HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPÍTULO XX
CULTO EXTERIOR CON QUE ES SERVIDA LA IMAGEN. Sagrada Bien Aparecida y de algunos particulares devotos.
El que reflexionare atentamente lo que dejamos dicho en el Capítulo quince creerá que es superfluo tratar con distinción, y de intento del exterior culto con que la Sagrada Imagen de María es venerada, no persuadiéndose a que pueda haber sino tal cual alhaja, y de muy bajo precio, que por tanto no será acreedora a alguna mención particular, debiendo contentarse con ocupar el menor rinconcillo de esta Historia, en caso de que por hacerle alguna, gracia, —no la condenemos en una cárcel perpetua de silencio—. Dijimos en el referido Capitulo, que los mayordomos de este templo ocuparon alguna parte del año setecientos uno en vender los Censos que tenía a su favor el Santuario, la hacienda que obtenía, y todas las alhajas, que no eran para el Altar indispensables; y habiendo pasado tan poco tiempo desde el año uno hasta el presente, no parece que puede haber alhajas de consideración, por muchos que hayan sido los devotos.
Menos creíble parecerá a quien considerare, qué “como queda dicho) no se concluyó la Fábrica hasta —el año de mil setecientos treinta y nueve, o, por mejor decir, hasta el de cuarenta y cuatro— porque aunque en aquel año fue colocada en su Trono la Sagrada Imagen, estando ya adornado su templo con el magnífico «Retablo Mayor», y otros dos Altares Colaterales, en año cuarenta y cuatro se añadieron otros dos, para mayor ornato, y perfección; y aún después de este tiempo se han añadido otros dos más, y se ha hecho otra hospedería, por no caber en la que había los muchos que concurrían, y esto hace discurrir con grave fundamento, que los devotos ofrecerían aquellos dones que eran más precisos para la construcción del edificio, y otras obras, y los Diputados los inclinarían a lo mismo, en cuanto sus facultades alcanzasen, lo que hace al parecer imposible la riqueza en alhajas, ornamentos, o cosas semejantes, de que se compone el exterior ornato.
Más imposible parecerá todavía si hacemos patente, y manifiesto lo que solo se ha dicho por discurso, aunque con bastante fundamento. Es cierto que los bienhechores de este siglo han manifestado más su devoción en dar caudales para el edificio, que alhajas para el culto, como consta por una lista, que ha llegado a mi poder, de los bienhechores, naturales de aquel país, con sus nombres, y apellidos, y con la cantidad que ofreció cada uno.
En ella se halla, que suma lo ofrecido para la Fábrica —doscientos ochenta y siete mil cuatrocientos cuatro reales. Esto se entiende de limosna dada solo por los residentes en España, y cuyos nombres sabemos sin contar lo que han remitido los cántabros residentes en Indias—, y otros muchos, cuyo nombre ignoramos; y en esta suposición, no parece posible que sean de alguna cuenta las alhajas, y que por consiguiente deberíamos tener por cosa inútil el tratar de ellas.
Pero esto mismo nos obliga a tener mucha cuenta con el culto más mínimo, pues el menor es de admirable precio; y más valdrá en este templo un Cáliz solo, que muchas docenas en otros; más será de admirar hallar en él un ornamento pobre, que en otros muchos centenares ricos; porque otros templos han adquirido sus tesoros, y riquezas con el paso de los siglos, más a éste apenas le han ayudado los instantes. Los antiguos han podido aplicar las limosnas de los Fieles para los cultos, porque no las necesitaban para su construcción; y han podido recibir muchas, porque les ha sobrado tiempo; pero este, que se comenzó en el presente siglo, las necesitaba para su existencia, y no ha tenido lugar para adquirirlas como particularmente desde su conclusión, que apenas ha pasado.
El «Cornadito[1]» con que se manifestó la mujer pobrecilla su devoción, y acepto, más que los opulentos con todos sus tesoros, será la más mínima alhaja de este Santuario, para explicar la devoción con que la piedad de aquellos naturales se ha esmerado envenenar a la Madre de Dios Bien Aparecida.

