La Bien Aparecida - Capítulo 19

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPÍTULO XIX

DE ALGUNAS MARAVILLAS OBRADAS por María Santísima en el presente siglo.

Como la Soberana Emperatriz no ha cesado de favorecer a sus devotos, patrocinándolos con maravilloso poder, y el tiempo no ha tenido lugar para borrar los beneficios como podríamos extender mucho la pluma en este asunto, si hubieran de referirse todos; pero nos dejaremos los más por la brevedad, contentándonos con decir los que más manifiesten la misericordia de la Madre de Dios, y se hallen con mayor autoridad. 



En el año de —mil setecientos diez, a trece de septiembre—, «María Gómez, hija de Juan Gómez, y de María González» naturales del lugar de Hoz de Marrón, llevó en brazos a un niño de catorce meses donde estaban jugando otras niñas de su edad, y dejando en el suelo, para jugar con las demás, cayó el niño en el agua del canal de un molino, que estaba inmediato; llevado por la corriente, paró a lo último de él, por ser estrecho, e impedido el tránsito del agua, cesó demoler la rueda. Notando esta novedad las personas que se hallaban dentro del molino, salieron a registrar las compuertas, y no hallando en ellas estorbo, pasaron a ver el canal, advirtieron que estaba allí el impedimento, y metiendo uno el brazo, en la inteligencia de que sacaría algún leño, conoció por el tacto que era cosa humana, y comunicándolo a los compañeros, que hicieron suspender el extraerla, hasta dar cuenta a la justicia; pero reflexionándolo mejor, determinaron sacarlo para que no perdiese la vida, si acaso la tenía. Tiraron fuertemente, y se hallaron con el niño inocente, sin respiración, movimiento, ni color, que indicase su vida.

Afligidos todos, altercaban sobre quién daría aviso a los padres; y acudiendo estos entre otros a los gritos, y llantos, tuvieron el quebranto de ver a su hijo con todas las señales de difunto. El padre, que era mayordomo de la Aparecida Imagen, se le encomendó muy de veras, pidiendo a los circunstantes que rezasen una Salve a la Virgen; y —tomando en sus brazos al niño, le llamó por su nombre, a esta voz, «como quien despierta de un sueño, abrió los ojos», y cobró su natural color, y salud, como si nada le hubiera acaecido—, con admiración de los muchos que se hallaban presentes.

En el año de mil setecientos veintisiete, «Victoria Negrete, hija de Juan Negrete», y de «Manuela de Francos», vecinos del «Valle de Guriezo», a la edad de siete años quedó tullida del brazo, y lado derecho, y con intensos dolores, que la afligieron todo un año, sin que en los muchos medicamentos que la aplicaron pudiera hallar alivio; antes empeorando cada día, y pérdidas las esperanzas de vivir, la administraron los Santos Sacramentos, don «Josef del Prado», Cura en dicho Valle, y tío de la moribunda, la encomendó a María Santísima, por medio de esta Santa Imagen, como también sus padres; y en aquella misma hora cobró la enferma su salud perdida, empezando a mover todo el lado que se hallaba impedido, y en agradecimiento ofreció servir en la hospedería de la Virgen, como lo hizo muchos años, gozando de sanidad perfecta.

En el año de mil setecientos treinta y uno, a diez y nueve de agosto salió del puerto de la Habana don «Francisco de Tabernilla», natural del lugar de Hoz de Marrón, y residente en la Ciudad de Cádiz, embarcado en el Navío llamado San Luis, Capitana de los Galeones del mando del jefe de Escuadra don «Manuel López Pintado», y en treinta de dicho mes sobrevino una cruelísima tormenta, que dejó a la Nave sin palo, al timón inútil, y a los navegantes sin esperanza de vida. En medio de este conflicto imploraron la Divina Clemencia, por medio de la Santa Imagen, y al instante se aplacó la tormenta, quedando el Mar en Bonanza, y con seguridad los atribulados, que pregonaban el favor de la Virgen; y luego que llegaron a Cádiz hicieron pintar el suceso, y le remitieron al templo, en cuyo Camarín se publica este prodigio.

Año de —mil setecientos cuarenta—, doña «María Guernica», casada con don «Manuel Gómez Revuelta», habiendo dado a luz un niño a treinta de Noviembre; fue acometida de un grave accidente, y sudor frío, que obligó a don Manuel a llamar a «Fray Juan de San Elías», Carmelita Descalzo, para que la ayudase a bien morir. Llegó el religioso, y habiendo hallado a la enferma sin uso de sentidos como y muy inmediata a la muerte, comenzó a recomendar el alma, con dictamen del Médico, que se hallaba presente, y prosiguió en tan santa obra, hasta que este le dijo, que lo dejara, porque ya era difunta.

