La Bien Aparecida - Capítulo 15

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPÍTULO XV

SE COMIENZA A TRABAJAR

En la Fábrica del Sagrado templo de nuestra señora Bien Aparecida, y dos raros acontecimientos hacen que se suspenda la obra dos veces.

En todo lo que hasta aquí llevamos dicho, hallaremos, si bien lo reflexionamos, que María Santísima ha mostrado su particular providencia, protección, y poder; pues no parece posible que hayan podido suceder de otra manera cosas tan raras, y por tan extraordinarios medios como los que dejamos insinuados, desde su portentosa Aparición hasta el fin del pasado siglo. 

Pero los sucesos del presente son clarísimo indicio del soberano poder con que nos ampara, y sabia providencia con que nos encamina, llevándonos dulcemente en prisiones de amor, para que a la sombra de su protección gocemos con seguridad las mayores dichas.

Y verdaderamente, ¿Qué corazón habrá tan duro, que, a favores tan repetidos de María Santísima, con los que se ha ostentado tan propicia al Linage humano, siendo en la enfermedad su salud; en la tribulación su consuelo; en los temores su confianza; y en todo género de males su remedio, no se sienta arrebatar con amoroso impulso a reverenciarla y obsequiarla?. 

Y cuando esto no era suficiente para corresponderla agradecidos, el ejemplo de los muchos, que en agradecimiento han concurrido a darle gracias, y ofrecerla dones, debiera ser poderoso atractivo para mover a todos a su imitación pues, o estaremos tal vez más obligados, o a lo menos siempre está pronta la Madre de Misericordia para favorecernos. Más, por si acaso nada de esto basta, veremos en este siglo más particulares beneficios de la Clementísima Reina de los Ángeles, y más eficaces ejemplos, con que nos mueven a reverenciarla sus devotos.

Desde el fin del año de setecientos, en que quedó a cargo de Antonio de la Oceja la construcción del nuevo templo, hasta los días últimos de abril del año siguiente mil setecientos uno, los Administradores, y Diputados, con la facultad que ya tenían, dieron disposición de vender los Censos, que había a favor del Santuario, y la Hacienda que poseía.

Hicieron una pública almoneda de todas las alhajas de plata, inútiles para el Altar, o poco necesarias para el Santo Sacrificio; y nombraron personas para demandar limosnas por todos los Lugares del Arzobispado, dieron orden al Maestro, para que cuidase de ir preparando los materiales de la nueva obra, y condujo éste operarios, que se ocuparon todo aquel invierno en sacar piedra, fabricar cal, cavar arena, y transportarlo al lugar destinado para la nueva planta.

Eran ayudados en estas ocupaciones por los Vecinos de Marrón, y de otros Lugares, que sin más salario que el preciso alimento, y el que esperaban recibir de la liberal mano de su Aparecida, se ejercitaban en aquella piadosa tarea, con más eficacia que los mismos jornaleros; hasta que, llegada la primavera, se juntaron para señalar el día en que se habían de abrir los cimientos del edificio.

Fue el día señalado —uno de los últimos de abril del año de mil setecientos y uno—, y para él convocaron los Diputados a don «Diego de Matienzo, Vicario del Partido, y al Notario Francisco Antonio González Haro», con el ánimo de autorizar la Función. Concurrieron muy gozosos en compañía de otros muchos, con quienes subieron al Monte, estando unánimes, y conformes en que se fabricase el templo según la planta minorada.

Comenzó el Maestro a tirar las líneas, señalando el ancho, y largo proporcionado, con el grueso suficiente para la altura, en la circunferencia de la antigua ermita, que venía a quedar en el medio; y dando orden a los operarios para abrir los cimientos, lo ejecutaron con mucha brevedad, pero con poco gusto; porque si se alegraban al contemplar, que hacían para su Soberana Reina habitación más decente que la que antes tenía; al acordarse de que no podían hacerla tan majestuosa como deseaban se les llenaba el alma de dolor.

No se les podía borrar de la memoria aquella primera, y magnifica planta; y el considerar, quera la ejecución imposible, y se hallaban forzados a la práctica de otra más humilde, les servía de grande desconsuelo. Más —o Emperatriz Soberana— que presto acudís a cumplir el deseo de los que de veras os sirven.

En este mismo tiempo vieron todos a un hombre, que vestido de un «Habito de la Tercera Orden de Penitencia», subía con pasos acelerados hacia la ermita, y llegándose a los que estaban trabajando, y viendo trabajar, después de haberlos saludado cortésmente, les preguntó el motivo de aquella ocupación, respondieron a su pregunta, dándole cuenta del nuevo templo que iban a fabricar; y deseando informarse más individualmente, pidió que le mostrasen la planta, lo hicieron así; y luego que la vio, considerando su poca longitud, y capacidad, se manifestó muy descontento, y les dijo, que cesasen en aquella obra, que él quería hacer un templo suntuoso, claro, capaz, y majestuoso, y que al punto se mandase trazar.