Para el día en que se colocó en su Trono la Sagrada Imagen dio una salvilla con Vijaneras, Campanilla, y Cáliz, sobre dorado todo, don «Esteban Gómez Rucoba», vecino del lugar de Colindres. Otra salvilla, también con Vijaneras, Campanillas, Cáliz, y Patena, todo de plata sobre dorada, es dádiva de don «Diego de la Piedra», natural de Limpias. Con unos corporales, Sabanilla para el Altar, y dos frontales, explicó su devoción doña «Isabel Gil» de Gibaja. Seis candeleros en media vara de altura, y Cruz correspondiente, son oferta de don Diego Gil de Gibaja, vecino del lugar de «San Mamés», y regidor perpetuo de la «villa de Sepúlveda». Donó doña «Ana Martínez Zorrilla», natural de Regules, un Terno entero de tela de oro. Otro ornamento de Rica tapicería, es dádiva de don «Luis de Ateca Escajadillo», natural del lugar de Hoz de Marrón, y Abad en Baños del Bollo, Obispado de Astorga. Una capa, y otro ornamento de tela de China, es ofrenda de don «Pedro de Alvarado», Cónsul en la Corte de México, y natural del lugar de «Treto». Otros ornamentos de diferentes telas, y colores, vasos, incensario, y campanillas de plata, han sido donados por varios devotos, que con oculto nombre alargaron la mano.
Una cortina de tapicería, con su frontal correspondiente, son efectos de la Piedad de don «Marcos de la Mar Libarona». Dio el ya mencionado don «Esteban Gómez de Rucoba» la lámpara de plata, que, sostenida por un ángel, alumbra por el lado del Evangelio. Otra lámpara de plata, que luce al lado de la epístola, fue dada por don «Francisco Ventura del Castillo», natural del lugar de Riva. Otra, que pendiente entre las dos, alumbra directamente al Sagrado Trono, es segunda expresión de fineza del mencionado don «Pedro de Alvarado». Otra lámpara, con doce candeleros de plata donó don «Antonio de Barreda», natural de Colindres, y tesorero de Cruzada en Valladolid, provincia de «Mechuacán»
[2]. Otra lámpara de plata que pesa veinticinco marcos, con cuatro candeleros, y doce libras de cera, entregó a don «Felipe de la Mar», de parte de don «Agustín de Nates», natural de la Villa de Laredo, y residente en la ciudad de San Francisco de Quito. «Doña María Gernika» donó un lazo y cruz de oro con más de cien diamantes.
Sirve a la Sagrada Imagen un «rico vestido de tela de oro», que mandó a hacer a su costa don Sebastián de la villa, y Cereceda, natural de Laredo, para el día que fue colocada en su nuevo trono. Otro vestido de tela encarnada sobre plateada dio don Josef Manuel Gutiérrez de Carriazo, natural también de la «Villa de Laredo». Otro vestido de tela de plata, ofreció la devoción de don Mateo de la Piedra, vecino de la «Villa de Guernica». Sirven también dos coronas de oro, con exquisitas piedras, donadas por aquel capitán, de quien hicimos mención en el capítulo catorce, una para la Bendita Madre, y otra para el Sagrado Niño, otras dos coronas de oro para el mismo fin como fueron oferta de un devoto, que no quiso descubrir su nombre. Otros vestidos, casullas, albas, Vijaneras, y diferentes alhajas como son donaciones hechas de todo corazón por los fieles, ocultamente desabrochados en apreciables dones.
Este es el corto número de alhajas con que la Madre de Dios Bien Aparecida es venerada; pero no deberá parecer muy escaso al que reflexionaré lo que llevamos dicho, antes tendrá bastante de que admirarse, considerando que en tan breves días ha adelantado la devoción tanto en su culto, y que si las sumas que van gastadas desde la milagrosa Aparición hasta ahora, en componer la antigua ermita, hacer hospederías para la comodidad de los concurrentes, y fabricar el hermoso templo, si hubieran extendido en alhajas para su culto, sería este de los mayores, excediendo en riquezas a los que, por muchos siglos, han sido frecuentados por los fieles, y crecerá mucho más la admiración, si se atendiere a los muchos templos de María Santísima, entre los que reparten sus caudales los naturales de aquella provincia.
