sabiduría, que vivía, no con vida de la tierra, sino del Cielo, como contempló San Gerónimo; y que excedía su virtud, y ciencia «Dice San Bernardo» a todos los nacidos, a excepción de su Santísimo Hijo.

Por consejo pues, de la gloriosa Virgen cupo a Santiago la fecunda España, para que sepa lo que debe a María, en haber logrado tan grande Protector, y que todos sus aumentos son efectos del Patrocinio de esta Señora, que gusto de que el Predicador de los españoles fuese uno de los tres más queridos Discípulos, dando a entender en eso la grande estimación en que la tenía. San Pedro, San Juan y Santiago fueron los tres más amados Discípulos, como nos dan a entender las sagradas Letras. A San Pedro le hizo Cristo Cabeza de su misma Esposa, que es la Iglesia. A San Juan le entregó en el Calvario a su Madre. No tuvo el Señor en este mundo cosa mejor que darles. A Santiago le dio la España, sin duda porque era joya de mucho precio para Jesucristo, y su Madre Santísima.

Era nuestro Apóstol sobrino de la Virgen María, Primo de Cristo, y hermano de San Juan Evangelista. Era un varón tan celoso de la Divina Ley, que el primero entre todos los Apóstoles dio por ella la vida. Después de haber predicado en España cuatro años, pasó en el del cuarenta y uno a Jerusalén, donde con más fervor, y eficacia que todos comenzó a confundir a los hebreos, e impugnar sus errores, y siendo por esto el más temido, le dieron muerte, como dice Silveira y añade «San Juan Crisóstomo», que les era tan formidable contrario, que le pareció a Herodes no haber en todo el mundo cosa mayor con que agradar a los judíos, que quitar al Apóstol de en medio. A este varón de tantas excelencias, y de otras muchas, que se podrán ver en los autores que escribieron la «Historia de nuestra España», escogió para los españoles la Sagrada Virgen.

Esto bastaba para que la conversión de esta Provincia, y todo cuánto se ha adelantado en ella por medio del Apóstol y sus Discípulos, se atribuyera a la Reina Soberana, pero quiso darlo a entender más claramente viniendo a ilustrarla con su Persona, cuando en ella predicaba el Apóstol, apareciéndose en la ciudad de Zaragoza sobre una columna, y añaden los Autores, que por aquel tiempo eran muy pocos los convertidos; lo que traía al Santo con grande desconsuelo, pero que desde entonces fue el fruto de la predicación muy copioso; a lo que adelanta «El Eximio Suarez»[5] que vino María Santísima a declararse por Protectora juntamente con el Santo Apóstol.

Los maravillosos efectos que el glorioso Santiago ha obrado en nuestra España, son de crecido número. Pasan de veinticinco las veces, que se ha aparecido para socorrerla, como se puede ver en el Maestro Gándara, sin contar las que se ha dejado ver en nuestras Indias; y todo esto se debe del mismo modo a María Santísima, que también lo ha dado a entender apareciéndose en su compañía, como sucedió en la «Conquista de América», donde sobre la gran ciudad del Cuzco se manifestó el glorioso Apóstol, peleando, cual valeroso Marte, a favor de los nuestros, y a vista de nuestra Emperatriz Soberana, que apareciendo también en el aire sobre el Fortín de los Católicos, «apagaba con copos de nieve todo el fuego disparado por el ejército de los enemigos», y asombrados estos con tan extraño caso, decían, que era hechizo de los españoles. Tan claramente ha querido mostrarnos, que es Madre, y Protectora, y que cuanto debemos a Santiago, es favor con que esta gloriosísima Reina ha querido honrarnos.

También debemos añadir para materia de agradecimiento la conversión de San Pablo[6], que fue por la intersección de la Santísima Virgen que, de perseguidor de la Iglesia, le hizo su mayor defensor, en el mismo año de treinta y seis, en el que; según el más común sentir, vino a España nuestro Patrón Santiago, para que cuando este Apóstol se ausentase de ella, le sucediese San Pablo, supliendo su falta, como lo hizo viniendo en el año sesenta y tres en compañía de muchos discípulos.

