HISTORIA DE LA SAGRADA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA BIEN APARECIDA
CAPITULO XI
FUNDASE LA COFRADÍA DE LA BUENA MUERTE
Para lograrla por media de María Santísima Bien Aparecida.
Cuantas serían las gracias concedidas por la liberal clemencia de María Santísima, se percibe bien claramente de lo que en el Capítulo Anterior queda dicho, pues siendo los menos, por lo regular los que saben agradecer el beneficio, hemos visto que eran tantos los que concurrieron a dar gracias a su Bienhechora, que fue preciso hacer una capaz hospedería en que se recogiesen, y que con el trabajo de sus manos se labró, y cercó una parte del monte. También hemos visto las obras que se adelantaron con las limosnas; por todo lo cual se nos declaran los beneficios que de la Madre de Dios habían recibido, pues tan agradecidos, y devotos correspondían, pero no obstante, no fue igual la devoción en todos tiempos, porque la de estos últimos años no igualó a la de los primeros, siendo esta la causa, u ocasión de sus mayores incrementos; pues por esta razón en el año setenta y determinaron los vecinos de marrón establecer una congregación como con el título de la Buena Muerte, por cuyo medio se extendieron los cultos mucho más de lo que llegaron a imaginar.
Viendo los de marrón, que estos años últimos se había entibiado la devoción en gran manera, como lo conocían, por ser menor que hasta entonces el concurso de los peregrinos, y que por tanto podrían descaecer los cultos de su aparecida señora, la suplicaron muy humildemente se ampliarse de ellos, y que, si merecían por sus culpas los desvíos, los perdonase, prometiendo, que harían todo lo posible para venerarla con la mayor solemnidad.
Oyó las súplicas la piadosa Madre, y en señal de ello ejerció sus misericordias con continuos milagros, dando vista a los ciegos, sanidad a todo género de enfermedades, y socorriendo cuantas necesidades le manifestaban. Agradecidos a estos beneficios, determinaron fundar una Congregación, a cuya cuenta corriesen los cultos de la celestial Reina, para poder perpetuarlos. Con este ánimo se juntaron en el día cuatro de mayo, y ante dos notarios la erigieron por las palabras siguientes:
En el Santuario, y ermita de la Virgen Santísima Bien Aparecida, término del lugar de Hoz de Marrón, jurisdicción de la villa de Laredo, a cuatro días del mes de mayo de mil seiscientos setenta años, por ante nosotros los Notarios, que abajo signaremos como y Testigos los que al fin de este Decreto, y Fundación se expresarán con orden sucesiva, dijeron: Que movidos del servicio de Dios, y aumento de la devoción de nuestra Señora Bien Aparecida, cuya festividad se celebra a quince del mes de Septiembre, por ser día de su Aparición, hallándose con cabales noticias de los muchos milagros que su Divina Majestad ha obrado por la invocación de esta Santa Imagen de cuatro años a esta parte; y que aunque en los principios de su aparición también se habían experimentado, había podido la sucesión del tiempo entibiar la mucha devoción que entonces tuvo, y aunque ahora en toda esta Comarca se ha vuelto a recuperar la pérdida devoción, con el desengaño que han tenido de ver que nuestro Dios, y Señor con sus liberal mano, por la devoción, e invocación de esta Santa Imagen, e intersección de María Santísima ha sanado tullidos, sorbos, y desahuciados enfermos, y socorrido cuantas necesidades, así de malos temporales, como de otra cualquiera plaga; y temiendo que a largo tiempo puede cesar este fervor, en agradecimiento de los beneficios recibidos, y de los que adelante esperaban recibir, querían fundar, y por este presente auto fundaban Cofradía, que se titulase: La devoción de la Virgen Bien Aparecida para una buena muerte, por las Constituciones, y Capítulos siguientes. Firmaron. «El licenciado Pedro de Marrón. El licenciado Pedro del Camino, alcalde. Marcos de Ateca Cuadra. Juan de Ateca Fresno. En Testimonio de la Verdad Andrés de Quintana Ribas, Notario. Juan de la Palenque Alvarado, Notario».