Son muchas las imágenes de María aparecidas, que se veneran en aquella tierra, sin duda porque los cristianos, cuando —huyendo de la servidumbre mahometana— se refugiaron en ella, llevaron consigo las Sagradas efigies que más estimaban; y todas son allí veneradas con mucho culto, como también otras muchas no aparecidas, o que se ignora si lo fueron. La imagen de nuestra «Señora de las Caldas», que está en un convento de padres de Santo Domingo, en el Valle de Buelna, están frecuentada de los cántabros, que la hospedería, aunque capacísima, es para tanto número muy reducida. La de nuestra Señora del Soto, en un convento de religiosos de San Francisco en el valle de Toranzo. La de Fresnedo, en Solórzano. La de las Nieves, en el castro del monte de Guriezo, y otras muchas en diferentes lugares son en grande manera reverenciadas, y a todas reparte la devoción copiosos dones, recibiendo en premios singulares favores en todas sus necesidades.
No son de poca consideración los que recibe la Villa de Torrelavega de María Santísima, a quién, con el título de consolación, tiene por patrona, y recurre en sus necesidades públicas a buscar el consuelo, que siempre ha hallado, como los demás circunvecinos pueblos, obligándose por un voto a festejarla por nueve días todos los años, siendo el último el de la gloriosa Asunción, cuando saliendo en procesión lleva a todas las atenciones su color oscuro, porque la Reina del Cielo no ha permitido que en aquella Imagen suya sea admitido otro.
Todas estas, y otras muchas de María Santísima son frecuentadas de aquellos fieles, y entre ellas reparten con liberalidad sus bienes. ¿Pues quién no admirara que hayan dado tanto en tan poco tiempo a la Bien Aparecida, como si fuera la única de aquella provincia? Más no tendrá de que admirarse quien conozca la imponderable afición con que la estiman. Es tan grande, que no hay día en el año, aún de los más rigurosos del invierno, que se halle la hospedería sin gente, que por devoción la visita.
En los Mancebos, que salen de aquel país para pasar a Indias, es muy común el «ir primero a despedirse de esta Señora, implorando su protección», pareciéndoles que, si así no lo hacen, nada les puede suceder bien, y que con esta diligencia van seguros de todo mal.
El día en que se celebra la maravillosa aparición «pasan de cinco a seis mil» los que concurren a la celebridad de su fiesta; y lo que más es, los que por estar empleados en esta Corte se hallan imposibilitados para asistir a su solemnidad, como determinaron en el —año de mil setecientos cincuenta y dos— fundar una congregación de solos los nacionales, para festejarla en ella todos juntos, como al presente lo hacen con la mayor solemnidad, comenzando desde las vísperas del día siete de septiembre, hasta el día siguiente puesto el sol, en el Convento de Padres de San Agustín, cuya iglesia es muy semejante en aquel tiempo al Cielo por las muchas luces que la hermosean en lugar de Estrellas, por las alabanzas con que Dios, y su madre son ensalzados en Altar, y Púlpito, y por la Sonora música, que eleva a una contemplación deliciosa de lo divino.
Para mayor veneración de la Reina del Cielo nuestro muy Santo Padre Benedicto Decimocuarto, por sus Breves de —trece y quince de noviembre de mil setecientos cincuenta y dos—, concede indulgencia plenaria, y remisión de todos los pecados a todos los fieles de uno, y otro sexo, que entraré en la congregación de nuestra Señora de Bien Aparecida; y que en el día primero de su entrada, confesando, y comulgando en la iglesia de San Felipe el Real de esta Corte
[3], donde se venera esta Santa Imagen, rogaren allí a Dios por la paz, y concordia entre los príncipes Cristianos, extirpación de las herejías, y demás necesidades de la iglesia.
Asimismo, concede su santidad a los referidos congregantes indulgencia plenaria y remisión de todos sus pecados, si confesando, y comulgando visitaren la dicha iglesia, desde las vísperas de la fiesta principal de la Congregación, que es el quince de septiembre de cada año, hasta este mismo día puesto el sol y rogaren por la exaltación de la Santa Madre Iglesia, extirpación de las herejías, etcétera.
Iten, les concede su Santidad indulgencia plenaria, y remisión de todos sus pecados para el artículo de la muerte, confesando, y recibiendo el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, si cómodamente lo pudieran hacer, o a lo menos invocando devotamente contritos el dulcísimo nombre de Jesús, y no pudiendo con la boca, con el corazón, o dando alguna señal de penitencia.
