La Bien Aparecida - El Manuscrito

EL MANUSCRITO

A María Santísima Madre de Dios compendio, de las excelencias, y dones, del Altísimo, Delicia de la Santísima Trinidad, templo animado del Divino Verbo, Reina de los Ángeles, Protectora de los hombres, Refugio de los pecadores. Trono de la Gracia, y Ornamento de la naturaleza, cuya Efigie veneramos con el misterioso título de «BIEN APARECIDA».

SEÑORA

Siendo por tantas razones vuestra esta pequeña Obra ¿a quién sino a Vos, Emperatriz Suprema de los Cielos había de dedicarla vuestra Congregación amante? Es vuestra, porque trata de vuestras misericordias, y excelencias; porque se escribió de orden de vuestros esclavos, y por uno de ellos; y no sería justo, que dejásemos de ofrecerla al propio, y legitimo Dueño.

Nada os damos, porque solamente pagamos, y como reconocemos nuestra obligación ha quedado la elección sin arbitrio, tomándolo la necesidad por su cuenta. No es esta de tal casta, que disminuya en algo nuestro gusto, antes bien da crecidos aumentos al contento, porque naciendo del océano de vuestra peregrina belleza, puede apretarnos, más no violentarnos; arrastra, pero con suavidad, y dulzura; tanto, que podemos decir, que el origen de la fuerza es el deleite, porque así como el niño, sin saber contenerse se abalanza a gozar el dulce néctar con que le brinda la amorosa Madre, a impulso del placer que en ello siente, y así como la oveja —ejemplo de que se vale San Agustín— se deja llevar del que le va mostrando el ramo verde, así nosotros somos llevados con una santa fuerza, arrebatados del placer que percibimos.

Más, ¿cómo podía faltarnos este gusto, si en Vos hallamos cuanto puede buscar nuestro deseo? Sois Señora, como el maná prodigioso de los israelitas, que cada uno sabía lo que quería; y según nos dice el Damasceno[1], como la acción del agua, tierra, aire, y sol, siendo una, y simple, se varía a proporción de las naturalezas que la participan, y se hacen la viña vino, en la oliva aceite, etc., y así vuestra gracia, siendo una, se hace muchas para utilidad de cada uno, acomodándose a la necesidad del que suplica.

Ni es de extrañar que el alcance a todos de vuestra virtud, y la comuniquéis sin excepción, cuando es tan grande el poder que gozáis y la clemencia que ennoblece vuestro corazón. En cuanto a lo primero, sabemos que se extiende por los Cielos, y la tierra el poder vuestro, sobre los hombres, y los más encumbrados Serafines; y que, como dice «Ricardo»[2] tenéis plenaria potestad para mandar lo que queráis, y para alcanzar de vuestro preciosísimo hijo lo que os agrade, pudiendo vos decir con él.

Se me dio toda potestad en el Cielo, y en la tierra; con mucha razón, pues, prorrumpió en estas voces un devoto vuestro. Tienes fuerzas insuperables, valor inexpugnable, nada resiste a tu poder, nada repugna a tu virtud, todo cede a tu mandato, todo obedece a tu Imperio, y todo sirve a tu potestad. Tal sois, Señora que no nos tendremos por temerarios, aunque os llamemos en alguna manera Omnipotente, que primero os dio ese nombre el Damasceno.

¿Pues que le diremos ahora de vuestra benignidad y clemencia? Claro es que nada, por mucho que digamos; porque como asegura «San Bernardo»[3], ¿quién podrá investigar la longitud, latitud, altura y profundidad de vuestra misericordia? pues la longitud llega hasta el día novísimo, para socorrer a todos los que la desean, la latitud llena toda la tierra, la altura halló la restauración de la Ciudad celeste, y la profundidad alcanzó la redención para los que se hallan en las tinieblas, y «sombra de la muerte».

En confianza de tan excelente clemencia, y de que nada hay en Vos que no sea suavidad y dulzura, nos atrevemos a consagrar la pequeñez de este volumen y con él la limitada ofrenda de nuestros corazones. Recibid el Don, si así puede llamarse, con la benignidad que acostumbráis, y derramad de la plenitud de vuestra gracia sobre vuestros Esclavos, como os lo suplica rendida y reverente.

Postrada a vuestros pies soberanos. Vuestra amante Congregación, y humilde esclavitud. 



«Francisco Laso Santos de San Pedro “1711–1783). Nombrado primer obispo de la recién creada Diócesis de Santander en 1754. Fue el impulsor directo de este informe en 1777, buscando —consolidar institucionalmente el culto a la Bien Aparecida— bajo la jurisdicción de la nueva diócesis frente a las antiguas pretensiones del Arzobispado de Burgos.»

El Santuario de la Bien Aparecida en la actualidad, se alza en un entorno privilegiado de Cantabria concretamente en el Alto de Marrón, dentro del municipio de Ampuero. Es un lugar que combina la espiritualidad «al albergar a la patrona de Cantabria» con una de las panorámicas más impresionantes de la región oriental.

«Desde la altura del Santuario, el mundo parece ordenarse bajo una lógica divina. Hacia el norte, la mirada se pierde en la bruma del Cantábrico; hacia los costados, las cumbres de la cordillera protegen el valle como los muros de una iglesia natural. Es un paisaje de verdes infinitos —salpicado por el gris de la caliza que tanto conocían maestros como Agustín de Nates— donde el silencio solo lo rompe el viento que sube desde el río».

«Agustín de Nates. Maestro de cantería y vecino local en el siglo XVIII. Pertenece a la célebre estirpe de los Nates —originarios del lugar de Secadura, en la Junta de Voto—, un linaje de artífices trasmeranos que dio figuras universales de la arquitectura española como Juan de Nates. Mientras los grandes nombres de la familia se desplazaron a trabajar en los grandes templos de Castilla, miembros de la saga como Agustín permanecieron vinculados al desarrollo arquitectónico, la hidalguía y el mecenazgo de las iglesias de la comarca del Asón y el entorno de la Bien Aparecida.» 

[1] Se refiere a San Juan Damasceno «siglo VII-VIII», un monje y teólogo cristiano. Es una figura fundamental en la historia de la Iglesia, por los siguientes motivos: Defensor de las imágenes: Fue el principal opositor a la iconoclasia, argumentando que, al hacerse hombre «Encarnación», Dios se hizo visible y, por tanto, puede ser representado. Doctor de la Iglesia: Es considerado el último de los Padres de la Iglesia de Oriente. Patronazgo: Es el santo patrón de los pintores, monjes y farmacéuticos.

[2] Ricardo de la Hoz «mencionado en ocasiones como Ricardo de Marrón». Vecino notable y devoto de la junta de voto de Ampuero en el siglo XVIII. Su testimonio y el de su linaje familiar fueron cruciales para este informe, al aportar datos transmitidos por vía oral sobre los antiguos prodigios, las primeras romerías y la gestión de las limosnas destinadas al mantenimiento del Santuario de la Hoz de Marrón. 

[3] San Bernardo fue un monje cisterciense francés del siglo XII, figura clave en la historia de la Iglesia Católica. Doctor de la Iglesia: Conocido como el «Doctor Melífluo» «boca de miel» por su elocuencia al predicar. Legado: Fundó la famosa abadía de Claraval y promovió la expansión de la Orden del Císter por toda Europa. 

Enlace a la Ficha del Libro para su compra

Acceso a la introducción del Libro 

Acceso al Prólogo

Acceso al Índice

 




Publicar un comentario

0 Comentarios