HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPITULO XIII
ARRUÍNASE EL TEMPLO
De María Santísima Bien Aparecida, y se trata de edificar otro más capaz, y magnífico.
Con razón pudo tenerse por dichosa la Cantabria desde el año ochenta y ocho hasta el noventa y siete. Hallábase en aquel año con un hermoso templo para su Bien Aparecida; tenía dedicada renta, aunque no grande, muy suficiente para que sin demasiados desvelos permaneciesen los deseados cultos; y solo tenía ya que atender a desahogar las ansias de su amoroso pecho en el templo de su especial protectora, con el gozo de ver en él a los de otras provincias, que obligados de los continuos favores, acudían presurosos a dar gracias a la Celestial Reina, veía con gran regocijo la prisa con qué procuraban unos entrar primero que otros, le sonaba dulcemente la gritería de los que, por no caber, se lamentaban, no obstante de haber ya las dos capillas colaterales, que hemos dicho; pues era tan sin tasa el concurso, que mandó el Prelado de la Diócesis alargar más la ermita, para satisfacer a la devoción de los Fieles. Estas glorias bañaban a la montaña por aquellos tiempos, hasta que en el año noventa y siete se vio, cuando menos lo imaginaba, desnuda de todas, sin duda para lograr otras mayores.
En este año, el treinta de noviembre, un sábado, poco antes de anochecer, —se levantó una tempestad tan horrorosa de truenos, relámpagos, y rayos, que llenó a todos de susto, y especialmente cuando un rayo que se desprendió, y dio en su sagrado templo, le dejó arruinado enteramente—. Cayó sobre la hermosa torre, y demolió todo el primer cuerpo, haciendo menudas piezas las Campanas.
Penetró todo el macizo de la pared hasta los cimientos; pues por el lado de adentro, junto a la puerta, se divisaba la profunda brecha que había abierto de arriba a abajo, por donde se consumió. La piedra, tejas, maderas, y demás materiales derribados sobre el Coro, Capillas, y cuerpo de iglesia la maltrataron en gran manera, hasta echar en tierra los arcos de la parte del Poniente, quedando solos en pie los de mediodía, cargados de la misma piedra, y madera. Arrancó una gran parte del Retablo mayor; y finalmente, no dejó parte alguna sin lesión, haciendo el uso del templo totalmente imposible.
No me detendré a ponderar el sentimiento de aquellos fervorosos devotos de toda la comarca; pues los mismos que le sufrieron creo que no sabrían explicarle; solo diré, que fue grande, y que se aumentó mucho, cuando después de haber gastado toda aquel año en sacar del templo los fragmentos, para ponerle en términos de proseguir los cultos, se vieron precisados a llorar la muerte del celosísimo mayordomo , a quién tal vez la pena de ver arruinada su iglesia, y el afán con que trabajó para reducirla a alguna forma, más que otra cosa, le quitó la vida en el año de noventa y ocho. Tan afligidos se vieron, que el Prelado de la diócesis juzgó que estaba obligado a consolarlos en aquel pesar; como lo hizo, escribiendo una carta consolatoria a los mayordomos, y Diputados, que se guarda en el archivo del nuevo templo.
No desmayó el ánimo de aquellos piadosos corazones con tan grande pérdida; antes considerando que el arruinado edificio nunca hubiera podido proporcionarse para tanta gente como a él concurría de toda la montaña, Vizcaya, Encartaciones, Guipúzcoa, y Castilla, creyeron ser disposición del Altísimo, para que hiciesen un suntuoso templo, como convenía a tan excelente Princesa; en la que fiaban que a poder de maravillas, como ya lo habían experimentado en tantas ocasiones había de traer a muchos Fieles, cuyas piadosas ofertas bastarían para llenar todo su deseo.
Con esta esperanza se juntaron los mayordomos, y Diputados, y dando cuenta al pueblo de los caudales que tenían en su poder, de los censos que había a favor de la Sagrada Virgen, y de las muchas alhajas, que le tenían dedicadas la piedad, dijeron, que les parecía conveniente esforzarse todos para tan alta empresa, como era la de hacer una capacísima, y suntuosa Fábrica.