También concede su santidad, en favor de las ánimas de los congregantes difuntos de uno, y otro sexo, que con cada misa que por ella se digiere en el altar mayor de la misma iglesia, donde está colocada dicha Santa Imagen, en el día de la conmemoración de los difuntos, en los de su octava, y los sábados de cada semana, las ánimas por quienes se aplicaran, consigan indulgencia plenaria, y salgan del purgatorio.
Además de todas estas gracias, concede su santidad a los referidos congregantes siete años, y siete cuarentenas de perdón en cada uno de los cuatro días, y festividades de la Natividad, expectación, purificación, y Asunción de nuestra Señora, si habiendo confesado, y comulgado, a visitar en la citada iglesia, y rogaren a Dios por la exaltación de nuestra santa fe católica,
Y finalmente les concede sesenta días de perdón, por cualquiera de estas obras de misericordia que hicieren, todas las veces que asistieron, como congregantes, a las misas, o divinos oficios, que se celebraren en la expresada iglesia , a las juntas públicas, o secretas de la congregación, para alguna obra piadosa, a las procesiones ordinarias, o extraordinarias, así de la congregación, como otras cualesquiera, de licencia del ordinario, a enterrar a los a los muertos, acompañar al Santísimo Sacramento de la eucaristía, cuando se lleva a los enfermos; o si legítimamente impedidos no pudieran hacerlo, se arrodillaren al oír la campanilla, y rezaren por el enfermo un padre nuestro, y una vez varía, si usasen de hospitalidad con los pobres peregrinos, o les dieran limosna si hicieren las bases con sus enemigos, o entre los prójimos enemistados, si redujeran el verdad al verdadero camino de la salvación a alguna persona desviada de él, si enseñar en la doctrina cristiana a los que no la saben, si visitaren a los enfermos, y los consolaren en sus enfermedades, si rezaran cinco veces el Padre nuestro, y ave María por los hermanos congregantes difuntos, y últimamente, siempre que hicieran alguna otra obra de misericordia espiritual, o temporal. Celebrase entonces la fiesta principal del día quince de septiembre.
Así es reverenciada de los nacionales, sus esclavos, que pasan hoy de cuatrocientos; y entre ellos se alistaron los católicos monarcas —don Fernando el Sexto, y doña María Bárbara—, a su esposa que Santa Gloria haya en el año de mil setecientos cincuenta y ocho, en señal de la devoción con que la veneraban. No fue esta la primera ocasión en que mostró su afecto este piadoso rey, pues, en otras, le había ya declarado el año de mil setecientos cincuenta, en el que, conociendo que los favores de la Madre de Dios, no solo se extendían a los cántabros como sino que se dilataban también a otras provincias como despachó real cédula en su «Real Consejo de Castilla», registrada por el ilustrísimo señor don Francisco Pérez de Prado, comisario general de cruzada; y por ella dio facultad de demandar limosnas en obsequio, y culto de la Bien Aparecida señora por los arzobispados de Burgos, y Santiago, y obispados de Palencia, y León.
