La Bien Aparecida - Capítulo 17

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPÍTULO XVII

BENDÍCESE EL NUEVO TEMPLO

De nuestra Señora, colocase en su Trono la Sagrada Imagen, y se concluye la Fábrica.

Los que deseaban sobremanera el mayor culto, y veneración de María Santísima, mal podrían sufrir tener retirada en su Camarín[1] a esta Señora; y así no es mucho que se dieran tanta prisa a sacarla de él, que en el mes de mayo del mismo año veintidós la venerasen colocada ya en su nuevo Trono. Mientras derribaban los operarios la antigua ermita, se estaba fabricando con la mayor presteza una hermosa Urna, que ya perfeccionada, y dorada, se puso donde había de estar el nuevo Retablo, o Altar Mayor, para entretanto depositar en ella el Sagrado Tesoro; y como para esto convenía que precediese la bendición del nuevo templo, la pidió el mayordomo Eclesiástico al Ilustrísimo Señor don Manuel Francisco Navarrete Ladrón de Guevara, arzobispo de Burgos, quien remitió la comisión a don Diego de Matienzo, Cura de Ampuero, para que asistido de los mayordomos, y Diputados, le bendijese, según las ceremonias que prescribe el ritual Romano, en cuya virtud se hizo aquella Sagrada Ceremonia, con la asistencia de muchas personas, celebrándose después el Santo Sacrificio de la Misa. Quedando ya el templo proporcionado para colocar en él la Sagrada Imagen, pasaron a señalar el día de función tan clásica, y solemne, que fue el veinticuatro de mayo del mismo año, y primero de Pascua de Espíritu Santo.



Cuando ya se iba acercando este feliz y deseado día, se fijaron edictos, dando noticias de la nueva traslación, con cuyo motivo fue muy crecido el número de personas que concurrieron de todas partes, tanto, que jamás se había visto tan grande concurrencia en los días en que se celebraba la maravillosa Aparición. Asistió el Gobernador, y Ayuntamiento de Laredo, otras muchas justicias de los circunvecinos pueblos, y asimismo diferentes Prelados, y muchos religiosos de distintas órdenes, con la Clerecía que adorna una gran parte de la provincia de Cantabria.

Todos juntos formaron una solemne procesión, que presidía por la Imagen Sagrada de María, llenaba de regocijo a cuantos la miraban; y alternando los Sacerdotes, que entonaban himnos, con la música, que resonaba entre los árboles, hacían de la cumbre un ameno, y delicioso paraíso. Volvió a su templo la Imagen de María, seguida de una comitiva innumerable, y colocada en la dorada Urna, llevaba las atenciones de los circunstantes, que, en tiernos afectos, y amorosos respetos, ofrecían de nuevo su corazón para sus obsequios.

Entretanto que cada devoto desahogaba sus ansias, se preparaban el Preste, y sus ministros que, saliendo al Altar con ricos Ornamentos, dieron principio al Santo Sacrificio, solemnizado con agradables instrumentos músicos y con un elocuente Panegírico[2] de las prerrogativas y excelencias de la Virgen Madre. Repitiese lo mismo en los dos siguientes días de la Pascua, para tenerlos todos tres felices; y el tiempo que sobraba de ellos le dedicaban a entretenidas farsas, fiestas de pólvora, y otras recreaciones honestas, que tenían en continua alegría a los concurrentes; y admirados todos, se hacían lenguas de lo que habían visto. Los que pocos años antes vieron arruinada la ermita, decían llenos de admiración, —«qué es lo que están viendo nuestros ojos» «qué diferencia es esta que ha hecho el tiempo» «cómo se han hecho tantas cosas en tan pocos años»— Prodigio es cuanto registra la vista; y unos diciendo estas, y semejantes palabras; otros escuchándolas gozosos, se despidieron de la Sagrada Virgen, y encaminaron a sus casas dando a Dios gracias, como Autor de las maravillas, y a su Madre Santísima, por cuyo medio había hecho el señor tan extraña novedad, para beneficio de los mortales.

Parece que con esto debieran haber quedado satisfechas las ansias de los cántabros Devotos, pues habían logrado lo que parecía increíble; pero lejos de apagarse la sed ardiente de su devoción, anhelaban a más, como si nada hubieran conseguido. Dieron orden al Maestro de proseguir la comenzada Fábrica de las Capillas, y Espadaña[3], para cuya conclusión le aprontaron en el año de veinticuatro, veinticinco mil cuatrocientos noventa y cuatro reales; con ellos, y otras diferentes limosnas, y caudal que adelantó el mayordomo , vieron perfeccionaba esta obra en el año treinta, y emplearon los cuatro años siguientes en el interior adorno; cuya perfección hubiera dado presto que admirar a muchos, si María Santísima, deseosa de experimentar su devoción, como tantas veces había practicado, no hubiera permitido que se vieran en la mayor tribulación.

El día Martes tres de marzo de mil setecientos treinta y cuatro quiso la Virgen Soberana hacer prueba muy grande de la constancia de sus amantes cántabros. Este día a las tres de la tarde, se desprendió sobre la Espadaña la violencia de un rayo; se introdujo por la Cruz, que la coronaba y despidiendo por todos lados la sillería, cargó en la iglesia, y Capillas mucha abundancia de materiales, que las maltrataron; dividió diez pies de pared, para introducirse en la tierra, por el medio de la puerta meridional, y arrancando de ella dos crecidas piezas, arrojó la una sobre el Altar Mayor y la otra en el pórtico de una casa. Ni la hospedería quedó libre de aquella horrible furia, porque una pesada piedra que dio sobre el techo, le hundió, y no paró hasta el suelo de un aposento.