Llegó al marido la fatal noticia, y acogiéndose a una estampa de esta Sagrada Imagen Bien Aparecida, que tenía en su oratorio, la tomó entre sus brazos, y puesto de rodillas dijo: «Señora, en fuerza de la fe, y esperanza que os profeso, y tengo en Vos, me habéis de volver a mi esposa con vida, pues no ignoráis que soy vuestro devoto». —O Clemencia de María Santísima— Cuatro horas lloraron la muerte de esta difunta, y al cabo de ellas volvió a recobrar la vida, en presencia de los religiosos, de otras muchas personas y de doña «María Ana del Rosal», una de las que lloraba la pérdida. Dieron todos muchas gracias a la Reina Soberana, y a los dos esposos repetidas enhorabuenas. En gratitud al beneficio recibido, envió doña «María el Lazo», y Cruz de oro, y diamantes que solía traer al cuello, a la Sagrada Imagen.

Año de —mil setecientos cuarenta y uno— llegaron a visitar en este templo a la Imagen Sagrada don «Mateo de la Piedra», y su esposa doña Josefa, vecinos de la «Villa de Guernica», en el señorío de Vizcaya, pidiendo a la Madre de Dios el alivio del desconsuelo que padecían por carecer de la sucesión que deseaban. Se volvieron a su casa muy confiados, por las muchas maravillas que oyeron contar; y al año siguiente, en el mismo mes, volvieron a dar gracias, en compañía de una Ama, en cuyos brazos venía el niño, que les había dado María Santísima; y con un vestido de tela de plata para su Santa Imagen, en reconocimiento del beneficio.

Año de —mil setecientos cuarenta y tres a doce de marzo—, «Santos de Rosas, Tomás de Trueba, y Antonio Sainz Maza», vecinos del lugar de Hoz de Marrón, habiendo armado un horno de cal, cuando estaban para pegarle fuego, hallaron la que llaman caldera llena de agua, y con un madero atravesado. Siendo forzoso limpiarla, se atrevió a entrar Antonio, como más animoso. Y, apenas se halló dentro, cuando desprendida la piedra del clave, le arrojó a lo profundo, sumergiéndole en el agua hasta el cuello; y cayendo de más de esto sobre él todo aquel promontorio de piedras, se quedó sepultado entre ellas.

Al comenzar este desgraciado suceso, invocaron sus compañeros a la Madre de Dios en esta Santa Imagen, y —caso maravilloso— fueron apartando las piedras, hasta descubrirle la cabeza, y la hallaron sin la menor lesión; descubrieron después hasta los hombros, y atándole con unas sogas como para tirar de él, estaba tan apretado, «que para haber de sacarle le desollaron algo las piernas», y se dejó los zapatos; más no se halló alguna herida, con admiración de los compañeros, y de «Antonio Gómez Revuelta», y «Manuel de Esles», que avisados de la desgracia, habían concurrido a quitar la multitud de aquellos materiales, con el ánimo de sacar el cuerpo para darle sepultura, por creerle difunto. En acción de gracias el favorecido, y su mujer fueron a visitar la Sagrada Imagen, continuando todos los años en el día de este suceso, disponiéndose con la confesión, y comunión, y oyendo misa en honra de la Virgen.

Año de —mil setecientos cuarenta y cuatro, a veintinueve de agosto—, se hallaba en la hospedería doña «Jerónima de Arredondo», viuda de don «Juan Cosme Albo», vecinos del lugar de «Limpias», cumpliendo un Novenario, que había ofrecido, en compañía de dos Sacerdotes, y del Ama, que les criaba un niño. En este día, por la tarde, se fue el Ama con él en los brazos al templo, en cuyos colaterales trabajaban los oficiales que habían arrimado a la pared algunas piezas gruesas para colocar a ellas se arrimó el niño, y desviándose una de las mayores, dio sobre él, arrojándole en el suelo contra el enlosado y cogiéndole debajo. Acudieron los operarios, y levantando el grave peso que le oprimía, le hallaron con los brazos, y pies extendidos, sin movimiento, y con tan pocas señales de vida, que apenas se percibía respiración, supo la tragedia la madre, y cayó desmayada con el susto; pero después que volvió en sí encomendando a María Santísima el casi difunto hijo, «cobró este aliento, y se restituyó a Sanidad Perfecta», por lo que, en acción de gracias, celebró la Misa solemne en el día de la aparición don «Juan Antonio López», Cura de dicho lugar.

Año de —mil setecientos cuarenta y siete— llegaron a este santuario «Bartolomé de la Maza y María Sainz», su mujer, vecinos del lugar de «Mentera, en el Valle de Ruesga», con un hijo llamado Sebastián, que estaba mudo desde hace nueve meses, mandaron decir nueve misas en honra de María Santísima y vueltos a su casa, pocos días después, estando comiendo, comenzó inopinadamente a hablar el joven con más desembarazo que nunca, y con admiración de los padres, que el Domingo inmediato volvieron a dar gracias con él al templo, donde todos los que antes le habían visto sin voz, le oyeron hablar sin tropiezo.