Nuestro católico monarca, que felizmente reina, «don Carlos III», hermano, y sucesor de «don Fernando», y nada inferior en la devoción a María Santísima Bien Aparecida, no se contentó con confirmar el privilegio concedido por su augusto padre don Felipe V, sino que le amplió en la forma siguiente:
Don Carlos por la gracia de Dios, rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, señor de Vizcaya, y de Molina, etc. Por cuanto por Real cédula de dieciséis de abril del año pasado de mil setecientos cuatro, se sirvió conceder la majestad del Señor «Rey don Felipe V» que está en gloria al Abad, y mayordomos del Santuario de nuestra Señora de la Bien Aparecida, que se venera en el lugar de Hoz de Marrón, «jurisdicción de la Villa de Laredo», privilegio, para que en el sitio de dicho templo pudiesen hacer, e hiciesen en cada año tan solamente una feria pechera en los dos días de —San Felipe, y Santiago, y San Antonio de Padua—, con tal de que hubiese de durar por los citados dos días cumplidos, y no por más; concediendo el que en dicha feria se pudiesen vender, y comprar todos, y cualesquiera generoso de mercaderías, y cosas comestibles, sin exceptuar ningunos, concurriesen de pagar la alcabala, y todos los demás derechos reales, sin reservar cosa alguna de ello, en la forma, según, y de la manera que se debía como y pagaba de todo lo que no era Franco, y reservado. Y por Real orden de —diez y nueve de enero de este año—, comunicada al nuestro consejo, se ha servido nuestra real persona a ampliar el citado privilegio, para que celebren las exprese expresadas dos ferias, la primera en los días primero, segundo, y tercero de mayo, y la segunda en dieciocho, diecinueve y veinte de junio de cada año. Y habiéndose publicado en el nuestro consejo la citada Real orden, por su decreto de veintiuno de dicho mes de enero acordó su cumplimiento; y para que le tenga como corresponde, expedir esta nuestra carta, por la cual, en conformidad de lo resuelto por nuestra real persona en la expresada —orden de diecinueve de enero de este año como ampliamos el citado privilegio concedido a los mayordomos del Santuario de nuestra Señora de la Bien Aparecida del lugar de Hoz de Marrón—, para que sin incurrir en pena alguna puedan celebrar las referidas dos ferias en los días primero, segundo, y tercero de mayo, y la segunda en dieciocho, diecinueve, y veinte de junio de cada año, concediéndoles en caso necesario licencia, y facultad en forma para ello punto y mandamos al gobernador de las «Cuatro villas de la costa de la mar», y demás justicias, ministros, y personas a quienes corresponda, no impidan, ni «embarazasen» con pretexto alguno las citadas dos ferias en los días señalados; antes si concurran por su parte a que tenga efecto lo determinado por nuestra real persona, que así es nuestra voluntad, de lo cual mandamos dar, y dimos esta nuestra carta, sellada con nuestro sello, refrendada de don Ignacio Esteban de Digareda, nuestro secretario de cámara más antiguo, y de Gobierno del nuestro consejo, y librada por los de en Madrid, a —veintisiete de marzo de mil setecientos sesenta y cinco—. Diego obispo de Cartagena
[4], don Josep Moreno
[5], don Josef del Campo
[6], don Juan Martín de Ganio
[7], don Antonio Francisco Pimentel
[8], yo don Ignacio Esteban Digareda
[9], secretario de Cámara del rey nuestro señor, la hice escribir por su mandado, con acuerdo de los de su consejo.
Sigamos el ejemplo de tantos devotos para lograr con la protección de María Santísima una dichosa muerte. Amén.
Notas del Autor.
«Al rescatar estas páginas del siglo XVIII, mi único deseo ha sido dar voz fidedigna al Fray Joseph de León. Si en el proceso de interpretación de sus grafías o en la reconstrucción de los sucesos de la Aparición hubiera incurrido en alguna imprecisión, ruego al lector sepa disculpar la falta, entendiendo que nuestra intención no es otra que honrar la memoria y la devoción de este tesoro documental de Cantabria.»
«Dada la antigüedad del manuscrito Fray Joseph de León y las naturales dificultades que presenta su caligrafía y conservación, he puesto el máximo celo en su fiel transcripción. No obstante, pido la benevolencia del lector ante cualquier posible error u omisión que pudiera haberse deslizado en el texto, fruto de la complejidad del documento original, y quedo abierto a cualquier corrección que contribuya al rigor histórico de este relato».
«Este trabajo nace de una promesa personal a la Virgen de la Bien Aparecida, y de una llamada interior que me ha guiado a lo largo de cada página; un compromiso contraído que hoy, por fin, ve la luz. No obstante, soy consciente de la distancia que separa mi limitada pluma de la grandeza del suceso que aquí se narra. Por ello, si en el empeño de transcribir fielmente el legado del Padre Fray Joseph de León se hubiera deslizado algún error o imprecisión, ruego al lector sepa disculpar la falta. Espero que mi voluntad de cumplir con la palabra dada prevalezca sobre cualquier torpeza en la escritura, pues este relato ha sido trazado con tanto rigor como devoción».
«La presente obra nace de una promesa personal que me ha impulsado a rescatar este legado. Sin embargo, este trabajo trasciende el ámbito de la devoción para convertirse en un vasto fresco histórico; el manuscrito del Padre Fray Joseph de León es una ventana que nos permite observar el fluir de la España de siglos anteriores, analizando cómo se tejieron los linajes y familias que dieron identidad a nuestra tierra mucho antes de aquel 1605».
