HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPÍTULO XVI
EL CATÓLICO DE DON FELIPE V
Concede privilegio de Ferias como con cuyos productos y otras ofertas de devotos, se continúa la portentosa Fábrica.
Llenos de desconsuelo se hallaban los corazones de los devotos cántabros, al ver la demasiada lentitud con que se levantaba su edificio; y temerosos de que les llegaría el mayor conflicto, quedándose con la obra comenzada; porque los caudales adelantados por los diputados, y adquiridos con la venta de alhajas, y posesiones podían servir para adelantar algo, más no para la conclusión de planta tan magnífica.
No obstante, no desmayó la valentía de su ánimo, que nunca conoció a la cobardía, ni volvió a las dificultades la espalda; antes bien, conociendo que los asuntos más arduos se habían de emprender con más esfuerzo, y manejar con mayor cuidado; trató de discurrir medios, que le condujesen al deseado fin, pidiendo a la Aparecida Madre sus soberanas luces para el acierto. Se juntaron los mayordomos, y Diputados, y discurriendo sobre lo que podrían elegir para su intento, dieron felizmente en el de pretender Privilegio de Feria para todos los años, con cuyo producto se prometían buen progreso, y con el mayor concurso de devotos esperaban más abundancia de limosnas.
Comunicaron al pueblo este pensamiento, y en su nombre otorgaron poder, en testimonio de «Francisco González Haro», a —veintisiete días del mes de mayo de mil setecientos dos—, a favor de don «Juan del Rivero Espina», Abogado de los Reales Consejos, y residente en la Villa de Madrid, y para que, representando sus propias personas, compareciese ante S.M. Y Señores de su Consejo, y Cámara de Castilla, haciendo relación de la ruina de la ermita, del estado de la nueva Fábrica, de la escasez de medios para concluirla, de la mucha devoción con que la Sagrada Bien Aparecida Imagen era visitada por todos los naturales de la Cantabria, y por muchos de Castilla la Vieja, cuya concurrencia les había puesto en la precisión de emprender la obra, a causa de la poca capacidad de la ermita, para tanta multitud de los concurrentes; y que por esa esta misma razón les era necesario el concluirla.
Le pedían también, que hiciese presente la proporción del sitio para Ferias; pues podían concurrir con comodidad los del señorío de Vizcaya, Encartaciones, Trasmiera, valles, y villas de la costa del océano, con todo lo restante de las montañas altas; y que en virtud de todo esto, suplicara a su Majestad, se dignase concederles Feria franca dos veces en cada año, y cada una por ocho días continuados; la primera desde el día de San Felipe, y Santiago; y la segunda desde el de San Antonio.
Remitieron a dicho don Juan este poder, y como muy amante de su Patria, y no menos aficionado a María Santísima, no se descuidó en practicar las debidas diligencias, hasta llegar a hacer la representación al rey Católico, quién, tanto devoto, como magnánimo, concedió las dos Ferias francas, y libres, perpetuamente; sin que ninguna de las Justicias pueda poner embarazo a las personas que a ellas quieran concurrir; entrando, y volviendo seguramente con ganados, mercaderías, mantenimientos, y otras cosas, de cualquiera calidad que sean, y se vendieren, como consta de su Real Cédula, despachada en Plasencia a diez y seis días del mes de abril de mil setecientos cuatro, firmada de su Real mano, de su Secretario don «Francisco Nicolás de Castro y Gallego», y del «Chanciller Mayor don Josef González», y Señores del Consejo..
Con esta cédula remitida a los Diputados, se dio principio a la Feria en el año siguiente de mil setecientos cinco, experimentándose con este arbitrio mayor utilidad que la esperada; pues en el mismo año satisfizo el mayordomo al Maestro, y otros oficiales, diez mil quinientos once reales.
Y, esperando recibir con más fundamento los mismos, o mayores intereses para lo sucesivo, prosiguieron el trabajo de su obra, hasta el año de mil setecientos doce; y en el espacio de este tiempo se pagaron —cincuenta y tres mil quinientos cincuenta y siete reales—, llegando la Fábrica hasta la mitad de su altura, poco más, o menos.
En los mismos términos, y por los mismos pasos fue caminando el edificio hasta el año quince, en el que, pareciendo a los Diputados, que caminaba con lentitud, le hicieron andar con mayor presteza.
Se hallaban los Diputados por este tiempo con limosnas de alguna consideración, y con bien fundadas esperanzas de recibir presto una cantidad considerable; porque en Cartas de la América, escritas por personas naturales de la Cantabria, y residentes en aquel Reino, se les decía, que don «Joseph Palacio Villegas», de quién ya hemos hablado, y hablaremos adelante con mayor extensión, había adquirido buena porción de pesos, que tenía depositados en poder de algunos paisanos, y estaban destinados para la construcción del templo de nuestra Señora Bien Aparecida.
Con esto se alentaron a proseguir con mayor eficacia el edificio; y dando orden para pedir por los lugares de la circunferencia, de donde les venía pan, vino, aceite, lino, carne y otras cosas, todo con abundancia, en breves días levantaron la Fábrica hasta la cornisa, distante de la superficie de la tierra cincuenta y seis pies.
Sobre esta gran mole cargaron después los materiales de la carpintería, de la que gran parte estaba ya trabajada, y para ejecutarlo con más presteza, los mayordomos echaron sobre sí un censo de —tres mil trescientos reales—, que eran precisos para la conclusión de esta obra de carpintería, que vieron todos con especial regocijo en el año de mil setecientos veintidós, con la costa de treinta mil setecientos dieciséis reales, no costando los tres mil trescientos del censo, ni los salarios correspondientes a muchos operarios que, como hemos dicho, «trabajaban de balde».
Se cubrió con el tejado la carpintería y siendo forzoso desembarazar lo interior del templo, para proseguir en su adorno, determinaron —desbaratar la antigua ermita—, que permanecía en el centro; por lo que encargaron a «Pedro de Toca» la obra del Camarín con el ánimo de retirar a él la Santa Imagen, no solo se ofreció a hacerlo con prontitud este maestro, sino también con todo el primor que le enseñaba el arte, en que era diestro, y sin más estipendio, que el premio que esperaba de la Emperatriz Soberana, con cuyo favor en breves días le sacó con admirable perfección.
Aquí trasladaron la Santa Imagen, concurriendo los vecinos del pueblo, y de otros lugares de la comarca, a quienes se dio aviso; porque, aunque en esta traslación para pocos días, no pareció decente a la devoción, y veneración con que se adoraban a María Santísima hacerla sin alguna solemnidad, y especial culto. Luego se comenzó a echar a tierra la antigua ermita quedando con mayor lucimiento el nuevo templo, a propósito, para la conducción de materiales de dos Capillas, que se habían de fabricar por el mismo Maestro, y para colocar a María Santísima en su trono, como lo hicieron en este mismo año de —mil setecientos veintidós—.
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