La Bien Aparecida - Capítulo 18

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPÍTULO XVIII

DASE BREVE NOTICIA A DON JOSEF

De Palacio, y de su grande devoción a María Santísima, en su Sagrada Imagen Bien Aparecida


Siendo el único, o principal fin de escribir esta Historia, manifestar las excelencias, y especiales misericordias de María Santísima, y animar a los Fieles a una cosa tan importante, como es la devoción con esta Madre de Clemencia, no será fuera de propósito gastar un poco de tiempo en decir algo del devoto don Josef, por donde veamos el poder grande con que atrae los corazones, y uno de los más singulares ejemplos, para excitar nuestros afectos.

Por esta causa dejé en lo antecedente de referir algunas cosas, que parecían precisas, reservándolas para esta ocasión, en la que una breve y ordenada narración las hará al paladar del Lector; más agradables, y para la imitación más claras.

Fue don Josef natural de Limpias, Lugar distante de Marrón media legua, hijo de padres nobles, y de mediana riqueza, le criaron como correspondía a su nacimiento, educándole en las buenas letras, que, con la buena disposición, y talentos le hicieron hábil para obtener el empleo de teniente en el Real Valle de Mena. Entre otras prendas que le engrandecían era de las mayores la devoción con que amaba tiernamente a María Santísima, particularmente en su Aparecido Simulacro, a cuyo templo iba cuando se lo permitían los cuidados de su cargo, a adorar, y venerar a esta Santa Imagen. 



Una vez que se halló desocupado determino pasar al sagrado templo, pocos meses después de la ruina de la ermita; y viendo con tal mal aparato la Casa, y Morada de su querida prenda, se afligió en gran manera su espíritu, y así atribulado, se puso de rodillas, haciendo fervorosa oración, como acostumbraba, acabada ésta, y saliendo de la ermita, llamó a los mayordomos, y a la «Beata Francisca de la Calzada», y guiándolos por detrás del arruinado edificio, al llegar a sitio, que hoy es «Camarín de la Virgen Soberana», dio un golpe con el bastón en un grueso roble, que allí había, y lleno de confianza, les dijo: Yo he de cortar este árbol, y tengo que planificar una iglesia grande, que nunca se alargue Más, hasta aquí ha de llegar. Le oyeron con gusto los circunstantes, porque el buen concepto en que le tenían, les daba algunas esperanzas de que cumpliría lo prometido; más no las tenían por muy seguras, por no creer que bastaría su caudal para tan grande obra. Se despidió el Devoto, y volviendo a su casa, no tuvieron los mayordomos la menor noticia de él, hasta el año mil setecientos uno.

No fue poco que los mayordomos no se hubiesen burlado de la oferta, pues no era posible alcanzar el medio que el amor había enseñado a don Josef. Ya éste sin duda había discurrido el arbitrio de pasar a Indias, para recoger limosnas entre sus paisanos, o a lo menos lo discurrió poco después, como mostraron los efectos. Le pareció, que si tomaba la determinación de embarcarse para navegar hasta la Nueva España había de recoger muchas limosnas entre los cántabros que en ella residían, porque sabía, que muchos de ellos eran ya muy devotos de María Santísima Bien Aparecida, noticiosos de los repetidos milagros que obraba su piedad, y sobre todo prendados del singular favor, que les había hecho viniendo a avecindarse a su Patria. Tampoco dudaba, que otros muchos, con los informes que el haría de estos beneficios, se mostrarían agradecidos, expendiendo con liberalidad sus tesoros en obsequio de la Celestial Bienhechora.

Con este pensamiento resolvió hacer el dilatado, y penoso viaje; y vistiéndose un Habito de la Tercera Orden del Seráfico Padre Francisco, se encamino a Cádiz, adonde llegó en ocasión tan buena, que estaba la Flota para hacerse a la vela; y embarcándose en una de las Naves, llevando por Norte a su amada Bien Aparecida, arribó, sin experimentar el menor riesgo, al —Puerto de Veracruz— en el que halló lo que podía esperar, quién llevaba a María Santísima por guía, y norte de su navegación.