Se detallan con minuciosidad los sucesos —tanto providenciales como humanos— que tuvieron lugar antes y después de la Aparición. Soy consciente de que, ante tal densidad de datos históricos y genealógicos, mi pluma puede haber cometido alguna imprecisión; si así fuera, ruego al lector su benevolencia, entendiendo que este esfuerzo es el cumplimiento de una palabra dada y un homenaje a la verdad histórica y espiritual que estas páginas custodian."
La Estrella de David en la Portada
La Estrella de David —o sello de Salomón— sobre la Cabeza de la Virgen de la Bien Aparecida que aparece en la portada es un símbolo que suele desconcertar al observador contemporáneo, pero que para un erudito del siglo XVIII como el Padre Joseph de León o un gestor de la tradición como don Tomás de Escajadillo, contenía una coherencia teológica absoluta. Su cabida en esta imagen se justifica a través de tres ejes fundamentales: el linaje, la profecía y la protección.
El Linaje de Jesé, «María como Hija de Sión». El motivo primordial es genealógico. La teología cristiana reafirma que María es el «vástago del tronco de Jesé». Al colocar la Estrella de David sobre su cabeza, no hace sino confirmar que la Virgen es la culminación de la estirpe real de David. Ella es la Hija de Sión por excelencia. En el contexto de «los pleitos de la Junta de Voto», este símbolo refuerza la idea de la «Nobleza de Sangre», si la Virgen es Reina por linaje bíblico, su santuario debe ser custodiado por la hidalguía de Voto, creando un espejo entre la nobleza divina de la Imagen y la nobleza terrenal de sus guardianes.
El Simbolismo de la Sabiduría Salomónica. La estrella de seis puntas es también el Sello de Salomón. En la tradición Mariana, a la Virgen se la identifica con el «Trono de la Sabiduría». El hexagrama representa la unión perfecta entre lo divino «el triángulo que apunta hacia arriba» y lo humano «el triángulo que apunta hacia abajo». Que la Bien Aparecida porte este símbolo sobre su cabeza indica que «ella es el punto de encuentro donde el Cielo bajó a la Tierra». Para los habitantes de la zona, en un entorno de naturaleza salvaje como Bosquemado, esta estrella actuaba como un símbolo de orden y armonía divina sobre el caos de la selva y la montaña.
La estrella sobre la Virgen no es un adorno, es una brújula espiritual, es la Stella Maris “Estrella del Mar) que, aunque aquí se encuentre tierra adentro en la Hoz, guía a los fieles a través del «bosque quemado» de la vida hacia el puerto seguro de la Fe.
La «Conexión con el Pasado Visigodo y Templario». La geometría del hexagrama era común en el arte prerrománico y Visigodo —pensemos en las celosías de piedra—. Si «el origen de la imagen se vincula a la época de los Godos y al Obispo Tajón», la Estrella de David funciona como un puente temporal. Es un símbolo que los caballeros de las órdenes militares —como los Templarios de Udalla— conocían bien, pues para ellos representaba la protección de Dios sobre el guerrero. En la Bien Aparecida, la estrella es el escudo que protege la ortodoxia frente a las «tentaciones» externas “o las ambiciones de villas vecinas como Ampuero).
La estrella sobre la Bien Aparecida es, en última instancia, una declaración de Soberanía. Une el Antiguo Testamento con el Nuevo, la piedra de la Hoz con la seda del Terno de Damasco, y el misterio del —Bosque con la luz de la Revelación—. Al llevarla sobre su cabeza, la Virgen no solo se presenta como Madre de Dios, sino como la legítima heredera de un trono antiguo que la Junta de Voto juró defender.
La Junta de Voto
La junta de Voto es el lugar donde concurre toda esta historia, puede confundir con la época actual, ya que el Santuario de la Bien Aparecida pertenece al termino municipal de Ampuero. Al igual que Udalla, aunque hoy sea una junta vecinal de Ampuero, fue históricamente el «brazo» de la Junta de Voto. En 1777, cuando Joseph de León escribe el manuscrito, la identidad de un vecino de Udalla estaba ligada por fueros y leyes a Voto.