Año de «mil setecientos cincuenta», corría la Posta para la Corte de Roma don «Juan Pérez del Camino», natural del lugar de Bárcena, en el Valle de Carriedo, y en el día primero de enero, poco antes de entrar por las puertas de esta Ciudad, desbocándose el caballo, le arrojó en el suelo, dejándole sin sentido, y desconcertada una pierna. Fue conducido por cuatro piadosos Romanos al Hospital de Santiago de los españoles, cuyos cirujanos hicieron desde luego un fatal pronóstico. Aplicándole los más eficaces remedios, hasta el día veintiséis del mismo mes, en el cual, viendo que iba empeorando, asociados del cirujano de su Santidad, y de algunos médicos, resolvieron unánimes que era forzoso cortar al paciente la pierna, para prolongar la vida.

Notificaron al enfermo lo resuelto, le aplicaron en la llaga unos polvos, dejándole sin fuerzas en el cuerpo, ni valor en el ánimo. Viéndose destituido del humano socorro recurrió al piélago de las piedades María Santísima, y acordándose de las muchas maravillas, que siendo niño había oído en su lugar de esta Sagrada de Imagen, y de que nunca había visitado su santuario, lleno de devoción, y confianza, pidió la salud, y sanidad de su incurable pierna a la Sagrada Virgen, prometiendo iría a visitar y venerar su milagrosa Imagen.

Inclinó sus oídos a la rendida súplica la Madre de Misericordia; y llegando el día señalado por los cirujanos para el cruel remedio, cuando ya estaban preparando todos los instrumentos para la operación, descubriendo, y registrando la pierna, «la hallaron sin señales de lesión, restituida a su antiguo tamaño, y figura, y sin dolor al paciente», admirados del suceso, le preguntaron la causa, y respondió, que aquella aparecida sanidad no se debía a la eficacia de las medicinas, pues ninguna se había aplicado, si no al —maravilloso poder de nuestra Señora Bien Aparecida—, que se veneraba en su arzobispado de Burgos, a quien se había encomendado muy de veras. Dieron todos gracias a Dios y a su Madre Santísima, y saliendo don Juan con brevedad de Roma, se restituyó a España, a la Corte de Madrid, desde la que se dispuso el viaje para su patria, y desde ella, en cumplimiento de su promesa fue a visitar a María Santísima en su santo templo, dando las debidas gracias por el imponderable beneficio, en el día veintiuno de diciembre del referido año, y para eterna memoria dejó en el Camarín de la Virgen un lienzo, en que se manifiesta el suceso.

Año de mil setecientos cincuenta y dos de febrero llegaron al Santuario don «Diego Antonio Gil», regidor perpetuo de la «Villa de Sepúlveda», y su mujer doña «Juana Ruiz Porras», vecinos del lugar de San Mamés, a venerar a María Santísima confiando, que por su poderosa intercesión lograrían la sucesión, de que con grandes sentimientos carecían en algunos años que llevaban de matrimonio.

Con esta confianza, suplicaron rendidamente a la Celestial Reina; y con la misma se retiraron después a su casa, donde bien presto experimentó Doña Juana el efecto de su petición, por lo que envió cincuenta pesos a su bienhechora. En el día cuatro de noviembre del mismo año, a las nueve de la mañana, dio a luz un hermoso niño, y a las nueve y media ya había dado luz otro infante. Reconocidos los padres, volvieron al templo con los dos niños, Diego Antonio y Juan Francisco, que estos eran sus nombres, luego que estuvo buena la madre, y en él permanecieron nueve días, haciendo celebrar en todos ellos el Santo Sacrificio, en honra de la Madre de Dios, que con tanta prontitud y liberalidad los había favorecido.

Los favores que reciben los devotos de María Santísima, metiendo la cabeza por la ventana en que se apareció, son innumerables. Los que padecen dolores en esta parte, y visitan a la Santa Imagen, van a la ventanilla, que está embutida en la pared del templo, y rezando nueve avemarías, meten la cabeza, y así «consiguen muchos la libertad de sus dolencias» por algunos años, y otros por toda la vida, y —no es la menor maravilla, que en el largo tiempo que se ha trabajado para la composición del antiguo templo, y erección del nuevo, no haya sucedido la más leve desgracia; ni en la conducción de materiales por mar, y tierra; ni en andamios para subir piedras, y maderas de muy crecido peso; y lo que es más, ni maestro, ni oficial, ni otro alguno de los operarios dejó jamás de trabajar por caer enfermo—, gozando todos de una salud cumplida todo el tiempo que dedicaron para trabajar en la obra

 

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