PRÓLOGO
El deseo de aumentar el culto, y devoción a María Santísima por medio de su Sagrada Imagen Bien Aparecida, movió a algunos nacionales de las montañas de Burgos para establecer una congregación en esta villa y Corte de Madrid, con el fin de que en ella la venerasen los que, impedidos por sus ocupaciones, y larga distancia, no podían ir a visitarla en el templo, y lugar en donde se apareció. Se dio principio al establecimiento en el año de 1752.
Se colocó la efigie en la iglesia, llamada de San Felipe el Real, de religiosos calzados de San Agustín y desde entonces, hasta ahora celebran la fiesta de la Madre de Dios con la solemnidad que a todos es notoria, los muchos Nacionales que se han alistado por congregantes.
Advirtió la congregación en los primeros años, que los oradores se esmeraban en publicar las excelencias de la Sagrada Virgen; pero nada decían, ni podían decir sobre la aparición prodigiosa por carecer de las noticias que eran para ello indispensables, y conociendo que sería muy útil para el aumento de la devoción, que pretendían, divulgarlas sobre la cátedra del Espíritu Santo, fio a mi cuidado en el «año mil setecientos cincuenta y ocho», recoger las que pudiese, y escribirlas en un corto papel, para poder presentarlas al orador, y este hacer de ellas el uso que juzgará más a propósito, para encender los corazones de los oyentes.
—Admití gustoso el encargo, no solo por servir de la Congregación, sino también porque, aunque pecador, soy devoto, y esclavo de la Celestial Reina; y conozco que, porque soy pecador, tengo mucha necesidad de ser devoto suyo. —Resultó de mi corto trabajo esta pequeña obra, que desde luego hubiera salido a la luz, si por un raro acontecimiento no se hubiera perdido.
—No sé si decir, que me alegré mucho de la pérdida; pero a lo menos puedo asegurar con verdad, que me pesa muy poco, porque como no la escribí con el ánimo de que viese la luz pública, tampoco puse todo aquel cuidado que para eso se requería; y conocía muy bien, que aún después de haber puesto toda la diligencia, y atención posible saldría defectuosa; y que lo estaba mucho más por haber sido compuesta con ligereza.
Pareció finalmente pocos días hace, a esfuerzos del desvelo, y eficacia con que un Congregante devoto se dedicó a buscarla y determina la real Congregación que se imprima, por creer que así conviene, para aumentar la devoción, sí así es, —doy por bien empleado mi trabajo; porque si en esta obra haya que notar los sabios, importa poco pues no escribí para aprovechamiento, ni diversión de eruditos, sino para incremento de devotos.
Si este se alcanza, se consigue un tesoro, con que se puede enriquecer el miserable, que bastante lo es, el que no sea devoto de la Virgen. A mi Santo Patriarca le parecía, que quien no lo era no solo tenía poca Cristiandad, sino también poca honra.
Pidiere en una ocasión un sacerdote que le diese un rosario de los muchos que repartía, y le dijo el santo, ¿pues que no tenéis vos Rosario? Sacerdote, y sin Rosario, Dios te acreciente la honra. Esto dijo de un Sacerdote que era descuidado en rezar el Rosario; pero tal vez rezaría otras oraciones, ¿y qué diría de quien ninguna rezara y todo lo tuviera abandonado? —diría sin duda que tenía poquísima honra y muchísima desventura. Más si es tan infeliz el indevoto, es dichosísimo el devoto de la Madre de Dios y tanto más cuanto será más ardiente su afecto. ¿Cuántos favores recibirá de una tan poderosa, y benigna Madre?
Todas las perfecciones, que caben en la pura criatura, comunicó el Señor a esta Celestial Reina, y todas en tan inminente grado, que no hay, ni ha habido, ni habrá jamás entre todas ellas quien sea más parecida al Criador en cosa alguna; en todo sobresale la Sagrada Virgen, si las demás fueran justas, es más justa, si sabía, más sabia, si misericordiosas, más misericordiosa; y así en todo lo demás.
Y es, que no se satisfizo el Todopoderoso hasta llenarla, pero que digo llenarla, aún esto es poco; llena es y más que llena, de perfecciones y gracias, llena y más que llena, la llama San Bernardo; tan llena, que rebosa, llena para sí, más que llena para nosotros, para que seamos participantes de su plenitud y abundancia especialmente para sus devotos.
—¿De quién pues entre todas las puras criaturas podremos esperar beneficios mayores? ¿Quién entre todos los nacidos nos podrá favorecer más, a excepción de su hijo, Jesucristo, que es el único en quien reconoce ventajas esta Reina? Cierto es que ninguno y que, por consiguiente, somos muy interesados en ser devotos suyos. Consígase la devoción a María Santísima, —y dejemos que censuren los doctos como les parezca.
—Confieso, no obstante, que, si escribiera ahora, sería de otra suerte y habría menos que censurar; ya porque sabiendo que la obra se había de publicar pondría más cuidado, por el respeto que se debe al público; y ya porque mis luces sobre asuntos de Historia son ahora menos escasos, que lo eran por aquel tiempo. Entonces —no había logrado la honra que conseguí pocos años después de ser admitido entre los individuos que componen la «Real Academia de la Historia», con cuyas luces he adquirido algunos conocimientos, de los muchos que me faltaban.
—Por estas razones saldrá menos imperfecto este corto volumen, más como no por eso sería más útil, para el fin que se intenta, y sus —«tachas son inocentes», si no me engaño pueden mirarse casi con indiferencia, como poco dignas de consideración. Hágase devoto de María Santísima el que le leyere, y se habrá conseguido solamente con eso cuanto la real congregación apetece, y yo solicito.

0 Comentarios
Gracias por tu comentario