Hallábase a la sazón por Gobernador de aquel Puerto don Francisco Lorenzo de Rada[1], Caballero de la Orden de Santiago, natural de la Villa de Laredo, y Llegando don Josef a hablarle con la confianza de Paisano, le dio cuenta muy por menor del motivo de su viaje, y de los favores que la Celestial Reina había franqueado a su Provincia. Sintióse el Gobernador de tal suerte obligado a corresponder agradecido, que después de haberle dado una buena limosna, alentó a los demás Paisanos para lo mismo; con lo que en solo este Puerto recogió más de dos mil pesos; y pasando más adelante la devoción del Gobernador, dio al demandante Cartas de recomendación para los amigos y naturales, residentes en México, adonde disponía su viaje.

Llego con las Cartas, y repartiéndolas a sus respectivos dueños, les iba informando al mismo tiempo del fin de su navegación, de la intención de fabricar un templo de la Madre de Dios, y de todo lo que conocía ser conducente para mover los ánimos. De esta suerte recibió mayor cantidad que en la Veracruz, y al cabo de año y medio, que gastó en adquirir estas limosnas, y en llevar el nombre de esta Santa Imagen por aquel mundo, se volvió a embarcar para España, donde desembarcó con felicidad, sin que en todo este tiempo hubiesen tenido los mayordomos noticia de su viaje, ni de la salud, vida, o muerte de este Peregrino Devoto.

Luego que se restituyó a su casa, fue a visitar a la Reina del Cielo, en ocasión que, como ya hemos dicho, se estaban abriendo los cimientos para la Fábrica de un reducido templo, por la escasez de medios para mayor obra; y ofreciendo caudal suficiente para más suntuoso edificio, se le dio principio, cortando el con sus propias manos el roble, como mucho antes había prometido; y pagando los gastos que se iban ocasionando, hasta que, consumido su caudal, dijo, que no podía dar más.

Entonces el Maestro, a quién se le debía alguna cantidad, viendo que no hallaba modo para cobrarla, puso contra el demanda ante la —Justicia Ordinaria de la villa de Laredo—, y no hallando ésta cauda legitima que le escusara de la paga, le puso en la Cárcel, donde estuvo padeciendo el buen devoto algunos meses- Mejor que el Maestro pudieran haberse quejado de don Josef los mayordomos, pues habiendo hecho estos la Escritura, podían ser obligados a la satisfacción, que habían prometido, confiados en la palabra, que ni cumplía, ni podía cumplir este devoto, pero no mostraron la más leve seña de sentimiento, antes considerando su piadoso celo, los graves riesgos a que se había expuesto, la liberalidad con que había dado principio a la obra, y la voluntad con que se obligó a la conclusión, le mantuvieron durante el tiempo de sus prisión, y fueron los más solícitos agentes, —empeñándose con el gobernador—, hasta lograr que se le pusiese en libertad.

Desprendiéndose don Josef de las prisiones en que le había puesto la justicia de Laredo, más no pudo desatar tan fácilmente otras mayores, con que le había preso la misericordia de María, y que él con toda su voluntad apetecía. Apenas salió de la Cárcel, cuando expresó a los mayordomos las congojas que padecía en su corazón por no ver concluida la obra, y que se sentía movido interiormente a emprender otro viaje hasta Perú, para manifestar a los cántabros que allí residían lo que había comunicado a los de México, con lo que esperaba conseguir lo suficiente, para satisfacción de sus deseos, y para recaudar con mayor seguridad las limosnas, y pedir a todos sin estorbo, les suplicaba, que le alcanzasen de los Vecinos de Marrón un Poder, y con sacaría de los Tribunales competentes todas las facultades necesarias.

Parecióles bien la prudente proposición, y convocado el Pueblo a son de Campana, según costumbre, otorgaron el Poder, con la cláusula de substitución, en veintinueve días del mes de diciembre de mil setecientos uno, ante el Notario «Francisco González Haro»; como consta del mismo instrumento, que está en poder de su hijo «Juan Manuel Haro», Escribano del Numero de la Villa de Laredo, y de la copia que se guarda en el Archivo del nuevo templo.