Aunque el pueblo era pobre, había consumido algunos caudales, y padeciendo sudores, para extraer los materiales del arruinado templo; y lo que más es, se hallaba con la falta de su Caudillo, y Capitán don Pedro de Marrón; todos estuvieron tan dispuestos, que al punto dieron su consentimiento, añadiendo que se procurara hacer una iglesia magnífica, que Dios daría fuerzas para todo; y que ellos con sus haciendas contribuirían, y con sus personas, y ganados se emplearían en todas las necesarias tareas.
En virtud del loable consentimiento de los vecinos, llamaron a los Diputados a don «Juan de Ribas Puente[1]», natural del lugar de San Pantaleón, y Maestro de Obras de los más excelentes que se conocían en aquella tierra, a quien encargaron la construcción del modelo de un templo muy famoso.
Sacóle el arte con tanta perfección, que admiró a los más inteligentes; pero al mismo tiempo que se alegraron mucho los Diputados al ver delineada tan hermosa idea, desconfiaron de poder salir con aquella empresa, pareciéndoles imposibles satisfacer el importe de una obra tan suntuosa. Por tanto, aunque a pesar de sus buenos intentos, determinaron reducirla y moderarla; para lo que dieron cuenta al Prelado, pidiéndole licencia, y juntamente para vender los censos, posesiones, y alhajas pertenecientes a la ermita; a fin de hacer la fábrica en la forma que se les ordenase.
Visto, y reflexionado todo por el prelado, deliberó y mandó su Ilustrísima, que se minorase la planta, tanto en la longitud, cuanto en latitud, proporcionándola al modo de la iglesia parroquial de San Mamés, en el lugar de Cerbiago; y que a semejanza de ésta se hiciese el templo, a expensas de la devoción; dando amplia facultad para enajenar censos, rentas, y todas aquellas alhajas que no fueran precisas para celebrar el Santo Sacrificio; y nombrar Diputados que demandasen limosnas por toda la jurisdicción del Arzobispado, para la erección, y conservación del templo de nuestra Señora Bien Aparecida.
Persuadía al mismo tiempo con paternales voces a sus diocesanos a contribuir con sus fuerzas, y caudales a obra tan Pía; y enviaba a los mayordomos, y Diputados una carta consolatoria, escrita de su propia mano, en que los alentaba a llevar con resignación la aflicción que le habían manifestado, por la ruina de la Sagrada Casa de María Santísima.
Con esta licencia del benigno Pastor, luego los mayordomos pusieron en ejecución las diligencias correspondientes al asunto, que los traía más cuidadosos; encargando a «Pedro de Rauri», vecino de Ojebar, la minoración de la planta de la nueva iglesia, conformándola en todo a la mente del prelado.
Practicó el Artífice lo ordenado, con no menor brevedad que destreza; y vista la idea, que salió según la deseaban, señalaron por Edictos el día del remate, para que en él concurriesen los Maestros; llegado el plazo, se remató por «Antonio de la Oceja»[2], a cuya cuenta quedó la construcción, con las condiciones, y pactos que parecieron convenientes, sobre lo que se otorgó Escritura ante «Francisco González de Haro», a favor de don «Tomás de Escajadillo[3]», como actual mayordomo , y sucesores, al final del año mil setecientos.
[1] Al ser natural de San Pantaleón «en la propia Junta de Voto», su vinculación es doble: es el experto técnico y, a la vez, un vecino devoto de la «patria chica» de la Virgen.
[2] Antonio de la Oceja: Figura central en la administración y defensa del Santuario durante el siglo XVIII. Representante de la hidalguía local de la Junta de Voto, Oceja personifica la resistencia civil y religiosa de la comarca. Su gestión fue determinante no solo en la resolución de los conflictos jurisdiccionales, sino en la supervisión de las donaciones y ornamentos «como el célebre terno de damasco blanco» que hoy forman parte del tesoro histórico de la Aparecida. Para autores como Joseph de León, Oceja era el garante de que el culto permaneciera arraigado en su lugar de origen: la Hoz de Marrón.
[3] Tomás de Escajadillo «El Beneficiario/Patrono»: La escritura se otorga a su favor. Es probable que él fuera quien aportaba parte del capital o quien actuaba como síndico de los fondos enviados desde América por figuras como Antonio de Barreda.
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