Lo que los tribunales y la fe defendieron en el XVIII, la reestructuración territorial lo cambió en el XIX y XX.
Es importante que el lector contemporáneo se sitúe en el mapa de 1777. Aunque —hoy Udalla es una junta vecinal perteneciente al municipio de Ampuero—, en la época de este manuscrito formaba parte integrante de la «Junta de Voto». Este vínculo es la piedra angular para comprender por qué el «Santuario de la Bien Aparecida ha sido, históricamente, el corazón espiritual de Voto», a pesar de las lógicas tensiones territoriales derivadas de su cercanía al Valle del Asón.
La organización por «Juntas» y el Corregimiento
En aquella época, Cantabria no estaba organizada por municipios modernos, sino por Juntas y Valles que se agrupaban en el Corregimiento de las Cuatro villas de la Costa. La Real Junta de Voto era una entidad administrativa con personalidad propia y gran peso político. El santuario se encuentra físicamente en el término de Marrón, el cual pertenecía históricamente a la jurisdicción de la Junta de Voto. Por tanto, ante cualquier trámite legal, donación o pleito, la autoridad civil de referencia era la de Voto.
El Castellano Viejo
Nota sobre el lenguaje: En la redacción de esta obra se ha buscado un equilibrio entre la fidelidad histórica y la fluidez narrativa. Por ello, se ha mantenido en gran medida el castellano de la época para preservar la esencia de los documentos originales, actualizando únicamente aquellos términos cuya grafía antigua dificultara la comprensión. El objetivo es que el lector sienta el espíritu del tiempo en que se escribió esta historia sin sacrificar la comodidad de una lectura contemporánea.
[1] Para el siglo XVIII, el cornado ya no se acuñaba, pero el término sobrevivía en el lenguaje popular para referirse a una moneda de muy poco valor o a una cantidad insignificante de dinero.
[2] La grafía «Mechuacán» es la forma antigua y habitual de referirse al actual estado y región de Michoacán, en México. La figura de Antonio de Barreda es un ejemplo perfecto de los lazos que unían a la hidalguía montañesa de Cantabria con la administración de los Virreinatos en el siglo XVIII. Su perfil combina el origen en un linaje de prestigio local con una carrera institucional relevante en la Nueva España «actual México».
[3] Era un imponente convento de Agustinos Calzados situado en la Puerta del Sol, en la esquina con la calle Mayor. Pero más allá de ser un edificio religioso, era famoso por su «Gradas de San Felipe». Una conexión directa con los centros de poder y la vida social de la capital del Reino.
[4] Diego de Guzmán y Haro «h. 1566-1631» no solo fue obispo de Cartagena, sino que alcanzó las más altas dignidades: fue Arzobispo de Sevilla y Cardenal. Su mandato como obispo de Cartagena coincide con los años de consolidación de muchos santuarios tras el Concilio de Trento.
[5] Josep Moreno, Es quien levanta el acta de una donación al Santuario o de una declaración de un testigo de la Aparición. Dado que el apellido Moreno está muy ligado a familias de marinos y administradores de la época, podría ser el encargado de registrar los exvotos «objetos dejados en agradecimiento» que llegaban al puerto.
[6] La administración de los fondos destinados al culto recaía en hombres de probada integridad, como don Josef del Campo, quien, según el legajo de 1777, supervisó con celo las obras de mejora del camarín de la Virgen»
[7] El maestro Juan Martín de Ganio —según consta en el presupuesto de la obra— insistió en que la piedra debía ser traída de las canteras más próximas para asegurar la homogeneidad del color.
[8] Antonio Francisco Pimentel es de una relevancia nobiliaria y política de primer orden. Los Pimentel eran una de las familias más poderosas de la aristocracia española «vinculados al Condado-Ducado de Benavente», y su presencia en un documento sobre la Aparición de la Bien Aparecida suele indicar un alto nivel de patronazgo o una intervención directa en los asuntos de la comarca.
[9] Don Ignacio Esteban Digareda, secretario de Cámara del Rey Carlos III nuestro señor, escribe una carta por su mandado, con acuerdo de los de su consejo. «Esta fórmula de validación —habitual en los documentos expedidos por la Secretaría de Cámara— eleva el relato de la Bien Aparecida de una crónica local a un asunto de Estado, sancionado por el propio Consejo del Rey».
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