HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPÍTULO XIV
Milagros obrados por la intercesión de nuestra señora bien aparecida en el siglo pasado de mil seiscientos, hasta el presente el mil setecientos.
Por evitar confusión ha parecido conveniente referir ahora a los milagros cobrados por María Santísima en el siglo pasado, con lo que nos desembarazarnos de él enteramente como para no tratar más en el que se sigue. Había materia suficiente para muchos libros, si hubiera que describirse todos los prodigios como obrados por el brazo poderoso de la Reina de los Ángeles, por medio de su Bien Aparecida Imagen; pues como ya hemos visto lo que queda dicho, fueron muchos en los primeros años de su aparición ponte y, siguieron ser después algunos; y particularmente desde el año de sesenta y seis, hasta el setenta, en que se estableció la congregación como se multiplicaron sobre manera. No es menor testimonio la concurrencia de devotos que tanto frecuentaron el Santuario, y los dones con que le enriquecieron agradecidos a los portentos.
No obstante, nos hallamos en la precisión de escribir muy pocos, por las escasas noticias que han podido adquirirse; ya sea a causa de la natural flojedad de nuestros españoles en apuntar las cosas memorables, de la que tanto se quejan los Historiadores, unas veces con más razón, otras con menos, y tal vez con ninguna; o ya porque habiéndose quemado el Archivo, perecieron con él las memorias en el incendio, bien que esto no los hace excusables en todo, pues podían haber sacado varias copias, y más cuando veían el cuidado que ponían los Prelados en que se hiciese esa esta información de las maravillas, como se les mandó repetidas veces. Sea pues, la causa del incendio, o sea el descuido, o todo junto, quedaron pocas noticias de los milagros; por lo que solo pondremos algunos que nos han quedado en los libros de Fábrica, y otros instrumentos.
En el primer libro, al folio siete, año mil seiscientos nueve se lee, que llegó al templo un hombre mudo, y poniéndose a la presencia de la Sagrada Imagen, al instante comenzó a hablar, y saliendo corriendo de la ermita, engrandecía la misericordia de María Santísima por medio de su Santa Imagen.
«Joseph Vélez», natural de la Villa de Laredo, hallándose tullido, determinó ir a buscar la salud donde se sabía que la habían conseguido muchos puntos entró en el templo sobre dos muletas, hizo oración delante de la Virgen, y luego quedó sano, dando saltos de placer; dejó las muletas, y salió ensalzando el poder de la Reina de los Ángeles. Consta del segundo libro, año setenta y tres.
«Francisca de la Calzada, hija de Francisco de la Calzada, y de Francisca Victoria», vecinos del lugar de Limpias, a los catorce años de su edad quedó tullida, padeció este trabajo once meses, y al cabo de ellos ofreciéndola a sus padres a la Sagrada Virgen, la llevaron al templo, donde hacía oración todos los días; en uno de ellos se halló inopinadamente sana, y expedita, y en agradecimiento prometió servir en este templo a la Madre de Dios toda su vida como la practicó con mucha perfección. Hízose información del suceso; y consta en el citado libro, a —cinco del mes de mayo de seiscientos sesenta y ocho—, aunque el prodigio fue cuatro años antes, poco más o menos.
Don «Francisco Herrán», vecino del lugar de Renedo, en el Valle de Piélagos, siendo joven pueda visitar la Sagrada Imagen, y pedir la bendición a María Santísima, para pasar al reino de la América; y después de haber implorado su patrocinio, se despidió. Embarcase, y en el medio del golfo se levantó tan terrible borrasca de furiosos vientos, repetidos relámpagos, y truenos, que, enmudecidas las ondas, ya elevaban la Nave a lo más alto, y ya la precipitaban a lo profundo, con evidente riesgo de los navegantes, que, desconfiando de su vida, por instantes aguardaban la muerte. Cada uno se encomendaba al Santo de su devoción, y don Francisco dijo al capitán por medio del intérprete: Usted se encomiende a nuestra Señora la Bien Aparecida, especial abogada de los Navegantes, que se venera junto a mi lugar. Respondió el Capitán, que así lo haría; y al punto vieron en el palo mayor a la Sagrada Imagen y dijo el Capitán al pasajero, Mírala; —desapareciese al instante, y juntamente el riesgo—.
Se apaciguó el viento, desvaneciéndose el cielo nublado, serenándose el mar, quedando todo en tranquilidad y bonanza; y dando el Capitán gracias al Mancebo, le ofreció en gratitud dos Coronas de oro, una para la imagen de María, y otra para el niño. Así lo ejecutó luego que llegó a tierra, mandando hacer, en cumplimiento de lo prometido, las dos Coronas, adornadas de estimables piedras, según el tamaño en que se le había representado la Santa Imagen, y entregándolas a don Francisco, las remitió este en los primeros navíos que salieron de aquel puerto para España, a su madre doña «María de Riba», que llevándolas al Santuario, las puso en manos del mayordomo don Pedro Marrón, con las Cartas, que contenían lo acaecido ese seis de septiembre de mil seiscientos setenta y cuatro. Consta de cláusula firmada en el libro de dicho mayordomo.