Aunque don Josef, que así se llamaba este devoto, estaba en aquel traje, fue conocido por los mayordomos; y sabedores estos de su buen proceder, le dieron algún crédito, no obstante, no parecerles que su caudal, aunque decente, pudiera extenderse a tanto. En vista de esto, le respondieron, como tenían otra planta, con todas las condiciones que expresaba, y apetecía; pero por falta de medios había dado orden el Prelado para que se redujese a aquel corto tamaño.

Pidió la referida planta, y habiéndola visto, y reflexionado, le llenó todo el gusto, y preguntó al Maestro: ¿Qué caudal será menester para esta obra? Señor, le respondió, por lo que, a mi toca, no puedo darla concluida por menos de —sesenta mil pesos—. Plata sobra, respondió el devoto, y magnánimo corazón de aquel buen hombre, hágase al punto.


No es fácil explicar el júbilo de toda aquella gente, al ver tan satisfecho su gusto. Se admiraban incesantemente de que tan sin pensar les hubiera venido aquel placer; y daban repetidas gracias a su Aparecida Madre, de quién conocían que les había descendido tan singular favor; y volviéndose hacia el nuevo devoto, se las repetían también con mil enhorabuenas, juzgándole por uno de los hombres más dichosos, pues había logrado, que María Santísima le hubiese dado tan alto pensamiento, mandaron levantar los cordeles, y plantificar los cimientos conforme a la longitud, y latitud de aquella gran traza; lo que se ejecutó con presteza, dándole diento y treinta pies de largo, y treinta de ancho, sin el cuerpo de las paredes, y los Oficiales comenzaron a trabajar en los cimientos del templo, incluyendo en él la antigua, y arruinada ermita.

Fuese extendiendo por aquella Comarca la noticia de magnifica obra que se emprendía, y como era lo que todos deseaban, eran también muchos los que se iban convidando a trabajar en ella sin estipendio, acompañados de los jornaleros, a quienes pagaba la mano liberal de don Josef. Con el crecido número de operarios, pudieron en aquel mismo año elevar la fábrica a dos varas de altura sobre la superficie de la tierra.

Presto se hubiera concluido el edificio a haber sido correspondientes a los principios los progresos; más desde ahora ha de elevarse con lentitud y después será preciso que para totalmente, para que resplandezca más la sabia disposición de la Madre de Dios. A fin del año pidió el Maestro caudal a don Josef, y respondiendo éste, que ya no tenía dinero para proseguir en la paga, recurrió a los mayordomos, que también se hallaban con escasez; por lo que se hizo necesario el despedir algunos operarios, y los hubieran despedido a todos, si usan de nueva licencia, que habían alcanzado de don «Antonio Madrazo».

Visitador General en el Arzobispado Sede Vacante, para enajenar alhajas, censos, y posesiones del Santuario, no hubieran dispuesto venderla; pero con esta discreta, y sabia providencia pudieron recoger algunos reales, y con ellos fueron por entonces entreteniendo a los trabajadores; hasta que acabado aquel tesoro, y pidiendo más el Maestro para la prosecución, no habiendo con que satisfacerle, determinó suspenderla enteramente.

Mucho sintieron los devotos Montañeses esta determinación del Maestro, y les hubiera sido preciso pasar por ella, dejando comenzada su obra, o en suspensión, a lo menos, por largo tiempo, si no los alentara la firme confianza que tenían en María Santísima, pero consideraban que todo era alta disposición de esta Señora, y que por tanto les abriría camino para salir de todos sus ahogos, como ya lo habían experimentado en otros casos más dificultosos.

A la verdad, no discurrían mal; porque disponer que fuese don Josef de Palacio en aquella ocasión, que queda dicha, para obligarlos a emprender esta suntuosa fábrica, ¿quién lo hizo sino María Santísima? Infundirle tal devoción, y tan valiente espíritu, que se atreviera a concluir —una obra de sesenta mil pesos—, cuando no podía pasar su caudal de seis mil; pues no estaría consumido tanto en lo poco que iba hecho el edificio, cuando dijo, que no tenía ya con que pagar, ¿quién, sino esta Señora, lo haría, que quería por muy extraordinarios modos acrisolar el amor de sus devotos? Esta segura confianza esforzó a los mayordomos para adelantar algunos caudales, esperando que los recogieran con el tiempo de los muchos dones que ofrecería la piedad de los devotos, o por otros medios, que la Reina de los Cielos los dictaría, como sucedió dentro de poco tiempo, y veremos en el Capítulo que se sigue.


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