A más llego la fineza de esta Soberana Princesa en aquellos tiempos, pues al despedirse para su predicación el Sagrado Apóstol Santiago, le dijo estas palabras: Anda, hijo mío, a cumplir el precepto de tu divino Maestro; y por él te ruego, que, en la parte de España, donde convirtieres a la Santa fe mayor número, edifiques una iglesia a mi memoria, en la forma que yo te mostraré.No leemos que hiciese con otro Apóstol tales expresiones, con que nos manifiesta el cuidado que tenía con esta Provincia, en la que estableció desde el principio su morada, para ser su eterna protectora. Ni es mucho que fuese tan singular la atención de la Madre, sabedora del amor especial con que la miraba su Hijo; como lo significó el Sagrado Apóstol al rey don Ramiro, si es verdad lo que refieren muchos.

Triste y desconsolado se hallaba el corazón de este Monarca en los campos de «Albelda», vecinos al monte Clavijo, casi vencido de la soberbia orgullosa de Abderramán. Cuando postrado a las breves treguas de un sueño, vio en el Santo Apóstol, que le alentó con estas amorosísimas palabras. ¿Ignorabas por ventura, que Cristo nuestro redentor cuando distribuyó las otras provincias entre mis hermanos los Apóstoles, quiso que me tocase a mí por suerte la de España, encomendándola a mi protección y defensa? Pues no lo ignores, cuando el ser yo Protector suyo es disposición divina, y encomienda hecha por el mismo Cristo, como la que hizo a Pedro de su Iglesia, y a Juan de su Santísima Madre. Bien lo mostró la Batalla del siguiente día, en la que peleando la primera vez el Santo Apóstol, sobre un caballo blanco, con bandera blanca, y Cruz roja, quedaron «muertos en el campo setenta mil Bárbaros», y se libertó España del infame tributo de las cien Doncellas, introducido por Mauregato[7]. Así dio a conocer el Apóstol, como se llevaba España la atención del Señor.

Para que menos lo duden los que suelen ser en el creer un poco escrupulosos, referiremos lo que dice Juliano en sus Adversarios, y es tradición pública, calificada por instrumento autentico. Constaba dice en el Archivo de Santa Justa de Toledo, que muchos de los Gentiles, que se hallaban en Jerusalén, cuando allí predicaba Cristo, eran españoles, que quisieron verle, y hablarle, deseando que predicase a los Gentiles de su tierra; y que a quien más instaba el Señor para ello, era aquel «Centurión Español», que se halló presente al tiempo de la Pasión del Redentor, el que después de haberles oído, delante de ellos encargó a San Pedro, que enviara a España a Santiago, pasados los dos años de la resurrección.

Así sería; pues como dice San Vicente Ferrer, el Apóstol de España fue el primero que puso en ejecución el precepto del Salvador, que les mandaba predicar a toda criatura, y como afirman nuestros Historiadores, y prueba largamente, y con solidez el «Fiscal Gregorio López Madera»[8]. España fue la primera Provincia de Gentiles que se convirtió a la fe verdadera. Por lo que «deseando aparte el crédito que merezca Juliano» es razón que se le dé en la ocasión presente. Tantas muestras dio el amante Jesús del singular afecto a nuestro Reino, para asegurarle su dicha.

Y para más afianzarla, dice una docta pluma, que murió nuestro Redentor con su sacrosanto rostro vuelto hacia España, significando con esto, que, así como el mirar a San Pedro después de haberle negado, fue darle alguna prenda de su perdón, y salvación; así también daba muestras a los españoles, de que los miraba como muy suyos. Estas finezas practicaban con los nuestros el Redentor del Mundo; y esto solo bastaba para esmerarse tanto en favorecerlos su Bendita Madre, cuya voluntad no sabía separarse de la de su Hijo.