No quiso la Soberana Reina dejar a nuestra consideración el dolor que ocasionaría esta ruina en aquellos piadosos corazones, y así aplicó prontamente el remedio, para declararnos lo amargo de tan grande sentimiento; y que hubiera sido intolerable como si no le hubiera mitigado en mucha parte, dándoles a entender, que entre tantos quebrantos no se olvidaba de ellos su clemencia; para eso quiso la Virgen Soberana que ni la pieza que dio en el portalillo hiciese mal a dos niños que en él se hallaban, y los muchos fragmentos, que rodaron precipitados desde la cumbre, por el camino que baja al Pueblo, tocasen a un Sacerdote, que por él caminaba, ni la piedra que hundió hospedería dañara a ninguno de los habitantes; antes bien se quedase a los pies de un Religioso de la orden del Seráfico[4] Padre San Francisco, que se hallaba a la sazón en aquel aposento; acordándoles con esto la Divina Madre, que siempre estaba pronta para ampararlos su misericordia.

No sirvió menos para mitigación de la pena tener ya en su poder los mayordomos diez mil pesos, ofrecidos por un devoto, que se llamaba don «Joseph del Rivero», sobrino de don «Josef de Palacio», para el adorno interior del nuevo templo, con ellos determinaron acudir a lo más preciso, que era volver a poner en orden lo arruinado; y en el año treinta y seis estaba ya todo con mayor percepción que la que antes tenía, el de treinta y siete, en que murió el mayordomo Eclesiástico don «Francisco Escajadillo»[5], se comenzó a igualar, y cercar la circunferencia del templo, hermoseándole con un espacio Atrio su sucesor don «Antonio de Iturralde»[6], que murió en el treinta y ocho.

En el treinta y nueve se hallaba ya el templo con el nuevo Retablo, con dos Altares Colaterales, y con Efigies nuevas. En este mismo año se colocó en el Retablo Mayor[7] la Sagrada Imagen, a quince de Septiembre, con la —concurrencia de más de cinco mil personas, que asistieron a celebrar aquel día—, por haber sido en él la Milagrosa Aparición; y al presente se hallan en cada Colateral tres Altares, todos de exquisita hermosura, y perfección; y todo lo que compone el nuevo templo está manifestando, que María Santísima ha convertido en mayor bien todas las ruinas; y las pesadumbres de sus amantes, en los crecidos gozos con que se deleitan ahora, contemplando la hermosura, y perfección del nuevo templo.

[1] El Camarín es una pieza arquitectónica fundamental en los santuarios barrocos españoles, y tiene una relevancia especial en el caso de la Virgen de la Bien Aparecida.

[2] Es un discurso o composición literaria que se pronuncia en alabanza de una persona, especialmente de un santo o una figura ilustre fallecida.

[3] Es una estructura vertical de piedra, plana y delgada, que se eleva sobre el tejado de la iglesia o sobre un muro. Su función es servir de campanario, pero a diferencia de una torre cerrada, la espadaña es un muro calado con vanos «huecos» donde se cuelgan las campanas.

[4] la Orden del Seráfico, se refiere a la Orden Franciscana, también conocida históricamente como la Orden de los Frailes Menores. Recibe este nombre en honor a su fundador, San Francisco de Asís, a quien se le conoce como el «Padre Seráfico».

[5] Don Francisco Escajadillo es una figura clave en la historia del Santuario de la Bien Aparecida, ya que fue el gran impulsor y benefactor de las obras que dieron forma al conjunto que conocemos hoy.

[6] Fue sobrino de Francisco Escajadillo y actuó como su mano derecha y albacea testamentario Tras la muerte de su tío, Antonio de Iturralde fue quien se encargó de supervisar y llevar a término las grandes reformas en el santuario, asegurando que se cumpliera la voluntad de Escajadillo. Coordinó los trabajos de Raimundo de la Sierra para la creación del espectacular retablo mayor churrigueresco que hoy preside el templo. Al igual que su tío, representó la figura del indiano devoto que, habiendo prosperado en América «específicamente en México», retornó parte de su éxito a su tierra natal a través del mecenazgo religioso y artístico.

[7] El retablo mayor del Santuario de la Bien Aparecida es una de las piezas artísticas más destacadas de Cantabria. Se trata de una obra excepcional del estilo churrigueresco «barroco español tardío», realizada hacia el año 1734. Fue diseñado por el maestro trasmerano Raimundo de la Sierra y financiado gracias a la generosidad de don Francisco Escajadillo, un indiano que destinó su fortuna a embellecer el Santuario. La pieza está organizada en tres calles divididas por grandes columnas salomónicas y decorada con una exuberante ornamentación. Destaca por su impresionante cobertura en pan de oro, que otorga un brillo intenso a todo el conjunto. Incluye diversas tallas de santos y relieves que narran pasajes religiosos. En el corazón del retablo se encuentra una hornacina que alberga la pequeña talla de la Virgen de la Bien Aparecida, de apenas 21 cm. Esta hornacina está conectada con el camarín posterior, permitiendo que la imagen sea el punto focal de las preces de los fieles. 

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