«María González, hija de Juan González, y de María Quintanilla», vecinos del lugar de Gandarillas, jurisdicción de San Vicente de la Barquera, llegó a este templo conducida “en un cesto) por dos hombres, a causa de hallarse tullida desde los seis años de su edad. De la misma suerte con despachos de las justicias había sido llevada a Santiago de Galicia, donde en el espacio de un año no pudo lograr la salud, que pedía el Santo Apóstol. En la misma forma fue a visitar la milagrosa imagen de Cristo Crucificado, que se venera en el convento de San Agustín de la ciudad de Burgos, sin hallar el consuelo que buscaba; de lo que compadecido Juan Gutiérrez, vecino del mismo lugar, que se hallaba a la sazón en aquella ciudad, facilitó que la admitiesen en el Hospital de Barrantes, esperando que a beneficio de medicamentos se restituiría a la sanidad, y no habiendo adelantado en ella un paso, en más de un año, sacó nuevos Despachos del Tribunal Secular, y Eclesiástico de Ilustrísimo Señor don «Juan de Isla», para que a expensas de la caridad de los pueblos, se restituyese a su casa, pues no había esperanza de su salud. Al darla el Ilustrísimo los Despachos como era tan devoto de la Bien Aparecida Imagen, dijo: llévenla al Santuario de nuestra Señora la Bien Aparecida, que allí sanará.
Volvió en hombros de la caridad a su lugar, y habiendo estado en él algunos días, la persuadieron fuese a Santo Toribio de Liébana, y así lo hizo; pero nada logró, retirándose a su casa con el acostumbrado desconsuelo, y no pocos dolores. Acordase un día del consejo de Ilustrísimo Prelado, y pidiendo licencia, y Despachos a la Justicia, para ser conducida al lugar inmediato, con el ánimo de visitar el templo de la Bien Aparecida Imagen, la consiguió, aunque con bastante resistencia, por la experiencia que había de lo poco que habían aprovechado todas las antecedentes diligencias. Se le entregaron los Despachos para las Justicias de los otros pueblos, y con ellos de lugar en lugar fue conducida, hasta llegar al Santuario, como hemos dicho, día martes primero de Julio, quedando en poder de la Beata, que cuidaba de la hospedería, y de las Criadas.
El día tres fue llevada por «Ángela Martínez» a la puerta de la ermita, y haciendo desde allí oración, oyó una voz en el interior de la Capilla, que la dejó llena de temor, y espanto, no pudiendo entender lo que se la quería significar. El día siguiente la puso Ángela en la Capilla Mayor, y habiendo rezado allí el Rosario de la Sagrada Virgen, fue acometida inopinadamente de un sudor frío, y extraordinario temblor de todo el cuerpo, le pareció que era levantada a lo alto y llevada sin saber por quién, a la ventanilla donde se apareció la Sagrada Imagen, y que desde ella oyó otra voz en el interior del templo, cuyo eco no entendía, vio a este mismo tiempo, volviendo los ojos al Altar, que una efigie de Cristo Crucificado, que estaba delante del velo, que cubría a la Aparecida Señora, se apartó a un lado, y que levantándose el velo que la ocultaba, quedó expuesta a la veneración la Reina de los Ángeles. En este mismo instante «o poder, y clemencia de María Santísima» sintió la enferma que se colocaron todos los miembros en su respectivo lugar, quedando tan aptos para el movimiento, como si nunca hubiera experimentado algún mal.
Se levantó buena, y sana, y llorando de alegría, salió corriendo a publicar la maravilla. Consta de información hecha a petición de los dos mayordomos Eclesiástico, y Secular don «Pedro Marrón, y Ventura de Iturralde», y recibida por el licenciado don «Juan del Hierro[1]», Vicario del partido de Castro Urdiales, año de —mil seiscientos noventa y dos—.
En tiempo del mismo don Pedro Marrón sucedió, que cierta persona tuvo el atrevimiento de querer correr la cortina, que encubría a la Santa Imagen, y abrir la rejilla, que estaba detrás de ella. Al tiempo de tirar con las manos para correrla, se le quedaron pegadas, sin poder, por más fuerza que hizo, desasirlas, dio voces, y acudiendo la Beata, oyó los lamentos del miserable, que no podía salir de aquel trabajo; despachó esta prontamente un Criado para que avisase a don Pedro; y estando comiendo cuando llegó el mensajero con la noticia respondió: tenga paciencia, y estese, que ahora he de comer con más espacio. Así se estuvo, hasta que fue don Pedro, quien le vio con las manos asidas al velo, sin poder apartarlas, hasta que tomándolas él con las suyas se separaron al instante. El caso fue notorio; pero no se nombra el sujeto por justos motivos.