Con este Poder, y algún dinero con que le asistieron los Diputados, se despidió segunda vez de María Santísima su verdadero amante, para buscar en las más remotas Provincias tesoros con que obsequiarla, y servirla. Llegó a Burgos, y representó al Prelado sus intentos; quien, informado de todo, puso a continuación la Certificación correspondiente, y la firmó, como también su secretario. Con ella prosiguió su camino, hasta esta Corte de Madrid; y presentando sus Papeles en el Tribunal de Indias, habiendo sido vistos por los Señores del Consejo, alcanzó —Cedula Real—, para que los Virreyes, Gobernadores, y Oficiales Reales del Reino de Indias le protegiesen, asistiesen, y asegurasen las pías limosnas que recogiese en las Cajas Reales, y se remitiesen a España con este título: Para la Fábrica del templo de la Imagen de la Madre de Dios Bien Aparecida, en el lugar de Hoz de Marrón. Como consta del Libro de Gracias del año mil setecientos dos. Con esta facultado, y lleno de santos deseos, llego a Cádiz, y estando para hacer viaje a la América los Galeones, entrando en uno de ellos, arribó felizmente al Callao de Lima.

Poco tiempo se entregó al descanso don Josef, que teniendo por el único alivio de sus fatigas adquirir tesoros para su amada Señora, comenzó luego a recorrer las habitaciones de todos los Paisanos, y a darles noticia del bien que se había aparecido en su Tierra; de lo mucho que amaba a su Aparecida toda la Provincia, y del grande sentimiento con que quedaba por no poder hacerle templo magnifico según sus deseos, suplicándoles que ayudasen a tan debida empresa.

Fueron de tal eficacia sus palabras, que todos procuraron asistirle, dándole cada uno lo que podía; y en breves días juntó para la obra tres mil pesos. ¿Quién no creería, que el piadoso celo de este devoto descansaría ya, dándose por satisfecho con lo adquirido, y por contento con los trabajos que había padecido? Pues no fue así, sino que aspirando a más su devoción, como si nada hubiera hecho hasta entonces, emprendió nuevo viaje hasta el Cuzco, donde moviendo corazones de aquellos habitantes, recogió mayor limosna que en Lima, y depositándola en personas de su confianza, consumido con los trabajos, quebrantando con las dilatadas jornadas, y lleno de confianza en la Reina de los Ángeles, a quién tan tiernamente había amado, descansó en paz de todas sus fatigas; yendo, como se puede creer, a disfrutar el premio de sus merecimientos en la eterna compañía de su adoraba Madre, año de mil setecientos cuatro, en la «Ciudad de Cuzco, Reino del Perú».

Claramente nos descubre este suceso el eficaz poder de María Santísima, para arrebatar dulcemente a los corazones, llevándolos con gusto, como al de este devoto, a quién llevó por tan remotas Provincias atado con cadenas de su amor, sin poder detenerle los peligros del mar, ni de la tierra, y verdaderamente, que si en todos no se siente la misma eficacia, no es porque las excelentes prerrogativas de la «Madre del Todopoderoso» no tengan suficiente bondad para atraernos, sino quizá porque no las conocemos como debemos, o porque no las meditamos como conviene; porque ¿quién contemplará aquel abismo de humildad, con la que, cuando el Ángel la declaró Madre del Verbo Eterno, se confiesa esclava, aquel océano de misericordia, que contiene a la Divina Justicia, para que no descargue sobre los pecadores el brazo de su venganza? ¿Aquel cúmulo de perfecciones, y gracias la elevan sobre todas las puras criaturas, y la hacen bendita entre las Mujeres? Y, sobre todo, aquella inexplicable dignidad de Madre de todo un Dios; que no sienta en su espíritu un amoroso impulso, cuya actividad, suave, y fuertemente le arrastre a amarla, venerarla, y servirla, aunque fuera a costa de muchas vidas. «Ojalá que el ejemplo de este devoto haga en nuestra alma la impresión que tanto nos importa, para lograr las mayores felicidades en el fin». 

[1] Francisco Lorenzo de Rada «1660-1713» fue un personaje fundamental para la historia y el arte de Cantabria, especialmente vinculado a la zona de la Junta de Voto, donde nació en la localidad de Laredo. Ostentó el título de I Marqués de Valdecilla y fue Caballero de la Orden de Santiago. Mecenazgo en el Santuario: Fue uno de los grandes impulsores de la devoción a la Virgen de la Bien Aparecida. Al igual que otros indianos de la época como Francisco Escajadillo, su apoyo económico fue vital para transformar el santuario en el centro de peregrinación que conocemos.

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