La Bien Aparecida - Capítulo 12

HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA

CAPITULO XII

RECOBRASE LA ANTIGUA

Devoción a María Santísima Bien Aparecida crece el número de congregantes, y se perfecciona la fábrica del templo.


Tan pronto estuvo la Soberana Virgen para pagar el afecto con que se fundó la Congregación, que luego comenzó a difundir especialísimas gracias, y beneficios; y como los muchos milagros que obraba el Redentor dando vista a los ciegos, salud a los enfermos, y libertad a los energúmenos, fue causa de que se le aficionase mucha gente, y se fuese en su seguimiento, dice el Evangelista San Juan en el capítulo sexto; y contemplarlos el Redentor tan apasionados a su persona, le obligaba «digámoslo así» a mirarlos con mayor amor, haciendo milagros para sustentarlos; así su Santísima Madre, la más verdadera imitadora, obró tantos prodigios, particularmente desde el año sesenta y seis hasta el setenta, que llevó tras sí los corazones de muchos, alistándose por sus Esclavos, y Devotos; y el verlos la Princesa Soberana tan inclinados a servirla, y amarla, fue causa de atenderlos más benigna, multiplicando para todas las necesidades, los portentos; pues no había trabajo en que se hallasen, del que por su poderosa intercesión no quedarán libres. 



De esta manera volvió a poblarse el monte de Marrón de innumerable gente, que iba a dar gracias por los beneficios recibidos, llevando muchos las señales del favor que habían logrado. Unos expresaban en figuras de cera el mal del que habían sido libertados, como el brazo, mano, cabeza, o pie, otros llevaban sobre sus hombros las muletas, en que se habían sustentado muchos años, para colgarlas por trofeo en el templo de su Bienhechora.

Fueron singularmente favorecidos los afligidos navegantes, que en las tempestades, y conocidos riesgos del mar imploraron su auxilio, y así concurrían muchos al templo con cables, palos, y otros instrumentos de su libertad, para dejarlos pendientes en la pared; y devoto hubo tan favorecido, que hizo fabricar una pequeña nave, con todas las partes correspondientes, y sus cuerdas de seda, que colgó en la Capilla Mayor de la Santa ermita, para testimonio perdurable del prodigio con que se había libertado del riesgo. Tantos fueron los que escaparon de las furias de aquel indominio elemento, que a voces la aclamaban el Norte fijo de los navegantes.

A los golpes de tan grandes, y repetidas maravillas, despertó la dormida devoción, contribuyendo copiosísimas limosnas, no solo para la permanencia de los cultos, sino para los adelantamientos de la Fábrica. Con ellas repararon los mayordomos todo el templo, le enlosaron de nuevo, y fabricaron un decente coro; con la de un solo devoto de Laredo se hicieron unas hermosas, y costosas andas, para que el día de la festividad saliese en ellas a la Procesión la sagrada imagen, que hasta aquel año de ochenta y uno iba en brazos del Preste.

No se agotaban los caudales, porque no cesaba la devoción de contribuir; y así se determinó hacer una gran torre, y correspondientes campanas, hermosear el coro con exquisita variedad de colores, y ponerlo todo con mucha perfección. Quedó completo el templo; más no la devoción satisfecha, prosiguiendo con tanta eficacia, que se fundaron entre grandes, y pequeños cuarenta y ocho censos a favor de la Bien Aparecida Imagen, para gastar sus productos en sus obsequios.

Cuando no constara por el libro el aumento considerable que tuvo la nueva esclavitud en aquellos primeros años, bastaría lo dicho, para poder corregirle el menos discreto. Todos clamaban por entrar en la cofradía, deseando con vivas ansias señalarse con la marca de Esclavos de aquella Soberana Señora, que les había sido tan buena madre.

Con esto aquel débil cuerpo de congregación, que solo se componía de los pocos vecinos de Marrón, y tal cual de los inmediatos lugares, se hizo tan grueso, que dentro de muy pocos días constaba ya de «trescientos diez hermanos»; y lo que más es, para señal de la devoción, de las partes más remotas llegaban cartas de muchos, y en ellas manifestaban el gozo que tendrían de ser admitidos en la Esclavitud, suplicando ser recibidos entre los demás, extendiéndose el deseo no solo a la Cantabria, sino a la Castilla, alistándose sujetos de Madrid, Sevilla, y otras Ciudades; aun desde las Indias escribían algunos haciendo la misma súplica, pero cuando con más particularidad tomó la congregación notable incremento fue en el —año de seiscientos ochenta y ocho—, con el motivo de haber entrado en ella el ilustrísimo señor don Juan de Isla, arzobispo de Burgos.

Este digno prelado, visitando su diócesis, llegó al templo de la madre Bien Aparecida, de quién era devotísimo, por los singulares portentos obrados por su intercesión, de los que era noticioso, e informándose con más individualidad, quedó tan aficionado a esta sagrada imagen, que pidió ser admitido por uno de sus más humildes Esclavos, como consta del auto de visita siguiente.

En el Santuario de nuestra Señora la Bien Aparecida, a quince días del mes de enero de —mil seiscientos ochenta y ocho—, el ilustrísimo, y reverendísimo señor don Juan de Isla, por la gracia de Dios, y de la Santa Sede Apostólica, arzobispo de Burgos, mi señor, del consejo de S. M. habiendo llegado a visitar dicho Santuario, dijo Misa de Nuestra Señora, acabada la cual, vio, visitó la regla, y Capítulos, que para el buen gobierno, y mayor aumento, y decencia de la ermita, y para servicio de Dios, y su Santísima Madre tienen los Cofrades de dicha Santa Imagen, confirmados por autoridad ordinaria, los cuales en la misma forma, y como se contienen en el auto de aprobación, los aprobaba, y aprobó, confirmaba y confirmó sin perjuicio de la jurisdicción ordinaria; y dicho señor ilustrísimo encargaba, pedía, y con amor paternal rogaba al Abad y Cofrades, le admitan por Cofrade en dicha cofradía, y en ella le sienten como a todos los demás Cofrades, que por parte de su ilustrísima se obliga a cumplir con todas las cargas y obligaciones, que como tal Cofrade le deben tocar, y pertenecer. Y lo firmó su Señoría Ilustrísima, de que doy Fe. Juan arzobispo de Burgos. Ante mí don Antonio de Artheaga.

A imitación del devoto prelado hicieron la misma súplica otras muchas personas, así Eclesiásticas, como Seculares, que se hallaban en su compañía, teniéndose todos por muy dichosos en lograr ser humildes Esclavos de la Emperatriz Soberana, por medio de su Imagen Sagrada, cuya Aparición milagrosa y repetidos portentos los movían interiormente a adorarla, reverenciarla, y servirla hasta la muerte, asegurados de que sería feliz a la sombra de su poderosa protección.


Capítulo 11 «--» Capítulo 13

Volver al Índice

Enlace a la Ficha del Libro para su compra


Publicar un comentario

0 Comentarios