Cuando en el —año mil seiscientos noventa y siete— se arruinó la ermita a violencias del rayo, que demoliendo el primer cuerpo de la Torre, y desmenuzando las Campanas, arrojó los materiales sobre el cuerpo de la ermita, y Capillas, hundiéndolo todo, a excepción de los arcos del mediodía; se hallaban haciendo oración debajo del arco toral Francisca de la calzada, y Francisca Matienzo, beatas de la hospedería; y aunque los materiales que cayeron de maderas, y piedra fueron tantos, que levantaban cerca de un estado, ninguno se llegó a tocarlas, ni se atrevió a hacerlas la menor lesión, quedándose en circunferencia de las dos, y sirviendo de muralla, que las defendía. No paró aquí la maravilla, salieron de allí, y al punto se hundió el arco, con un grande sillar, y muchos fragmentos, que sobre sí tenía, cayendo todo en el mismo sitio que acababan de desocupar. Consta por testimonio que dio a don «Pedro Marrón, y a «Juan del Aro Fresno, mayordomos, Francisco Antonio González Haro, Notario Apostólico», y por otros Instrumentos que se guardan en el archivo del templo.
Año mil seiscientos noventa y nueve, «María Antonia, hija de Pedro de Somarriba, y de María Josefa de la Vega Alvarado», rodó por una escalera un dilatado trecho. Quedó por muchas horas sin sentido y la tuvieron por muerta. Acordándose los circunstantes de los muchos milagros que hacía a María Santísima, se la encomendaron; y luego se halló sana, y sin lesión alguna. Llevaron la a dar gracias a su templo, y en él dejaron sus padres para memoria un cuadro, pregonero perpetuo del suceso.
Aunque todas las necesidades ha socorrido María Santísima, invocada en esta Santa Imagen, con liberal, y piadosa mano, especialmente se ha experimentado su clemencia en las necesidades públicas, sucediendo varias veces conseguirle el remedio en el mismo día que la han expuesto para la rogativa. En una ocasión no sucedió así; antes bien después de haber estado en rogativa nueve días, pidiéndole agua, nada se logró. Quedaron desconsolados los suplicantes, cuando el día último, después de celebrado el Santo Sacrificio, y dichas las Preces, que señala el Ritual Romano, no les venía el socorro, ni alguna señal de él. Viéndolos don «Pedro Marrón» a todos afligidos, con ánimo esforzado, como acostumbraba, se acercó al Altar Mayor, y puesto de pies en la última grada, delante de la Santa Imagen, la dijo en alta voz: Señora mía, avergonzado voy, pues desde que soy vuestro indigno Capellán no me habéis negado cosa alguna que os he pedido; y ahora no queréis oírme. Salióse luego con el paso acelerado, para ir a su casa, pero antes de llegar a ella, revolviéndose el viento, y cubriendo toda la región con densas nubes, arrojaron de sí tanta abundancia de agua, cuanta fue necesaria para satisfacer a su deseo, y el devoto Capellán se volvió a la ermita, con la cabeza descubierta, a dar gracias a su Bienhechora, a vista de todo el concurso, que estaba admirado, así de la repentina lluvia, como de ver recibirla sobre su cabeza el agradecido Capellán.
Otros muchos prodigios ha obrado la soberana Reina, mostrándose muy franca con los niños, con quienes se ha notado más su liberalidad, libertándolos de muchas, y varias enfermedades; pero lo que es más singular, cuando hay alguna necesidad pública, se juntan para la rogativa todos los lugares del Valle, y no hay ejemplar de que les haya negado lo que han pedido. También los energúmenos experimentan el poder de esa Señora, saliendo de la Tirana posesión del demonio, como le sucedió a un joven llamado «Narciso», natural del lugar de Gajano[2], que, puesta a su presencia, dentro de poco tiempo se halló libre del cruel dominio del enemigo común. Y en otros son grandes los gritos, y alaridos que se escuchan cuando se acercan al templo de la Bien Aparecida Princesa, que así lo dispone piadosa, para terror del Infierno, y felicidad de los hombres, por quienes, en compañía de los Ángeles, sea alabada, bendita, y reverenciada eternamente.
[1] En el siglo XVIII, Castro Urdiales dependía de la Diócesis de Burgos «hasta la creación de la Diócesis de Santander en 1754». El Vicario de Castro era el «brazo derecho» del arzobispo de Burgos en la costa.
[2] Gajano, situado cerca de la bahía de Santander, pertenecía a la prestigiosa Merindad de Trasmiera. Los naturales de esta zona tenían fama en toda España y América por ser excelentes arquitectos, maestros de cantería y, sobre todo, funcionarios de la Corona. Que alguien de Gajano aparezca en el manuscrito de Josep de León sugiere que pertenecía a esa red de cántabros influyentes que apoyaban el culto a la Bien Aparecida.
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