Esta es la introducción, y fin de la Cofradía, a cuya elección no sería el último el ardiente celo del mayordomo, que es el primero que firma, antes es muy verosímil, que como tan fervoroso, y viendo que para la construcción de las dos Capillas, habían contribuido poco los forasteros, y había sido precioso valerse de los Lugares Comarcanos, dio en este alto pensamiento para aumento de la devoción, y perpetuidad del culto; con este fin se manda por las constituciones, que todos los Cofrades de dos leguas en contorno asistan el día de la aparición cada año a la solemne Misa, Sermón, y Procesión con una vela blanca en la mano, y sin interpolación de otra persona, que no sea Cofrade; que se abstengan de obras serviles el día de la Festividad, oyendo Misa en él, confesando, y comulgando en veneración de María Santísima también en las cuatro Festividades mayores, que luego se alisten en la Congregación se celebre una Misa por su alma, y otra cuando hubieran fallecido, en dando aviso de ello, y con él la devota Carta de Hermandad, que se les da cuando entran a ser Congregantes, y es como sigue:
CARTA DE ESCLAVITUD
Dulcísima María, dignísima Madre de Dios, y abogada de los pecadores, yo el mayor de ellos, os amo, adoro, y venero en vuestra maravillosa Imagen Bien Aparecida, y aunque soy indigno de apellidarme Siervo, ni Esclavo vuestro, confiado en vuestra clemencia, y gran piedad, y movido con especial deseo de serviros, y particular vocación de alistarme por uno de vuestros esclavos, por la devoción, y excelente título de esta Santa Imagen Bien Aparecida; os elijo, y nombro con interior impulso, y superior llamamiento por mi Señora, Tutora, Madre, y Abogada de todas mis causas, negocios, y necesidades, a presencia de toda la Corte Celestial; y quiero desde este día ser uno de los esclavos vuestros Congregantes, inscritos en la cofradía erigida en honra de vuestra en el suntuoso templo de esta milagrosa imagen, para impetrar por su devoción, y vuestra intercesión una buena muerte en la divina gracia, y en fe de mi palabra, propongo desde este instante observar, cumplir, y guardar en cuanto me sea posible, sus Constituciones, y cargas, y tener oración el día de su maravilloso Aparecimiento, el quince de Septiembre.
Y lo mismo en todas las festividades vuestras, confesando, orando, y oyendo Misa en vuestro culto, con intención de ganar todas las Indulgencias, que por cualquiera título estén concedidas por nuestra Madre la Iglesia, o se concedieran a estos ejercicios, y Cofradía, o Congregantes; y determino serviros con todas mis fuerzas, y no ofenderos, y hacer que sean vuestros Esclavos, y os ruego, Purísima Madre del Verbo encarnado, que por esta alta dignidad de Madre de Dios, por el dulcísimo néctar con que le alimentó vuestra Majestad, y por la preciosa sangre que derramó por mí, os dignéis recibirme en el número de vuestros Hijos, y Esclavos devotos, y me alcance vuestra piedad, e intercesión remisión perfecta de mis graves culpas, para que asistido de vuestra Real Presencia, logre una buena muerte en la divina amistad, y lo mismo os suplico para cada uno de los hermanos de esta congregación, de modo que todos merezcamos daros las gracias en ese templo santo de la Gloria punto. Y para que conste lo firmo en este día.
Esta carta se da a cada congregante el día que se alista por Cofrade de esta Esclavitud, que hoy permanece con crecidísimo número de Esclavos, y se fundó, como hemos dicho, el año setenta, en agradecimiento de los muchos favores que habían recibido los fieles por la liberalísima mano de María Santísima, desde la maravillosa aparición, hasta entonces, especialmente en los cuatro años antecedentes, y para más firme permanencia de los cultos, e incremento de la devoción tan deseada por los de Marrón, los que considerando el ardentísimo celo de amante mayordomo don Pedro, le eligieron por Abad de la Cofradía, para que en compañía de los dos mayordomos seculares Marcos de Ateca Cuadra, natural de aquel pueblo, y el licenciado Diego del Camino, alcalde, vecino del lugar de Ampuero, electos también en aquel año, comenzase aquella nueva planta con la generosidad de su aliento, llevándola a la perfección, a que anhelaban, como lo consiguieron dentro de breves días, con el favor de la reina soberana.

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