A estos singulares beneficios, que se experimentaron, y recibieron por la mano del Hijo, y de la Madre, pudiéramos añadir otros muchos, que dejamos en silencio porque la multitud enmudece las lenguas, y embaraza las plumas, y solo se añadirán a los dichos algunos de los que por medio de la Sagrada Imagen Bien Aparecida nos ha dispensado la Divina Clemencia, que no cesa de obligar nuestro agradecimiento, y alentar nuestra confianza; porque a la verdad, ¿Qué hombre habrá tan fiera, que deje rendirse a tan singulares finezas, y viéndose atado con la cadena de un amor tan excelente? ¿Y quién no vivirá con una firme esperanza de salvarse, sabiendo que están tan empeñados en su salud el que vino a este mundo para darla a todos, y la que es Madre suya? Aliéntese nuestra feliz España, pues tiene por especial Protectora a María Santísima, y Cristo desde la Cruz la mira, para dejarla una segura señal de lo mucho que la ama.

[1] Golfo lo podemos definir como «Un torbellino de penalidades»: Refleja la confusión y la dureza de las tareas que enfrentaron los mayordomos o el propio Agustín de Nates.

[2] En los manuscritos del siglo XVIII suelen aparecer con funciones muy específicas, tanto en la liturgia como en la administración de las cofradías. En la jerarquía de la Iglesia, el diácono es el grado inferior al del sacerdote. Su nombre viene del griego diakonos, que significa «servidor».

[3] Esteban fue una de las figuras más importantes de la iglesia primitiva en Jerusalén. El primer Diácono: Fue elegido como uno de los siete hombres «llenos del Espíritu y de sabiduría» para encargarse de la distribución de alimentos a las viudas, permitiendo que los apóstoles se centraran en la oración.

[4] Doroteo fue: Un monje cristiano nacido en Palestina, discípulo de San Barsanufio famoso por sus escritos sobre la ascesis y la vida monástica. Fundó un monasterio cerca de Gaza y se destacó por su humildad y sus enseñanzas sobre la psicología espiritual «cómo manejar el orgullo, la ira y la obediencia».

[5] En el Siglo de Oro español, nos encontramos con Francisco Suárez «1548–1617», conocido universalmente por el título de «Doctor Eximio» «Doctor Eximius». Fue un jesuita, filósofo y teólogo español nacido en Granada. Es considerado el máximo representante de la Escuela de Salamanca en su etapa tardía. Su influencia fue tan grande que incluso los filósofos protestantes «como Leibniz o Grocio» estudiaban sus obras en las universidades europeas.

[6] La conversión de San Pablo «originalmente Saulo de Tarso» es uno de los momentos más cruciales del cristianismo primitivo. Representa el paso de ser un perseguidor implacable de los cristianos a convertirse en el «Apóstol de los Gentiles».

[7] El Tributo de las Cien Doncellas: De aquí nace la famosa leyenda. Se decía que, como pago por el apoyo de Abderramán, Mauregato se comprometió a «entregarle anualmente 100 doncellas cristianas». Este es el gran mito de la época que justifica las batallas posteriores en lugares como Albelda. «Mauregato representa la sumisión y el pecado, mientras que el rey Ramiro I representa la liberación».

[8] El hombre de leyes. Gregorio López Madera fue un influyente jurista y fiscal de la Real Chancillería de Granada a finales del siglo XVI. Era un «hombre de confianza del rey Felipe II» y un ferviente defensor de la unidad de España bajo el catolicismo. López Madera fue célebre por escribir obras como la «Discurso sobre la certidumbre de las reliquias», descubiertas en Granada «1601» y la Defensa de los Santos «1602». En estos libros, Madera defendía con vehemencia la veracidad de antiguos documentos y crónicas de la Reconquista. 

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